¿Preparado para un desafío mental…? ¿Estás seguro…? Mira que esta pregunta que te voy a hacer te puede dejar muy tocado…

 

Está bien, tú lo has querido: mientras manejas el ratón con la mano derecha (también tú, amigo zurdo), extiende los dedos de la mano izquierda. Y, ahora, ve plegando un dedo tras otro por cada vez que recuerdes que tu padre pronunciara estas palabras mirándote directamente a los ojos: “Te quiero mucho, hijo mío”.  También se admiten las variantes “Eres lo que más quiero en el mundo” o “¡Cómo te quiero!”…. Venga va, te lo pongo fácil: ¿un simple “Te quiero”?

 

Tranquilo, sigo aquí contigo, sosteniendo el ratón con pulso el pulso tembloroso de la mano derecha, igual que tú. Mirando mi mano izquierda y comprobando con estupor que todos los dedos siguen extendidos. Quizás tú tengas más suerte y hayas conseguido plegar alguno. Incluso, puede que seas enormemente afortunado y hayas tenido que soltar el ratón con la mano derecha al necesitar más de cinco dedos para llevar la cuenta de las manifestaciones verbales del cariño paterno que recibiste durante tu infancia. En tal caso estás de enhorabuena: ya tienes la mitad del camino recorrido hacia ese nuevo modelo de padre del que tú tienes la posibilidad de llegar a ser un exponente ejemplar.

 

En contra de lo que te han hecho pensar, decir “te quiero” a tus hijos no merma en absoluto tus capacidades ni es una frase exclusiva de personas “especiales”.

 

¿Acaso no me quería/quiere mi padre porque nunca me lo haya dicho….? Sinceramente, no lo creo. Es más, sé positivamente que no es así y que mi padre habría llegado a dar su vida por mí de haberse dado el caso. Es más, sé fehacientemente que mi padre ha dado su vida por mí, día a día, en cada una de sus decisiones, y que todo el fruto de sus esfuerzos y desvelos desde que nacimos mis hermanos y yo, han ido encaminados a proporcionarnos la mejor de las vidas posibles.

 

¿Acaso me sentía yo frustrado o menospreciado, cuando al ver una de esas pelis norteamericanas en las que los padres no dejaban de repetir a sus hijos lo mucho que los querían, no me veía a mí mismo representado en esos chicos….? Pues no. Sencillamente, no me afectaba. Incluso me sonaba ñoño e innecesario, hasta debilitador. Nada se me podía antojar más embarazoso que imaginar a mi propio padre cogiéndome de los hombros, mirándome a los ojos, o dándome un abrazo, y pronunciando las ominosas palabras…. Simplemente era otra época: una en la que el padre no manifestaba abiertamente sus emociones hacia sus hijos.  Mi padre nunca me dijo (nunca me ha dicho) que me quería. Tampoco vi que lo hicieran los papás de mis amiguitos.

 

Lo poco o lo mucho que los hombres de mi generación hemos aprendido sobre las emociones y su expresión, sobre lo que es cuidar a otras personas y empatizar con sus circunstancias, se lo debemos a las mujeres. Por el contrario, y sirviéndome de las palabras del sociólogo Josep Giralt, “si hago un recuento de la cantidad de ‘padres ausentes’, o lo que es peor, de ‘progenitores autoritarios’, totalmente desprovistos de cualidades afectivas y de capacidades para el cuidado, el resultado es estremecedor […]. Una generación de hombres que no lloraban en público, ni tampoco mostraban ninguna sensibilidad porque se consideraba ‘debilidad’. Su deber era aparecer siempre como triunfadores y dar de sí mismos una imagen dura, agresiva y brillantes”.

 

Comparto con Giralt la convicción de que estos hombres, estos padres que han renunciado a mostrar su parte más emocional han acabado perjudicando a todo el conjunto. Lo que nunca me entrará en la cabeza son las razones (vaya usted a saber cuáles) por las que una mujer tiene algún interés en compartir su vida con un sujeto semejante. Sea como fuere, plantearse ser padre es exponerse a sentir y a cuidar. Aquí y ahora te confieso: lleva su tiempo.

 

Sólo serás capaz de encontrarte a ti mismo como padre fuera de los esquemas del patriarcado machista en el que hemos crecido. Asume que tú, como todo el mundo, tendrás tu ritmo personal y que no debes forzarlo, pero sí convendría que fueses regulándolo con objeto de librar de una vez por todas tu rol masculino en la pareja de falsos estereotipos. Lo que Giralt denomina “descubrir y deconstruir nuestra masculinidad”.

 

Es nuestra responsabilidad educar a las nuevas generaciones de hombres (pero también de mujeres) a percibir que las relaciones, la comprensión, el amor, el cuidado, no lograrán alcanzar su plenitud sin la capacidad de sentir y de cuidar. Es difícil pensar que alguien, tiernamente amado, acariciado, cuidado durante su niñez, no sabrá acercarse a los demás con especial ternura. “La rudeza del hombre -concluye Giralt- suele ser fruto de la carencia de sentimientos, cuidado, educación y mimos que ha sufrido durante su crecimiento y que el patriarcado se ha encargado de imprimir a todo nivel. Y de esa cantidad de pruebas que nos imponemos y que nos imponen y a las cosas a las que no nos vemos capaces de renunciar: si hago el amor, tengo que ser el mejor; si no lo hago soy poco viril; si gano mucho dinero mi mujer y mis hijos tendrán todo lo necesario, si no seremos unos desgraciados sin futuro…”.

 

Hay botas, maillots y balones dorados, cinturones de pesos pesados, anillos, medallas y todo tipo de complementos (casi siempre bastante masculinos, por cierto) para premiar cualquier comportamiento competitivo en la vida… Personalmente echo de menos premios como el Nobel al Padre de Familia Ejemplar o el Pulitzer al mejor cuento narrado antes de irse a la cama. También algún que otro laurel al compañero sensible, al amante tierno y sosegado, al amigo fiel y comprensivo, al padre devoto y cariñoso…

 

De ese modo quizás, a las nuevas generaciones de padres nos costaría menos exorcizar definitivamente el fantasma del macho alfa que nos acosa con la amenaza de que si besuqueamos excesivamente a nuestros hijos, si les abrazamos todo lo que nos gustaría, o les expresamos cuánto los amamos (en realidad), los reblandeceremos, los malcriaremos, los sensibilizaremos en demasía, y hasta (¡oh, cielos!) les amariconaremos…

 

Mientras ese día llega (y con él la verdadera igualdad de la mujer: esa que le permita no tener que aguantar a un energúmeno sólo porque no llega solita a fin de mes) es un verdadero alivio refrescante y reconciliador encontrarse cada vez más con hombres como tú: deseosos de aprender de qué va esto de ser padre, y no sólo curiosos por saber qué se siente, sino realmente dispuestos a sentirlo, a experimentarlo, a deconstruir, cada cual a su ritmo, la masculinidad que hemos heredado y a consolidar, entre todos, un nuevo modelo de paternidad. Así pues, ahora sí…, ¡bienvenido a bordo!

 

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Ruben Chacon
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Ruben Chacon

Mi objetivo es hacerte reflexionar at Padres Borrosos
Rubén Chacón se dedica desde hace más de 15 años a la comunicación (como periodista y publicista) y la divulgación (como docente y conferenciante). En lo que concierne a su faceta de escritor, además del libro EL SORPRENDEDOR (Temas de Hoy, 2011), es autor de numerosos artículos, relatos y ensayos.

Desde hace un lustro explora las posibilidades pedagógicas y de toma de conciencia de la gamificación (a través de los juegos de mesa principalmente). En este ámbito, es creador, entre otros, de Calentamiento Global, WannaBee y SORPRENDEDORES, su obra más conocida, desarrollada junto a Sergio Fernández, de la que se vendieron más de 5.000 ejemplares sólo en 2012.

Pero si hay algo en lo que Rubén es experto es en paternidad, relaciones de pareja e inteligencia emocional. Más de dos décadas de vuelo junto a Elsa Molina, compañera de su vida, madre de sus dos hijos y socia co-fundadora de PADRES BORROSOS, así lo atestiguan.

PADRES BORROSOS es un proyecto para parejas con hijos (o que están pensando en tenerlos) sin miedo de redefinir sus propios contornos. Bajo el lema: "Cuando los hijos realmente son lo primero, todo lo demás, obligatoriamente ha de ser secundario", Elsa y Rubén proponen alternativas para conciliar la felicidad personal y la de la pareja con el bienestar de la unidad familiar.
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