La vida es como un sendero por el que caminamos y que de tanto hacerlo la mayor parte del tiempo lo recorremos casi mecánicamente. A veces, sin embargo, surgen novedades, singularidades del camino que se enquistan en nuestra memoria. Para gran parte de la humanidad una de esas “singularidades” fue que por primera vez dos hombres pisaran la Luna, hace ahora 50 años. Yo mismo, que tan mala memoria tengo para tantas cosas, lo recuerdo: estaba en Cambridge, y me llamaron excitados algunos compañeros para que viese las imágenes de televisión, que, tengo que confesar, no me atrajeron demasiado entonces; fue más tarde, reflexionando a lo largo de los años sobre lo que aquello significó, cuando se fijaron en el esqueleto de mi memoria.

Sabía, por supuesto, que con aquello se cumplía una cuenta pendiente de la humanidad, una muy antigua pues no debemos olvidar que si hay algo extraterrestre con lo que los Homo sapiens estuvieron familiarizados es con ese gran faro que iluminaba sus noches. La Luna ha sido cantada por poetas, soñada por escritores visionarios, incluso por científicos del pasado, por cineastas o por dibujantes de cómic (los casos de Tintín y Snoopy).

Pero dejemos estos aspectos y pasemos a considerar la llegada de los humanos a la Luna desde otros puntos de vista, menos “culturales”. Y lo primero que hay que señalar es que la carrera espacial que culminó el 20 de julio de 1969 se debe entender desde el punto de vista de la política, dominada por el enfrentamiento –la denominada Guerra Fría– entre las dos grandes potencias de la época, Estados Unidos y la Unión Soviética. En realidad, el alunizaje del módulo lunar del Apolo 11 no fue sino consecuencia del lanzamiento, el 4 de octubre de 1957, del satélite soviético Sputnik 1.

De los estudios realizados se ha deducido que la Luna se formó hace 4.400 millones de años y que está compuesta de materiales similares a la Tierra

Bien pudo la Unión Soviética haber sido la primera en llevar humanos a la Luna, pero si lo hizo Estados Unidos fue por razones diversas, entre las que destacan su mayor poderío económico, la diversidad de sus industrias y el deseo explícito de que fuesen estadounidenses quienes pisasen por primera vez nuestro satélite, deseo del que hizo bandera el presidente Kennedy en un discurso que pronunció en el Congreso el 25 de mayo de 1961: “Creo que esta nación”, dijo entonces, “debería comprometerse a lograr el objetivo, antes de que acabe esta década, de llevar un hombre a la Luna y traerlo de vuelta sano y salvo a la Tierra”. Para cumplir semejante programa, la agencia espacial norteamericana, la NASA, llegó a disponer, en 1966, del 4,5 % del presupuesto nacional estadounidense (después de 1969 nunca llegó a recibir más del 2 %, aún así una cantidad enorme; a partir de 2010, ha rondado el 0,2 %).

Apolo 11 no ha sido la única misión que llevó humanos a la Luna. Durante los siguientes tres años, otros cinco estadounidenses la pisaron, la última vez con el Apolo 17 en diciembre de 1972. En total, hasta la fecha, doce hombres han hollado la superficie lunar. A pesar del éxito de su rival, la Unión Soviética continuó con sus esfuerzos, pero terminó desistiendo. De todas maneras fueron muchos sus logros: el primer vehículo espacial que impactó contra la superficie lunar fue soviético, el Luna 2, en septiembre de 1959 (Estados Unidos no lo consiguió hasta julio de 1964), lo mismo que el primer alunizaje –esto es, un choque no violento–, logrado por el Luna 9 en enero de 1966.

Neil Armstrong en una imagen del documental ‘Apolo XI’

Una pregunta que es necesario hacerse es cuál fue el legado, si es que existió, de todas aquellas misiones estadounidenses y soviéticas a la Luna. En lo que se refiere a lo político, creo que pocas; la publicidad es algo que cuenta, por supuesto, pero termina evanesciéndose con el paso del tiempo. Si la Unión Soviética se disolvió en 1991 no fue por ser demasiado inferior a su némesis ideológica en la exploración espacial, sino porque su sistema político-económico no era suficiente para controlar el imperio que había construido, y mantenido en no pocos casos a la fuerza. En el aspecto científico, se sabe más del legado norteamericano. Por ejemplo, los astronautas del Apolo 11 colocaron en la superficie lunar un retrorreflector, el primero de los cinco que terminaron instalándose allí, y que, utilizando señales láser enviadas desde la Tierra, han permitido medir con precisión la distancia Tierra-Luna y constatar que nuestro satélite se va alejando lentamente de nosotros. Más importante para el conocimiento de la composición de la Luna –así como de su historia, que también ofrece detalles notables acerca de la del conjunto del Sistema Solar– son las rocas lunares que misiones estadounidenses y soviéticas trajeron a la Tierra.

Los astronautas de Apolo 11 recogieron 22 kilos de muestras, una tarea que continuaron otras misiones: el total de especímenes lunares procedentes de las misiones estadounidenses suma 382 kilos de piedras y regolitos (materiales –rocas trituradas y polvo– pertenecientes a la capa superficial que cubre la superficie lunar), de los que 111 kilos los aportó el Apolo 17. Como señala la geóloga del Museo de Historia Natural de Washington D.C., Erica Jawin, en un artículo publicado este mes en la revista Investigación y Ciencia, durante los últimos cincuenta años la NASA ha distribuido más de 50.000 muestras a investigadores de todo el mundo, estando estudiándose en la actualidad 8.000 por 145 científicos pertenecientes a disciplinas tan diferentes como las astronomía, la biología, la química, la ingeniería, la ciencia de materiales, la medicina y la geología. Algunos de los ejemplares los han recibido en marzo de este año, pese a haber sido recogidos por las misiones Apolo 15, Apolo 16 y Apolo 17, porque la NASA los había conservado sellados al vacío en espera de disponer de nuevos medios tecnológicos. De los estudios ya realizados se ha deducido que la Luna se formó hace más de 4.400 millones de años y que, en general, está compuesta de materiales similares a los existentes en la Tierra; de hecho, son estos análisis los que dieron pie a la teoría de que la Luna se formó cuando un cuerpo extraterrestre chocó con nuestro planeta.

Ninguno de los materiales recogidos en las misiones estadounidense o soviéticas procedían de la cara oculta de la Luna, una limitación que, como expliqué recientemente en estas páginas, ha eliminado la sonda espacial china Chang’e 4, que alunizó el 2 de enero en Aitken, el mayor cráter de impacto que existe en la Luna. Y este hecho tiene un profundo significado, el de que el mapa político y tecnológico ya no es el que caracterizó a la Guerra Fría y a la “conquista” de la Luna. China es ahora una potencia mundial indiscutible, y sus logros en la exploración espacial se deben entender con motivos parecidos a los que llevaron a Estados Unidos y la Unión Soviética a emprender esa senda en el siglo pasado. Muy probablemente, esta es la razón por la que los Estados Unidos del presidente Trump han decidido revivir antiguos logros. El 26 de marzo de este año, el vicepresidente Mike Pence anunció que la administración Trump desea que astronautas estadounidenses regresen a la Luna en 2024, para lo que plantea incluir una partida de 1.600 millones de dólares en el Presupuesto Federal correspondiente a 2020. La NASA, siempre ávida de mantener su estatus, ha dado a esta nueva empresa el nombre de Artemisa, que en la mitología griega era la hermana melliza de Apolo, pero no está nada claro que ese presupuesto sea suficiente, mucho menos que el deseo se pueda cumplir para 2024, aunque el significado político está claro: el rival a batir ahora es China, que en 2016 anunció su intención de llevar astronautas a la Luna en 2036 (en noviembre de 2018, Rusia, que se resiste a ser dejada de lado, puso su propia fecha nacional para 2030).

Regresar a la luna no es disparatado: por ejemplo, en los fondos de los cráteres que hay en sus polos pueden existir millones de toneladas de agua en forma de hielo, que podrían utilizarse para producir oxígeno líquido e hidrógeno para propulsar naves a Marte (si es que no se decide utilizar otros medios, que se están considerando, como la propulsión nuclear o la solar-eléctrica), o para mantener allí poblaciones humanas. Lo que cada vez reúne más apoyos es que si se quiere llevar humanos a Marte, la Luna es una estación intermedia, no solo como parada temporal para aprovisionamiento de materiales, que sería mucho más oneroso (por el peso) embarcar desde la Tierra, sino también para desarrollar in situ pruebas de supervivencia en escenarios más o menos parecidos a los que se encontrarán los astronautas que viajen en el futuro al Planeta Rojo.

Si se quiere llevar humanos a Marte, la Luna es una estación intermedia. No solo como parada de aprovisionamiento sino para pruebas de supervivencia

Pero en los últimos cincuenta años el mundo ha cambiado demasiado como para que se pueda limitar la exploración espacial, y en particular la lunar, a las potencias mundiales, o incluso a las naciones que, beneficiándose de las enormes posibilidades tecnológicas disponibles ahora, pueden unirse a esa meta (India, Japón, incluso Israel y, por supuesto, la Agencia Espacial Europea pronto se sumarán a esa exploración).

Y no se trata solo de naciones, la Luna también es objetivo de empresas privadas dotadas de tal poder económico que pueden competir en algunos apartados con programas nacionales, empresas como Space X (Space Exploration Technologies Corporation) fundada en 2002 por el multimillonario Elon Musk, impulsor también de firmas como PayPal o Tesla Motors, y Moon Express, la compañía creada en 2010 por un grupo de Silicon Valley y emprendedores espaciales. Turismo o minería figuran entre los fines oteados por esas empresas. La minería, en particular, también se haya en el punto de mira de las naciones. Y esto plantea problemas específicos, relativos al derecho internacional en el Espacio. En 1967, dentro de la jurisdicción de la ONU, entró en vigor el que se considera instrumento fundacional: “Tratado sobre los principios que deben regir las actividades de los Estados en la exploración y utilización del Espacio Ultraterrestre, incluso la Luna y otros Cuerpos Celestes”.

Hasta la fecha lo han firmado 109 países, Estados Unidos y Rusia entre ellos, no así China. El Artículo 2 especifica que “el espacio ultraterrestre no podrá ser objeto de apropiación nacional por reivindicación de soberanía, uso u ocupación, ni de ninguna otra manera”. Pero existen puntos dudosos que pueden utilizarse en beneficio particular, como son dos “cláusulas de no interferencia” que obligan a los firmantes a evitar daños a sondas o asentamientos ajenos y que pueden ser utilizadas para reclamar zonas exclusivas en las que realizar, por ejemplo, tareas de minería. En un intento de aclarar la situación, en 1979 la ONU promulgó un nuevo tratado en el que la Luna tomaba un protagonismo más acusado: “Acuerdo que gobierna las actividades de los Estados en la Luna y otros cuerpos celestes”.

Finalmente, el apartado 3 del Artículo 11 señala que “ni la superficie ni la subsuperficie de la Luna, ni ninguna de sus partes o recursos naturales, podrán ser propiedad de ningún Estado, organización internacional intergubernamental o no gubernamental, organización nacional o entidad no gubernamental, ni de ninguna persona física”.



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