Johnny Weissmüller como Tarzán ca. 1940. Imagen: Cordon.

Cuando Edgar Rice Burroughs escribió la primera versión de Tarzán de los monos le asignó a su héroe un tigre como animal de compañía. Actualmente cuesta creer que un escritor que sitúa una novela en la selva del África ecuatorial ignore que los tigres viven a unos diez mil kilómetros de allí; pero a principios del siglo XX (la primera entrega de Tarzán se publicó en 1912) el tigre, para los europeos, era poco menos que un animal fabuloso, del que no era fácil ver siquiera imágenes fidedignas. Hoy día hemos visto cientos de documentales, fotografías y películas de aventuras en las que los tigres aparecen en todo su esplendor; conocemos bien sus hábitos y sus hábitats, los hemos visto saltar sobre sus presas a cámara lenta, y nos han sobrecogido los primeros planos de sus fauces abiertas de par en par y sus enormes colmillos. Pero hace cien años el lapsus de Rice Burroughs era comprensible: el tigre era el mítico morador de la selva virgen, y la selva más virgen estaba en África. Por supuesto, muchos sabían —sobre todo gracias a Salgari y a Kipling— que en Asia había tigres, pero no todos tenían claro que solo los hubiera allí.

Y si para nuestros abuelos el tigre era casi tan fabuloso como el dragón o el unicornio, para nosotros es casi tan familiar como la vaca. O más: muchos niños que han visto tigres de carne y hueso en zoos y circos nunca han visto una vaca de verdad. Y en cualquier buscador encontraremos más de cien millones de entradas sobre los tigres: el doble de las relativas a las vacas. El tigre es una de nuestras mascotas virtuales favoritas y uno de los iconos recurrentes de nuestra cultura, un fetiche colectivo. Es un motivo habitual de tatuajes y emblemas, y la publicidad utiliza su contundente simbología para promocionar los más variados productos, desde un carburante para automóviles hasta una golosina infantil, pasando por un perfume o —cómo no— un equipo de fútbol.

Al asignarle a su europeo asilvestrado un tigre como anatópico compañero de aventuras, el autor de Tarzán se anticipó a nuestra globalizada jungla de asfalto, poblada de depredadores solitarios y maestros del camuflaje. Hic sunt tigres: la amenazadora terra incognita está bajo nuestros pies.

En cualquier caso, con o sin tigre, el propio Tarzán, actualización y banalización del mito del buen salvaje, es un icono recurrente y un fetiche colectivo, y su historia «ejemplar» es un pastiche convertido en hiperrelato multimediático. Tarzán es hijo del Mowgli de Kipling y nieto del Emilio de Rousseau, y a su vez es el padre y maestro mágico de los superhéroes terminados en «an»: Conan, Superman, Iron Man, Batman, Spider-Man… El hiperbóreo hiperbólico, el hombre de acero y el de hierro, el hombre murciélago, el hombre araña y tantos otros híbridos simbólicos tienen su claro antecesor en el hercúleo hombre mono. Sin más que cortarle el pelo a navaja, pintarlo de azul y endosarle una anacrónica capa, tenemos a Superman. Y mientras Tarzán vuela por la selva de liana en liana, Spider-Man vuela por la jungla de asfalto colgado de sus hilos de seda. Pero, aunque el hombre mono se vista de seda…

La función 32: abdicación

Mono se queda: pese a los recientes esfuerzos de Marvel y DC por dotar a sus superhéroes de cierto espesor psicológico, su discurso no va ni puede ir mucho más allá del consabido «Yo Tarzán, tú Jane»: cada uno con su eterna novia y el lector con las de todos. Un lector mayoritariamente masculino y adolescente —una adolescencia que hoy día se puede prolongar más allá de los treinta años— que pasa del cuento maravilloso al marveloso, con distintos ropajes, pero idénticas funciones: alejamiento, transgresión, lucha, victoria, persecución, tarea difícil, cumplimiento, reconocimiento, transfiguración… Y así hasta la función 30 de Propp: el antagonista es castigado, y la indefinidamente pospuesta función 31: el héroe se casa y asciende al trono.

Indefinidamente pospuesta, pues el héroe se casa, pero el superhéroe no, porque su cuento maravilloso ha de permanecer abierto, inconcluso, para poder repetirlo una y otra vez, con ligeras variantes argumentales, pero sin dejar de ser siempre el mismo: la estructura iterativa del mito clásico y el simplismo repetitivo de la cultura de masas en perfecta sinergia.

En este sentido, es significativo que Tarzán, sustrayéndose a su propio estereotipo, en los libros de Rice Burroughs sí que consume su unión con Jane y tenga un hijo (Korak el Matador), mientras que en las versiones cinematográficas solo aparece un hijo adoptivo (el asilvestrado Boy, el «chico» por antonomasia).

¿Y aquí se acaba la historia de las innumerables historias repetidas, el hiperrelato fetichista y pastichero de los superhéroes? Para algunos, sí. Pero si el cuento maravilloso es también un rito de iniciación, como señalaron Frazer, Saintyves o el propio Propp, se supone que el iniciando —el lector— ha de superar esa etapa, no quedar atrapado en su repetición indefinida. Dicho de otro modo, ¿cuál es —o debería ser— la función 32? Hay una primera respuesta automática que no podemos ignorar: si la función 31 es el binomio boda/coronación, la 32 podría ser divorcio/abdicación. Madurar pasaría por superar el mito del amor romántico y la tentación del poder.

(Continuará)



Source link

La Dirección

La Dirección

Editor, emprendedor, inconformista...
La vida es eso que pasa mientras haces planes de futuro
La Dirección

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies