Hace más o menos un año que decidimos cambiar de aires y, “desde la distancia”, vemos que pocas cosas han cambiado en España, sin embargo, una de las que más llama la atención es la velocidad a la que están bajando los salarios. No me refiero ya a los “contrato basura”, sino a puestos que requieren de cualificación y que están muy demandados. Por ejemplo, programadores informáticos. Si hace un año el sueldo medio de un programador sin responsabilidad en la gestión podría estar en los 30.000 euros brutos por año, ahora es muy difícil encontrar ofertas que sobrepasen los 24.000. Es más, muchas de esas ofertas ya piden experiencia y responsabilidad en cargos medios e intermedios y el sueldo ofrecido nunca supera los 25.000 euros brutos. Y si esto pasa en puestos que requieren de una gran especialización y con un sector, el de la informática, que va capeando el temporal de una manera más o menos decente, no quiero ni pensar en lo que ocurrirá con puestos de escasa cualificación, primeros empleos o trabajos a media jornada.

Una de las grandes diferencias del mercado laboral español con el de UK es que aquí, cuando empiezas a hablar de trabajos cualificados y con responsabilidad, se “mima” mucho al trabajador. Se valora su trabajo y lo que hace y es casi una norma la “revisión anual” de salario, en la que el currito de turno y sus jefes se reúnen -varias veces si es preciso- y ambas partes analizan la progresión del trabajador y sus expectativas de cara al futuro, así cómo lo que la empresa espera de él. Tampoco es raro que, ante el anuncio del asalariado de que ha recibido una oferta que mejora la actual, se negocie una subida de sueldo, o una mejora en las condiciones de empleo. Casi igual que en España. Tras diez años trabajando en la misma empresa, nunca tuve una subida de sueldo mayor que la del IPC, pese a que mi responsabilidad y tareas se vieron incrementadas con el paso de los años… y durante el último año tuve que sufrir un ERE que recortó mi jornada y, por tanto, mi sueldo en un tercio. Y es sólo un ejemplo.

Habiendo vivido en carnes propias los dos sistemas, no me sorprenden estudios como el recientemente publicado por la OCDE que establece que los trabajadores españoles cobran menos y trabajan más horas que el resto de sus vecinos europeos. Otra diferencia al canto, la de la racionalización del horario laboral. Aquí, la mayoría de los puestos cualificados cumplen con bastante rigor la jornada de 9 a 5, y no son pocas las empresas que ofrecen alternativas como el teletrabajo unos días a la semana o jornadas inferiores para poder compatibilizar la vida familiar.

Sin embargo, que nadie piense que vivir en UK es el paraíso. Alcanzado un cierto nivel la diferencia es más que notable, pero los datos del estándar de vida también pueden resultar engañosos. Estamos hablando de un país en el que el precio de la vivienda -en propiedad o alquiler- es disparatadamente alto. Un alquiler medio a las afueras de Londres -piso de dos dormitorios y unos 80 metros cuadrados- no baja de las 900 libras, que al cambio es algo más de 1.100 euros. El transporte es algo que tampoco hay que dejar de lado, ya que un trabajador puede gastar entre 200 libras al mes usando el transporte público.

Dicho esto tenemos que pensar en todos esos puestos de baja cualificación -ayudantes de cocina, limpiadores, trabajadores en cadenas de comida rápida, dependientes…- que abundan y de los que viven muchas familias, locales e inmigrantes. Quizá uno de los contratos más perversos que existan aquí sea el denominado de “cero horas” que prácticamente somete al trabajador a un régimen de “esclavismo”. Con este contrato, la empresa no se compromete a dar al trabajador una carga de trabajo mínima ni una localización exacta de su puesto, pero exige al asalariado estar disponible para la firma las 24 horas del día. Además, este contrato no se puede compatibilizar con otro contrato. Muy usado en las cadenas de comida rápida -McDonald’s admitió que el 90% de su personal en UK está contratado bajo esta fórmula- comenzó a usarse para reglamentar trabajos temporales en los que el asalariado podía elegir, en teoría, el número de horas que quería trabajar a la semana y cómo las repartía. En un principio se vendió como una buena manera de compatibilizar un trabajo con los estudios o con el cuidado de la familia.

Pero lo cierto es que hoy muchas personas se ven atrapadas por este tipo de contrato, se calcula que el 19% de los trabajadores británicos lo hacen bajo esta fórmula, que muchas veces vulnera los derechos básicos del trabajador ya que no se dota a éste una carga de trabajo con la que pueda ganar un sueldo con el que cubrir sus necesidades básicas. Como habréis podido adivinar, la sombra de la crisis ha hecho que este tipo de contratos se haya extendido como la pólvora y ni siquiera el Palacio de Buckhingham se libra de tener ¡nada menos! que 450 trabajadores temporales con esta fórmula. Desde las fuerzas sindicales ya han dado la voz de alarma al señalar que se han detectado muchos casos en que las horas de trabajo ofrecidas son usadas como premio o castigo.

Casi dan ganas de pasar sobre el tema de puntillas, por eso de no dar ideas… Pero en este punto se vuelve a poner de manifiesto la escasa conciencia colectiva que tenemos los asalariados en casi todas las partes del mundo. Pienso, seguramente de manera utópica, que si uno tras otro todos los puestos que se ofrecen bajo este sistema quedasen desiertos, al final la fórmula debería ser abandonada. Está claro que nadie puede juzgar la motivación y/o necesidad que lleva a alguien a firmar un contrato por debajo de las reglas lógicas del mercado, pero esto no puede ser una excusa para terminar aceptando como “normales” situaciones que no lo son. Y mucho menos, congratularse por ellas… Ya sabéis, aquello de “por lo menos tienes trabajo”.

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María E. Vicente

Casi un año viviendo en Londres que ha dado para mucho... sobre todo para darme cuenta de lo diferentes que son algunas cosas fuera de España. "Desde la distancia" se aprecian otros matices y esos son los que pretendo contar desde este espacio.

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