Nos encontramos inmersos en este mundo occidental en el que prima el pensamiento sobre la emoción y las sensaciones físicas, en el que se da más importancia a hacer caso a nuestros esquemas mentales a cómo nos enseñaron que deberían ser las cosas.

Sucede que las cosas rara vez son como deberían ser, que nosotros no somos como nos decimos que deberíamos ser, que entramos en un diálogo interno entre dos partes de nosotros que empeñadas en luchar no se escuchan, entrando en una pelea interna frustrante e improductiva de la que nos resulta difícil salir y que nos genera un gran sufrimiento.

Es como si hubiese dos personajes dentro de nuestra mente: tenemos un ideal de nosotros exigente, que dice cómo debemos hacer, qué debemos pensar y qué es lo bueno y correcto para nosotros; y a la vez tenemos, como si estuviéramos escindidos en dos, una parte de nosotros que se siente exigida, que necesita parar, que siente que no es capaz de cubrir las expectativas de ese personaje ideal, que se frustra y se las arregla para no hacer caso.

Exigente y exigido

Pongamos un ejemplo: Estoy sentada en el metro, en una estación sube una persona con cojera y muestras de dolor al apoyar el pie, inmediatamente me instalo en mi diálogo interno: “debería dejarla sentarse por que tiene mal la pierna” (exigente), “no, no, yo estoy agotada de todo el día de trabajo y seguro que está exagerando”(exigida), “pero se ve que lo pasa mal por la forma en que se agarra” (exigente), “mejor me estoy quieta, seguro que se levantara otra persona” (exigida)… y ese diálogo pasa a ser una pelea que me hace sentir mal. Se baja la persona y confirmo que tiene dolor, en lugar de dejar la lucha y pasar a otro asunto, me doy cuenta de que me siento culpable por no haberme levantado y me sigo machacando y entrando en un bucle del cual parece difícil salir; si me hubiese levantado casi seguro habría seguido con la misma lucha a la inversa, estaría enfadada y frustrada por haberme levantado sin tener en cuenta mi cansancio.

Esto nos hace entrar en una sensación de insatisfacción constante, porque tomemos la decisión que tomemos siempre hay una parte que siente que ha perdido y se quejará. Si este ejemplo lo pensamos en una situación de nuestra vida cotidiana más importante para nosotros/as, cuando nos relacionamos con personas conocidas en el trabajo o con la familia, ocuparemos la mente horas y horas con ese asunto inconcluso, hasta podremos tener problemas de sueño al no dejar de darle vueltas y vueltas y sufriremos a corto-medio plazo las consecuencias de esta falta de entendimiento.

Escucharnos

Os propongo hacer un cambio: Escuchemos las emociones y sensaciones en cada momento y situación que afrontamos antes de enfocarnos en qué debemos o no debemos hacer, como si fuera una situación totalmente nueva, sin dar prioridad a nuestros esquemas mentales.

Volviendo al ejemplo anterior, estoy sentada cómodamente en mi asiento, llevo un día difícil y me duelen las piernas y la espalda, me he ganado la recompensa de este pequeño descanso, así que me permito relajarme, entra una persona con cojera y al verle la cara soy consciente de que siente dolor y puedo tomar dos decisiones:

Decisión a) – Me levanto porque he sentido empatía (me he puesto en su lugar) y me complace ceder el sitio, tras esta acción soy consciente de que una parte de mí siente frustración porque vuelve el dolor y me digo “no pasa nada, has decidido esto y así está bien” e intento buscar una postura lo más cómoda posible hasta llegar a mi destino, continúo el trayecto responsabilizándome de que una parte de mí quería ceder el asiento y la he escuchado: paro el pensamiento y atiendo a otros asuntos.

Decisión b) – Me mantengo sentada porque me siento muy cansada, escucho la parte de mí que ha tenido un día agotador, que casi no puede levantarse por la falta de energía y me respeto, decido cuidarme, y me digo “no pasa nada, has decidido esto y así está bien” y continúo el trayecto responsabilizándome de que una parte de mí quería seguir sentada y la he respetado: paro el pensamiento y atiendo a otros asuntos.

Lo realmente importante ahora es ser capaz de no engancharme con pensamientos que me machaquen y me critiquen por la decisión que tomé: que no dañe a la parte de mí que ha pensado en el beneficio del otro y se ha levantado en la primera decisión diciéndome cosas como “no tenías que haberte levantado, ahora estoy fatal y no puedo con mis dolores, eres tonta …”, o que no maltrate a la parte de mí que ha pensado en su necesidad de descanso y ha tomado la segunda decisión con pensamientos como “es que pasas de todo el mundo, eres muy egoísta, no te quiero …”. Lo verdaderamente saludable es parar el pensamiento.

Indulgencia

La propuesta pasa por tomar conciencia de las sensaciones corporales, de la emoción que éstas nos provocan y en última instancia optar por un camino que nos coloque en la situación teniendo en cuenta dichas sensaciones y sentimientos, así como respetar y apoyar la decisión que tomemos sea cual sea, ser más indulgentes con nosotros mismos, de esta manera nos querremos más, no nos quedamos enganchados en los pensamientos de frustración o culpabilidad y pasamos a otra actividad o a otra situación sintiéndonos bien con nosotros mismos, poniendo el foco en nuestra persona de manera integral.

En consecuencia, se trata de hacer el ejercicio de empezar a tener en cuenta en primer lugar mis sensaciones corporales, si la situación me genera alguna emoción, reconocerla y, a partir de ahí, conocer qué pienso para sentirme bien conmigo. Entonces decidiré actuar de una manera concreta en mi relación con los demás y conmigo mismo/a.