Starship Troopers (1997). Imagen: Buena Vista International.

Cuando Starship Troopers se estrenó en estados unidos el 7 de noviembre de 1997, la mayoría de los críticos la recibieron con estupor. Roger Ebert, el crítico de cabecera de la prensa americana, la describió como «unidimensional» y «la película infantiloide más violenta jamás filmada». Scott Rosemberg la calificó como «estúpida hasta la autoderrota» mientras que Ty Burr señalaba que era «lo que La guerra de las galaxias hubiera sido si la Alemania nazi hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial».

Quizás por las críticas, quizás porque gastarse más de cien millones de dólares en una película basada en una novela de ciencia ficción publicada en 1959 sin actores conocidos no era una gran idea, Starship Troopers pasó sin pena ni gloria por los cines. Aunque abrió como número uno, el filme de Verhoeven recaudó apenas cincuenta y cinco millones de dólares en Estados Unidos. Aunque los sesenta y seis que recaudó en el resto del mundo bastaron para cubrir costes (y animaron a Sony a lanzar tres secuelas espantosas directamente en DVD), la película fue más o menos ignorada.

Hace unos años Neil Moritz, el productor de la saga Fast and Furious, anunció que estaba empezando a desarrollar un remake de esta semiolvidada película. Aparte de ser el tercer remake de una película de Paul Verhoeven en apenas tres años (siguiendo a Desafío total y Robocop), la noticia hizo que un buen número de críticos y aficionados a la película resurgieran de entre las sombras, y empezaran a reivindicarla como lo que realmente es: una de las mejores películas de ciencia ficción de los últimos treinta años.

La gestación de la película es como mínimo curiosa. En teoría Starship Troopers está basada en una historia de Robert A. Heinlein publicada en 1959, ganadora del Premio Hugo. La novela original es un clásico de la ciencia ficción política y militar de los años cincuenta, escrita con el estilo terso, directo y machote que caracterizaba al autor. Aparte de ser gloriosamente entretenida, Starship Troopers básicamente inventó el cliché de marine espacial con armadura mecanizada y propulsores de salto. Cientos de novelas, películas y videojuegos han copiado a Heinlein directa o indirectamente, aunque casi nadie ha descrito la (hipotética) vida de un soldado de infantería en una guerra interestelar mejor que él. El libro fue lectura obligatoria en las academias militares del Ejército, Armada y Marines americanos durante décadas, cosa que probablemente dice más de las fuerzas armadas de los Estados Unidos que sobre la novela, pero da fe del «realismo» del relato.

Si solo fuera por el molonismo militar Starship Troopers ya sería una novela notable, pero es solo parte del relato. Aparte de las batallitas contra hordas de arácnidos, Heinlein describe en detalle la sociedad y sistema político de la Federación Terrícola, una sociedad donde el ejército está formado solo por voluntarios y donde solo aquellos que han servido en él durante dos años son ciudadanos con derecho a voto. La piedra fundacional de la virtud cívica y el poder político es tomar responsabilidad de forma voluntaria del bien común; para ello, un ciudadano debe estar dispuesto a sacrificarse sirviendo al Estado durante al menos dos años. Esto no quiere decir necesariamente ser soldado; la Federación está obligada a encontrar algo útil para los voluntarios (desde probar tratamientos clínicos como cobayas humanas a hacer de agente de aduanas en Plutón), pero solo ellos pueden votar. Starship Troopers es, de forma un tanto inusual en la ciencia ficción más o menos reciente, una utopía «de derechas».

Por supuesto, Heinlein odiaría que su novela fuera definida como «utopía». Como furibundo anticomunista que era, Heinlein detestaba esa idea; la sociedad de Starship Troopers es un modelo idealizado, pero es eminentemente práctica. Las disquisiciones filosóficas en el libro no son para justificar la superioridad moral de esta especie de República romana espacial respecto a las decadentes democracias del siglo XX, sino una explicación llena de sentido común (en teoría) sobre por qué la Federación Terrícola funciona bien y sus antecesores no lo hicieron. Algunos han acusado a Heinlein de fascista por los argumentos políticos del libro. Creo que Heinlein es más un utilitarista conservador que otra cosa, aunque como veremos luego, eso no mejora las cosas demasiado.

Starship Troopers, la película, empezó bajo otro título. Sony no consiguió los derechos sobre la novela hasta bien entrada la preproducción; Verhoeven andaba buscando hacer una película sobre marines espaciales, pero no necesariamente sobre el libro de Heinlein. El propio director ha reconocido no haberse leído el libro entero; lo dejó a medias tras unos cuantos capítulos, «aburrido y deprimido» (1), según cuenta, con la retórica de Heinlein. La intención del cineasta, más que adaptar un libro en concreto, era hablar de militares, militarismo y política. La historia de Heinlein, o el andamio inicial, era una excusa como cualquier otra para hacerlo.

El principal tema, o motivo musical, digamos, de Starship Troopers es muy simple: es una película profundamente estúpida. Es épica, decadente, conscientemente estúpida; es una película que hace de la estupidez una de sus grandes señas de identidad, de principio a fin del metraje. Starship Troopers es, en cierto sentido, la mejor película de acción idiota de los años ochenta, por mucho que fuera filmada la década siguiente. Todos los estereotipos, convenciones y violencia de la era Reagan están bien presentes.

Empecemos por los personajes. El protagonista, Johnny Rico (Casper Van Dien), es un armario ropero tan hipermusculado como inexpresivo. Las mujeres de la historia, Carmen Ibañez (Denise Richards) y Dizzy Flores (Dina Meyer), siguen la habitual combinación de Barbie guerrera hipersexualizada sin ningún atisbo de talento. Zander Barcalow (Patrick Muldoon), el rival amoroso de Rico, es el tradicional cretino mujeriego con aires de Lorenzo Lamas. Por acumular arquetipos, Starship Troopers también incluye al coleguita simpático y cargante, al superior machaca benevolente y al soldado negro que muere antes que nadie. Verhoeven ha admitido sin rubor que dado que se iba a gastar todo el dinero en explosiones, bichos asesinos y efectos especiales el talento de los actores principales le importaba más bien poco. Con la excepción de Neil Patrick Harris (el único actor presente que parece entender los chistes) y Michael Ironside, todo el reparto tiene una capacidad interpretativa más bien nula.

Imagen: Buena Vista International.

La falta de recursos actorales de todos los presentes no hace más que reforzar los a menudo dementes diálogos. No contento con tener un montón de clichés andantes en el plató, Verhoeven y su guionista de cabecera, Ed Neumeier, les hacen soltar una cantidad de bravuconadas grandilocuentes tremebunda durante todo el metraje, en una especie de grandes éxitos del militarismo cinematográfico reciente. Starship Troopers tiene una cantidad absolutamente ridícula de frases gloriosas («¿Qué pasa, micos, acaso queréis vivir para siempre?») esparcidas por todo el guión; la película está llena de citas memorables.

Verhoeven, por supuesto, no es solo un aficionado al machismo desaforado y viril; también es un director con un largo historial en el género. En Starship Troopers se permite también citar visualmente otros filmes, desde Aliens hasta El día más largo, pasando por una estupenda (y muy gore) recreación de Zulú. Todo ello acompañado, por cierto, de una de las mejores partituras épicas del impagable Basil Poledouris, que parece pasar un rato estupendo componiendo marchas militares.

Starship Troopers podría quedarse en una mastodóntica película de acción con alienígenas, pero sin embargo no acaba por conformarse con eso. Para empezar, Verhoeven no se anda con matices sobre la visión política de Heinlein o sus teorías en la novela: en la película, los humanos viven en un régimen casi abiertamente fascista. La historia se abre con un anuncio de reclutamiento de la Infantería Móvil, copiada casi plano a plano de una escena de El triunfo de la voluntad de Riefenstahl. A partir de ahí, no deja nada a medias; todo en la Federación Terrícola, desde los uniformes hasta los delirantes programas informativos, flirtean abiertamente con el totalitarismo.

Empezamos con la primera paradoja de Starship Troopers: Verhoeven realmente no tiene que añadir gran cosa para dar esa impresión. Los fragmentos de diálogo más pasado de vueltas («la violencia es la autoridad suprema») o bien están sacados directamente de la novela de Heinlein, o bien son clichés oídos mil veces en otras películas de acción. Lo único que Verhoeven añade es la arquitectura brutalista, los uniformes estilo Gestapo y una alegre xenofobia antialien. Starship Troopers no se aleja de las convenciones del género; lo único que hace es colocarlas bajo una estética distinta. El resultado para el espectador es ver cómo un montón de clichés usados repetidamente en mil películas antes y después suenan increíblemente totalitarios en otro contexto. Es como una recreación de Soldado universal, Predator o Arma letal filmada por Leni Riefenstahl.

Más allá de la subversión de la retórica habitual del género, Starship Troopers juega sobre todo con la identificación del espectador. Verhoeven se esfuerza muchísimo en presentar a los personajes de la historia como tipos completamente ajenos al totalitarismo que les rodea. Rico, Ibañez y compañía son productos de este Estado totalitario bien poco disimulado, y parecen estar perfectamente satisfechos y cómodos en él. Durante toda la película Verhoeven no deja de recordarnos (vía cintas propagandísticas cada vez más histéricas) que estamos ante una sociedad francamente espantosa y probablemente genocida, pero nadie parece tener el más mínimo deseo de cuestionar nada. El único pobre diablo con dudas es un periodista que muere horriblemente sin que nadie le preste atención; toda una declaración de intenciones.

Los héroes de la película son tipos limitados defendiendo un Estado totalitario contra una invasión alienígena, y lo son hasta el punto de hacer dudar al espectador si se identifica con ellos o no. Johnny Rico es un héroe del fascismo estelar, envuelto en todas las convenciones del cine de acción contemporáneo; si en vez de exterminar arácnidos con armas nucleares portátiles se dedicara a invadir Polonia sería un malvado de libro. En Starship Troopers, sin embargo, Rico es el héroe, y Verhoeven nos reta a decidir si estamos cómodos con esa idea. La pregunta implícita de Starship Troopers es qué sucede si el fascismo, la guerra eterna contra el enemigo exterior, resulta que nos gusta. Qué reacción tenemos cuando sospechamos que, detrás de la convicción de nuestra virtud y fe en la victoria, de hecho los malos somos nosotros.

En cierto sentido, Starship Troopers es un alegoría sobre el 11S y la era del terrorismo, a pesar de haber sido estrenada cuatro años antes del ataque a las Torres Gemelas. Scott Tobias ha señalado el paralelismo entre el mundo descrito por Verhoeven y los Estados Unidos de la era Bush. Salvando las distancias (Estados Unidos no es un régimen fascista ni de lejos, y como toda alegoría, la cosa tiene sus límites), Starship Troopers es una sátira sobre la bondad de «los nuestros», y lo tristemente fácil que es caer en la glorificación de la violencia cuando somos nosotros quienes la estamos ejerciendo.

El resultado es una película que se las arregla para ser tan cavernícola como sarcástica, a la vez increíblemente obvia y extrañamente incomprendida. Los críticos en el momento de su estreno quisieron verla como una peligrosa glorificación del fascismo, como si el público no fuera a entenderla. La sátira en Starship Troopers no está en los uniformes y los gloriosos documentales patrióticos, sino en que la película lo mezcle con el hecho de que se supone que debemos estar apoyando a esos tipos vestidos de nazi, porque son los nuestros. Como señala John Perich, Verhoeven no superpone propaganda fascista sobre una película de acción. El problema central es que las películas de acción son de forma implícita propaganda fascista.

Apoyamos a los nuestros, aunque sospechamos (sabemos) que defienden al régimen equivocado. Starship Troopers es la mejor de las sátiras, ya que nos hace parte del problema.

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(1) Robley, Les Paul (November 1997). «Interstellar Exterminators. Ornery insects threaten the galaxy in Starship Troopers». American Cinematographer (California, United States of America: American Society of Cinematographers) 78 (11): 56–66.



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