Pequeñas cosas tristes

A Julia

Linares se pasaba los partidos gritando, gesticulando, recorriendo el embaldosado de cemento con sus toscas botas de montaña, alterado, nervioso, como un perro demente. La línea que delimitaba la cancha producía en su conciencia el efecto de los barrotes de una jaula: acrecentar la excitación, multiplicar los aspavientos. 

Los sábados llegaba el primero, muy de mañana, al instituto. Se dirigía directamente al polideportivo y solo lo abandonaba cuando todos nos habíamos marchado. Antes de que el delegado, la entrenadora, las chicas, los padres y las madres llegáramos al campo de juego, Linares ya estaba allí, ocupado en tareas imprecisas, tareas de intendencia deportiva que, por cierto, nadie le había encargado: examinar el estado de las canastas o pulsar compulsivamente el reloj de la mesa de control para comprobar que funcionaba.

Otras veces nos tocaba jugar lejos de casa y las familias soportábamos los dictados del deporte escolar con una mansedumbre que jamás habríamos aceptado en ninguna otra vertiente de la vida. Partíamos con la primera luz del día hacia remotos complejos deportivos. En otras ocasiones, los partidos se celebraban poco antes de la hora de comer, a muchísimos kilómetros de casa. Si había que trasladar algún encuentro al domingo por la mañana o al lunes por la noche, todo el mundo relegaba citas y reuniones, posponía bodas y funerales. Nuestras vidas estaban sometidas a la prioridad impostergable del deporte escolar. Nada había, en efecto, más importante que el equipo de baloncesto de las niñas y su infinito calendario de liguillas y de eliminatorias. 

En aquellos crueles madrugones, los padres, al amparo de un café caliente, bebido a toda prisa, hablábamos con melancolía de nuestra adolescencia, cuando jugábamos al fútbol en equipos que no eran auténticos equipos sino cuadrillas de amigos, y las federaciones aún no habían hecho del deporte una disciplina militar. Entonces jugábamos al fútbol y a nadie le preocupaban los uniformes, ni la regulación federativa, ni las imprecaciones de entrenadores y delegados. Por supuesto, a nuestras familias les importaba un bledo si jugábamos o no, si ganábamos o no. No perdieron un solo minuto de su tiempo en acudir a los partidos para jalear nuestras hazañas o confortar nuestras derrotas. Hablábamos con añoranza de aquellos tiempos porque eran los viejos tiempos, los nuestros, y reconocíamos, avergonzados, que ahora todo era distinto: nos habíamos convertido en una congregación de familias sumisas y obedientes, consagradas al deporte escolar con fanático fervor, obligadas a invertir todas las mañanas de todos los sábados de todos los cursos de todos nuestros hijos en la asistencia a partidos interminables de interminables campeonatos. Era un imperativo categórico: vernos sometidos a una sucesión de heladoras canchas de baloncesto, embarrados campos de fútbol, descuidadas instalaciones de balonmano, hockey o voleibol en toda clase de escuelas, colegios e institutos, lujosos polideportivos o desastrados pabellones, confortables naves climatizadas o rectángulos de cemento a la intemperie.

Nos preguntábamos qué maldito padre inauguró la castrante costumbre de acompañar siempre a su hijo a los partidos escolares, imponiendo de ese modo una insoportable presión sobre los otros padres para que se comportaran de la misma manera, preparando equipaciones y precarios refrigerios matutinos, emprendiendo fatigosos viajes en medio de la niebla hacia un polideportivo situado en el último pueblo de la provincia, y en donde algún federativo había dictado que el partido empezara a las nueve de la mañana de un sábado de invierno, lo cual implicaba levantarse a una hora aún más temprana que en los días de trabajo. Era un régimen infernal, sostenido por una eficaz policía política de entrenadores exasperados, delegados escolares, árbitros aficionados y la subespecie, particularmente siniestra, de los padres que habían encontrado en el deporte escolar el sentido de su vida y que, no contentos con eso, habían decidido que el sentido de la nuestra se encontrara allí también.

A esa caterva de individuos deplorables pertenecía Linares. Los días en que nos tocaba medirnos con equipos de remotos pueblos de frontera, los despertadores vociferaban de madrugada y Linares, en la puerta del instituto, nuestro punto de reunión, asumía las maneras de un mariscal de campo: distribuía en los coches todos los efectivos, repartía las tareas de intendencia y mantenía la tensión que llevaría a nuestras chicas a su próximo combate, ya se enfrentaran con el equipo endurecido de un centro suburbial o con la coreográfica torpeza de las damitas de un colegio de monjas.

Sí, nos preguntábamos quién pudo ser el odioso padre que inauguró aquella costumbre. Pero fuera cual fuera yo había llegado a la conclusión de que Linares era su digno heredero. En los viajes organizaba la comitiva, ponía a punto el GPS del automóvil y pedía que siguiéramos su estela en busca del próximo destino. Cuando jugábamos en otra cancha, el modelo tres volúmenes de Linares aparecía refulgente e impoluto, como si lo hubiera lavado y encerado la tarde anterior. En esas ocasiones, también era el primero en llegar. Nos esperaba paseando alrededor de su coche y dando de vez en cuando un puntapié a alguna cubierta, comprobando la presión. Cierto, Linares no era rico, pero conseguía dejar claro que era menos pobre que nosotros.

El ansia de poder, que es un reptil voraz e insatisfecho, también se infiltró en el equipo de baloncesto femenino del instituto: la exasperación de Linares se reavivó cuando Demetrio Estrada, funcionario de correos y padre de la más larguirucha de nuestras jugadoras, fue nombrado delegado del equipo.

Parte del metafísico rencor que Linares guardaba al universo provenía de una traumática experiencia: había salido derrotado en las elecciones a delegado, si es que podemos denominar elecciones a una tumultuosa reunión de padres y de madres, absolutamente congelados, bajo el precario cobijo de un frontón abierto, mientras caía la primera nevada del invierno. Llevábamos meses de competición y entrenamientos. El equipo se fajaba en las aguerridas ligas del deporte federado y Sandra, la entrenadora, pedía una y otra vez que nombráramos por fin un responsable. Dispuestos a formalizar la asamblea, ateridos de frío, encontramos una tasca en la que refugiarnos, y fue entonces cuando la soberanía popular, de forma inopinada, llevada por la irresistible marea de la historia, por fin, se pronunció. Los padres nos frotábamos las manos con pretendido gesto varonil y las madres compartían su inquietud por las chiquillas, pues ese día tenían que jugar a la intemperie y ya estaban calentando en el patio del centro de FP. Linares, ni corto ni perezoso, se postuló para el puesto de delegado. Fue uno de esos movimientos propicios para la demagogia asamblearia. La naturalidad con que hizo la propuesta parecía que iba a derivar en un asentimiento tácito, pero la naturalidad también puede suscitar en ocasiones una espontánea resistencia y desencadenar contestación. Márquez, el padre de las gemelas, que por contar con dos jugadoras en plantilla tenía el doble de razones para no dejar en manos de un trastornado como Linares la gestión del equipo, propuso que Demetrio Estrada, hombre modesto y ordenado, y que había traído a la afición termos con caldo caliente en los partidos más tempraneros, aceptara el nombramiento. Un extraño combinado de silencios, gestos de aprobación y espontáneas palmadas en la espalda de Demetrio determinó la imposición sobre sus hombros del cargo de delegado, por unanimidad, por asentimiento, por lo que fuera. Ante tan abrumadora evidencia, Linares, resentido, solo pudo callar.

De entonces surgió una de esas pendencias envenenadas, insalubres, que infectan las mañanas de los sábados en el deporte escolar, ese sangriento albero en que los hombres devienen intratables, mientras redimen las miserias de toda una semana consumida, exprimida, dilapidada, en oficinas y talleres, y se sobreponen a frustraciones, desencantos y matrimonios mal avenidos.

Linares detestaba a Demetrio Estrada, pero nosotros lo habíamos elegido por su talante servicial, su vocación de laboriosa hormiguita, siempre en pro de nuestros colores. Demetrio era capaz de alterar el horario de un partido haciendo diplomáticas gestiones en la federación, conseguir el generoso patrocinio de una entidad financiera, repartir bollos, cocacolas y matasuegras después del último partido de temporada, o comprar la nueva equipación de las chiquillas tras minuciosas evaluaciones en toda clase de comercios de ropa deportiva. Demetrio era como un maestro krausista, un pensador ilustrado. Arengaba a las chicas antes de cada partido, hablando de deportividad, esfuerzo y juego limpio, pero cediendo siempre el papel principal a la entrenadora y respetando escrupulosamente sus funciones. Era gentil con las madres y, a pesar de su aspecto de burgués venido a menos, de poeta pusilánime y oscuro, intentaba compartir con otros padres las rudas complicidades de un varón.

Linares nunca se repuso de aquella inesperada derrota electoral. Sin duda pensó que merecía el puesto de delegado, ya que era el único que sabía algo de baloncesto, como bien se preocupaba de probar, con tono altisonante, cada vez que en los partidos alguna jugadora rival hacía pasos, dobles o cometía una falta personal, y él la señalaba en voz alta, anticipándose al pitido del árbitro.

En los partidos mañaneros, rodeaba el campo con las manos metidas en los bolsillos del tabardo, resoplando, mientras el vaho de su aliento se dibujaba sobre el aire helado de la madrugada. Si se jugaba a mediodía, dirigía las maniobras de recogida de los banquillos y la elevación de los cuadros con las cestas, mediante la acción de lentos y pesados polipastos. También en esos casos era el último en irse. Ganaran o perdieran nuestras chicas, de algún modo misterioso (pero radical como una droga, una fe o una ideología), el que ganaba o perdía, al parecer, era Linares.

Yo detestaba su obstinación por llamar basket al baloncesto, con la petulancia de esos periodistas deportivos que habían decidido, de un tiempo a esta parte, rebautizar ese deporte, entregados a la superstición imbécil de que la lengua inglesa convierte todo lo que toca en algo más sofisticado. Mi generación se había hartado de ver partidos de baloncesto en la tele en blanco y negro del tardofranquismo, con Juan Antonio Corbalán, Wayne Brabender y Clifford Luyk encestando sin parar, pero solo ahora, después de tantos años, y debido al influjo intimidatorio de Linares, nos veíamos obligados a llamar basket al baloncesto, hasta conseguir de esa manera la clasista recreación en nuestra grada de dos colectivos enfrentados: los entendidos, los integrados, decían basket, mientras que los extraños, los ajenos a la secta, decían baloncesto. Nunca en toda mi vida he sentido más placentera venganza que la de repetir la palabra baloncesto, una y otra vez, delante de un rufián como Linares.

Las familias llevábamos a los niños al deporte escolar y sabíamos que el partido del sábado iba a tragarse buena parte de nuestro día libre, como una aspiradora que succionaba la vida, convertida en una pelusa microscópica e imperceptible, y la extraviaba en una gigantesca bolsa de polvo. Recordaba los tiempos de mi infancia, cuando el sábado era una larga mañana vagueando por casa, jugando con mis hermanos, saltando sobre las camas, trepando sobre la rodilla de mi padre, o bebiendo un vaso de leche caliente. Más tarde llegaba el momento de salir a las tabernas de los países mediterráneos, siempre hospitalarias con los niños, donde bebía un mosto dulce y mascaba después la guinda roja que se escondía en el fondo del vaso.

Sí, los sábados de nuestra infancia fueron una excusa para la holgazanería, la redención moral que comporta un día sin hacer nada, la certidumbre de que perder el tiempo es una acción legítima y cabal. No sé si hicimos poco ejercicio, o el mismo, o demasiado, pero sí sé que mis padres no se vieron obligados a recorrer todas las canchas de la provincia mientras tipos como Linares lanzaban gritos desquiciados, buscándose problemas y buscándoselos a ellos. Ahora, tres décadas después, todo había cambiado: los sábados eran una cosa triste de crueles madrugones al dictado del despertador, un despertador que se sacudía con el gañido de un animal destripado y te llevaba, colgado de las pestañas, hasta la ducha, antes de acudir otra vez a la entrada del instituto, organizar el pasaje y enfilar carreteras heladas que había que descifrar entre la niebla, en busca de algún polideportivo suburbial. Era la nuestra una resignación trágica y cobarde, dominada, arrastrada por el empeño de conquistadores extremeños lanzados a la inmensidad de un nuevo mundo, algo que tenía que ver con el sacrificio, el martirio y las tierras de misión. Era, en fin, el deporte escolar.



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