Publicado el 20 de octubre en El Deber

Es tiempo de festejar. El domingo fue un día ejemplar. Todos salieron a las urnas convocados por el voto. Con barbijo, con puntabola, con gel, con esperanza. Como lo había anticipado el Tribunal Supremo Electoral, fue la ocasión para el rencuentro de diferentes. El domingo todos ganamos. Ganó la democracia, ganó Bolivia.

Sin duda que hay que felicitar a Luis Arce y David Choquehuanca. Supieron en pocos meses reconstruir a su partido que había quedado maltrecho el año pasado y condujeron la mejor campaña. Apuntaron bien, dieron los mensajes correctos, aprovecharon cada espacio, y metieron un golazo sin trampa, honesto, bien merecido. ¡Felicidades! También se debe aplaudir el rol de Carlos Mesa y Gustavo Pedraza, que a pesar de sus debilidades lograron un resultado importante que inyectará a la política nacional otra dinámica y obligará entendimientos entre los políticos con representación parlamentaria. Los diputados volverán a discutir, no serán una extensión del Ejecutivo. Se vislumbran tiempos mejores.

Queda claro que entramos a un nuevo episodio. Aunque a estas alturas espero poco de los políticos más allá del color de la camisa, espero que el MAS haya sacado una lección de este año lamentable que pudo haberse evitado si la tozudez no se hubiera apoderado del Palacio. Cuánto dolor nos hubiéramos ahorrado.

Ojalá que en la gestión política, que es el talón de Aquiles del MAS, no prime el afán de dominarlo todo y someter a todos, que no tengan que acudir a las “pequeñas trampitas” para imponer sus candidatos y violentar las leyes. Que den institucionalidad a los órganos independientes -insisto, independientes- sin agentes ocultos que los regulen, sin llamadas a atemorizados funcionarios que fungen como marionetas. Que en sus campañas no movilicen los recursos estatales, que no hagan una política de derecha diciendo que son de izquierda.

Espero también que Arce y Choquehuanca no hagan pactos con los sectores agroindustriales, que no dividan a las organizaciones sociales para controlarlas ni que las coopten con dádivas públicas. Que respeten la diferencia, que no usen su aplanadora ideológica para someter a todos a una sola lectura de la realidad estableciendo un nuevo pensamiento único. Que no compren medios de comunicación que sean controlados con finos hilos respondiendo a la voluntad de un patrón, ni que los conviertan en altoparlantes de lo que se dice desde la plaza Murillo.

En fin, quisiera un gobierno de izquierda, pero una izquierda de verdad, no la pantalla que vivimos los últimos años del evismo. El principal dilema de Arce será retomar el país que le dejó Evo Morales con todos sus vicios y chanchullos, o volver a sus orígenes, a aquel momento de la primera década del siglo cuando todos creímos que se venía una nueva era. Tendrá que escoger entre vivir a la sombra de Evo o superarlo y mirar al futuro con el espíritu que movilizó a Bolivia el 2005 y que se fue diluyendo en el laberinto del poder y los palacios. Puede empezar con una profunda autocrítica y preguntarse en qué fallaron, por qué llegamos hasta aquí, o puede retomar la soberbia y la altanería propia de sus antecesores. Puede retomar genuinamente lo mejor del extraviado “proceso de cambio”, o montarse en la maquinaria del poder que llevó al país al abismo. La moneda está en el aire, pago por ver.

Les deseo mucha suerte a Arce y Choquehuanca, ojalá retomen lo mejor de la izquierda nacional, ese espíritu libertario tantas veces demostrado en nuestra historia y no el rostro autoritario y abusivo que tiene nombres y apellidos. De Arce se sabe poco: que es un buen economista, que es buen guitarrero -sin duda canta mejor que Choquehuanca-, y que es poco carismático. Ojalá que, como presidente, no olvide en pocos años a amarrarse los huatos sin ayuda de un guardaespaldas.

Por mi parte, mi desencanto con la política es tan grande que no puedo levantar ninguna bandera. He visto cómo las más nobles ideas, los personajes más lúcidos y honestos, pueden convertirse en unos meses en gente tan perversa y oscura como aquellos contra quienes se levantaron. Así que no doy mi voto de confianza a nadie. Mi apuesta sigue siendo hacia lo pequeño, abajo y a la izquierda. Sigo creyendo que otra izquierda es posible, y que se deben impulsar circuitos autónomos que no favorezcan la acumulación del poder en un nombre, y que piensan en el bien colectivo.



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