Las teorías de la conspiración son tan antiguas como nuestra propia capacidad de dar palique. Son argumentos que se apuntalan para atribuir a grupos ocultos, que trabajan en secreto, objetivos siniestros, ya sea el asesinato de un presidente de los Estados Unidos (Kennedy), el atentado del 11S, los asesinatos de Charlie Hebdo, el cambio climático, las campañas de vacunación y, por supuesto, la expansión del coronavirus que causa la COVID-19.

Las instituciones han investigado este tipo de episodios y los medios de comunicación han difundido sus conclusiones. Pero las teorías de la conspiración suelen darle credibilidad cero a unos y otros, y solo respaldan las teorías que hablan de alguien que, desde la sombra, mueve unos hilos turbios. Con los canales de información multiplicándose y las fake news en todo su esplendor, la cosa se está disparando, y las teorías de la conspiración no dejan de prosperar entre cantidades nada desdeñables de la población. Pero, ¿por qué preferimos creer la versión más oscura?

La ciencia, y en particular la psiquiatría y la psicología, lleva tiempo dándole vueltas. Anthony Lantian lideró un estudio que recogió en 2017 la revista Social Psicology resumiendo lo que suele ser común a quienes se apuntan a esas teorías del “sé lo que no sabe nadie”: es gente que disfruta especialmente disponiendo de información escasa. También muestra una escasa necesidad de aceptación en grupos sociales, lo cual puede implicar trabajar peor en equipo, y este grupo de científicos ha hallado una fuerte correlación entre creer en teorías cognitivas y exhibir afán de protagonismo o hasta narcisismo; pueden llegar a ser, en este sentido, “maquiavélicos”, lo que significa que una persona está tan “centrada en sus propios intereses que manipulará, engañará y explotará a otros para lograr sus objetivos”, o incluso puede que tengan un punto sádico y disfruten asustando al prójimo.

Aunque, a veces, es la falta de autoestima y la necesidad de integración la que puede explicar que determinadas personas se sumen de cabeza a una conspiración: personas solitarias o aisladas pueden recurrir a esos ambientes por un sentido de pertenencia y comunidad. Y, de acuerdo con los investigadores, estas personas suelen ser más desconfiados que la media, a veces incluso “paranoicos”, y a menudo resultan “poco amables” y “desconectados de las normas sociales”.

En términos de procesos cognitivos, los científicos afirman que las personas con creencias conspirativas suelen tener menor capacidad de análisis y son más emocionales, por lo que suelen respaldar afirmaciones sin ninguna prueba, aunque esto implique desprestigiar otras que respaldan investigaciones muy complejas y desglosadas.

Por último, la necesidad de control, de hallar una explicación para lo que ocurre en un mundo salvaje, impredecible y peligroso puede justificar también que se suscriban teorías que digan que hay alguien al volante de esos acontecimientos, por muy perverso que sea.



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