Novak Djokovic con el trofeo del US Open 2018.

A finales del año 2016, Roger Federer estaba apurando aún la rehabilitación de la rodilla izquierda en Suiza, Novak Djokovic arrastraba continuas molestias en el codo mientras coqueteaba con un espiritualismo difuso, y Rafael Nadal decía adiós a la temporada un mes y pico antes de lo necesario por su enésima lesión, esta vez en la muñeca. Desde entonces han pasado casi dos años y ocho torneos de Grand Slam. Los ocho, precisamente, ganados por el español, el serbio y el suizo.

Desde que se consolidaran en el top 3, allá por 2007, solo Murray y Wawrinka han podido hacerles cosquillas. El suyo es un dominio como no se ha vivido antes en el tenis y me atrevería a decir que en ningún deporte. Juntos han ganado trece Opens de Australia, trece Roland Garros, catorce Wimbledons y once US Opens. Desde la victoria de Marat Safin en Melbourne en 2005, se han repartido cuarenta y siete de los cincuenta y cinco grandes disputados. Seguimos sin saber si es que estamos ante los tres mejores jugadores de la «era open» o si es que el nivel medio de los otros jugadores es extraordinariamente bajo.

De hecho, hay otro dato que llama la atención. Si Juan Martín del Potro hubiera ganado la final, se habría convertido en el primer ganador de Grand Slam menor de treinta años desde que Andy Murray ganara Wimbledon en 2016. El argentino tiene veintinueve años y once meses, los mismos que Marin Cilic, el ganador más joven de un grande. Los dos nacieron en septiembre de 1988 y desde entonces no ha aparecido absolutamente nadie para tomar el relevo. Este US Open dejó muchos momentos memorables pero en lo esencial fue más de lo mismo: los jóvenes fueron incapaces de dar un paso adelante y hacer tambalear el statu quo. La única sorpresa digna de tal nombre la protagonizó John Millman, un australiano de veintinueve años.

Vamos, en cualquier caso, con el resumen de lo más relevante de este US Open 2018:

1. Empecemos con el ganador, Novak Djokovic. Llegó a Queen’s deprimido, planteándose si esto tenía sentido y en medio del pesimismo generalizado de la prensa, que le daba ya por desahuciado. En Queen’s llegó a la final —tuvo punto de partido para ganarla—, luego ganó Wimbledon, a continuación Cincinnati y ahora el US Open. Igual que había pasado de ser el nuevo Rod Laver tras ganar Roland Garros 2016 a estar acabado, en tres meses ha pasado de estar acabado a ser de nuevo el gran dominador del circuito. ¿Qué lección podemos sacar de todo esto? Que conviene ser algo moderado en los juicios cuando hablamos de enormes campeones.

2. ¿Cómo ha conseguido Djokovic volver a lo más alto? De entrada, igual que les pasó antes a Nadal y a Federer, sería absurdo no mencionar la escasísima competencia que ha encontrado. El circuito sigue igual o peor que cuando abandonó el número uno en 2016. Por entonces, Nadal y Federer tenían dos años menos y ahí estaban Wawrinka y Murray para dar guerra puntualmente. Ahora, Wawrinka y Murray están en su propio proceso de rehabilitación, Nadal sigue con sus problemas de rodilla y Federer tiene treinta y siete años, una cifra que lo dice todo. Ahora bien, el verdadero mérito del serbio ha sido reconocer sus errores: alejarse del misticismo, volver a la disciplina de Marian Vajda y luchar como luchaba antes sin buscar excusas. De tercera ronda en adelante, no cedió ni un solo set y de hecho solo le forzaron un tie-break, en la final ante Del Potro.

3. Lo que nos lleva al más que digno finalista. La historia de Juan Martín del Potro es la de un hombre cuyo afán de superación rara vez se ha visto en una pista de tenis. Hablamos de alguien que con veinte años ya era campeón del US Open y que poseía un talento descomunal, ejemplificado en la mejor derecha que yo haya visto en mi vida. A partir de ahí, todo se torció. Y se torció muchas veces. La cadera, la muñeca, el hombro… Del Potro ha intentado volver a estar entre los mejores muchas veces a lo largo de estos casi diez años y cada vez que lo ha intentado lo ha conseguido… para volver a lesionarse inmediatamente y tener que empezar de cero. En cuanto ha conseguido sumar un año más o menos tranquilo, ha recuperado su mejor golpe y ha reinventado su revés, no solo se ha vuelto competitivo sino que por fin es capaz de disputar de nuevo finales de Grand Slam. Un ejemplo para todos.

4. Ahora bien, la verdad es que la final tuvo poca historia. Contra Djokovic suele pasar. No tienes la sensación de haber jugado demasiado mal pero sencillamente es imposible jugar demasiado bien. Del Potro tuvo sus oportunidades en el segundo set, con tres puntos de break para ponerse 5-3 y saque, pero los desperdició. O el serbio hizo que las desperdiciara, que viene a ser lo mismo. En cualquier caso, fue inferior durante todo el partido y su derrota fue merecida, como merecido fue su triunfo ante Nadal en semifinales a pesar de la lesión del español. Incluso con la rodilla de Rafa al cien por cien, el torneo de Del Potro solo podía acabar el domingo decisivo.

5. Con Nadal nunca sabemos qué decir. Lleva jugando con las rodillas destrozadas desde 2005 y por el camino ha ganado diecisiete grandes y treinta y tres Masters 1000. Es algo increíble. Rafa debió haber perdido contra Khachanov en tercera ronda y ante Thiem en cuartos de final… pero les ganó a los dos. Medio cojo, frente a dos rivales en estado de gracia, acabó imponiéndose obligándoles a cometer los errores que él no comete nunca cuando el sol aprieta. Si esta nueva tendinitis le aparta solo un mes de las pistas puede tener alguna opción de mantener el número uno hasta diciembre. En cualquier caso, el año ha sido sensacional: cuatro semifinales en los cuatro grandes, incluyendo la victoria en Roland Garros, y otros tres Masters 1000, a la espera de lo que pase en Shanghai y París.

6. De hecho, hay cierto consenso en que el partido del torneo fue el que enfrentó a Thiem y a Nadal en cuartos de final. Un partido de cinco horas resuelto en el tie-break final después de que Rafa salvara una bola imposible y el austriaco fallara un remate relativamente sencillo. El partido tuvo de todo y fue bueno ver a Thiem tomando la responsabilidad en pista dura, donde hasta ahora no había destacado tanto. Desde la final de Roland Garros, Dominic estaba completamente desaparecido, como casi toda su generación, por otro lado. Con veinticinco años, ya debería de haber dejado de ser una promesa, pero en un mundo de treintañeros se le sigue viendo como tal.

7. ¿Qué fue del resto de la «Next Gen»? Alexander Zverev decepcionó, como sucede siempre en los grandes torneos. Ni siquiera la hierática presencia de Ivan Lendl como entrenador en las gradas hizo que el alemán fuera capaz de superar la tercera ronda. El problema no es perder, sino perder contra Philip Kohlschreiber. Si su talento también acaba en nada, yo ya no sé con qué quedarme. Stefanos Tsitsipas, que tan buen verano ha tenido, nos duró dos partidos, aunque al menos cayó ante otro «joven», Daniil Medvedev, de veintidós años, y que a su vez fue eliminado por Borna Coric, el croata al que también se espera con ansia y que llegó por primera vez en su carrera a los octavos de final de un grande. Allí se encontró Juan Martín del Potro y solo le pudo ganar ocho juegos en todo el partido. La diferencia entre niños y hombres a día de hoy.

8. En el plano positivo, hay que destacar al citado Khachanov, que tuvo contra las cuerdas a Rafa Nadal hasta que se puso a coleccionar dobles faltas, y a Álex de Miñaur, el vasco-australiano, que a sus diecinueve años llegó a tercera ronda y dispuso de dos sets de ventaja sobre Marin Cilic antes de caer derrotado en cinco. Tampoco me disgustó Dennis Shapovalov, de la misma quinta: supo luchar para vencer a Andreas Seppi en segunda ronda y cayó en tercera ante el finalista de la anterior edición, Kevin Anderson, en cinco disputados sets. Es de suponer que los dos van en serio, pero lo mismo decíamos hace dos años de Zverev y hace tres o cuatro de Kyrgios

9. Vayamos ya a uno de los momentos de la competición: set y break abajo ante Pierre-Hughes Herbert, Nick Kyrgios empieza a enfilar su habitual camino de autodestrucción. Saca por sacar, no hace esfuerzo alguno por restar, se burla del público cuando el público le silba… Todo hace indicar que volverá a caer en segunda ronda cuando de repente aparece un salvador que le explica que esa conducta no es apropiada, que no puede hacer eso, que él es demasiado buen jugador para actuar así y, de repente, Kyrgios devuelve el break, gana el set y se pasea en los dos siguientes, imperial.

10. El problema de toda esta historia es que el salvador en cuestión no fue otro que el árbitro del partido, el sueco Mohamed Lahyani. Lahyani es un buen árbitro, con un excelente sentido del humor y cierta tendencia al protagonismo. Ahora bien, lo que hizo fue inaceptable. ¿Bajar de tu silla para intentar cambiar el curso del partido en favor de uno de los competidores? Inaudito. Nunca había visto nada parecido. Herbert no quiso hacer mucha sangre del asunto y tampoco la USTA ni la ATP, que concedieron que aquello era raro pero no fueron mucho más allá. Quizá influyó el hecho de que Kyrgios, ya sin Lahyani de consejero, perdiera el siguiente partido en tres sets.

11. ¿Y contra quién perdió? Contra Roger Federer. Aquí nos paramos, por supuesto. Algo pasa con Federer y es algo que va más allá de sus treinta y siete años y los problemas físicos que eso supone. Desde que consiguiera llegar al número uno de la ATP en Rotterdam, allá por febrero de este año, parece que se haya quedado sin objetivos que cumplir: ya tiene sus veinte Grand Slams, ya tiene sus ocho Wimbledons, ya ha demostrado que puede volver a lo más alto incluso con cuatro hijos y a una edad imposible… ¿qué le queda por demostrar? Desde entonces, su juego ha sido errático. Juega tenso, inseguro, con una cantidad enorme de errores no forzados y con serios problemas con su saque. No parece cansado, pero el caso es que sus golpes se van a menudo demasiado lejos del objetivo, incluso con la derecha. No queda ahí la cosa: sigue sin saber jugar bien con el marcador a favor. En su derrota ante Millman, ganó el primer set, tuvo break de ventaja en el segundo, set point en el tercero y de nuevo break en el cuarto. No sirvió de nada.

12. Lo más grave, en cualquier caso, llegó en rueda de prensa. Que alguien de treinta y siete años pierda en octavos de final de un gran torneo es lo más normal del mundo. Nos alarma porque le queremos mucho, pero en el fondo, insisto, es normal. Lo preocupante es que luego declare que la derrota ha sido «un alivio» porque hacía tanto calor que deseaba acabar cuanto antes. Desde luego, en Nueva York ha hecho mucho calor estos días y todos los tenistas se han quejado de las condiciones de extrema humedad y dificultad para respirar. Todos. Y ninguno ha salido a decir que, bueno, sí, ha perdido, pero casi mejor porque vaya calor… Son declaraciones impropias de un gran campeón y probablemente indiquen que Roger está cada vez más lejos de este deporte y sus exigencias. Nadie le culpa porque nos lo ha dado todo durante veinte años de carrera. De hecho, no convendría descartarle para futuros eventos: si el problema es mental, como parece, lo puede resolver en cualquier momento y volver a tener dos semanas mágicas en Australia, Londres… o Tokio.

13. Del excelente torneo del tenis japonés hablaremos más adelante, cuando nos refiramos a la campeona del cuadro femenino. Paremos antes brevemente en otro luchador, Kei Nishikori. La historia de Nishikori es, hasta cierto punto, parecida a la de Del Potro. Nunca ha tenido su talento y, afortunadamente, sus lesiones tampoco han tenido su gravedad, pero es encomiable ver cómo resiste y resiste. En su torneo favorito, aquel en el que llegó a la final en 2014, Nishikori alcanzó las semifinales después de batallar durante más de cuatro horas con Cilic. Es cierto que no tuvo rivales de gran entidad, pero eso no es culpa suya. Esta semana se queda a dos pasos del «top ten», pronto volverá a donde pertenece.

14. ¿Hace falta hablar de Grigor Dimitrov o mejor lo dejamos? El búlgaro va camino de los veintinueve y en cuanto le quiten los puntos de las World Tour Finals y alguno de los torneos indoor donde brilló el año pasado, probablemente no esté ni entre los veinte primeros del mundo. Otra bonita historia de autodestrucción. Algo parecido sucederá con Jack Sock, incapaz de ganar dos partidos seguidos en todo el año. Y con Lucas Pouille, otro prometedor tenista caído en desgracia.

15. David Ferrer dijo adiós a Nueva York de la peor manera posible: con una retirada. Al menos se dio el gusto de irse de la pista central con un juego de ventaja sobre Rafa Nadal en el segundo set, pero su futuro parece que está lejos ya del tenis. A los treinta y seis años, y según declaró a Rafael Plaza en El Español, la idea es jugar torneos muy selectos en 2019 —con su ranking actual no puede aspirar a Grand Slams ni a Masters 1000— y poner fin a casi veinte años de carrera. También puede que todo esto se acelere y la retirada llegue aún antes o que consiga un par de buenos resultados en Auckland y Buenos Aires, por ejemplo, y se anime a seguir hasta el Godó. Se va uno de los grandes de la historia del tenis español y deja a Nadal muy solo en el circuito: Carreño también tuvo que retirarse en su partido de segunda ronda y Roberto Bautista cayó a las primeras de cambio. Fernando Verdasco, a punto de cumplir treinta y cinco años, fue el único que cumplió, derrotando a Andy Murray en un partido no exento de polémica, pues el escocés le acusó de aprovechar una de las pausas para reunirse con su equipo técnico y hablar del partido en curso. El siguiente español en el ránking, Alberto Ramos, queda ya fuera de los cincuenta primeros.

16. Nos quedamos con Andy Murray para terminar con el análisis del cuadro masculino. Todavía está demasiado lejos de su nivel de 2016 pero empieza a dar señales de vida. La lesión de cadera ha sido devastadora y la cosa va ya para año y medio sin buenos resultados. Tal vez podamos esperar algo de él en 2019 si el invierno se le da bien. No habrá que esperar tanto para ver ganar a Stan Wawrinka. El suizo, cuya recuperación se nos antojaba imposible hace bien poco, llegó a octavos en Canadá y a cuartos en Cincinnati (derrotas ajustadas frente a Nadal y Federer, respectivamente) y se impuso a Dimitrov en Nueva York antes de caer en tercera ronda contra Milos Raonic. La mejoría ha sido impresionante en solo un mes, veamos cómo acaba la temporada.

17. Y vamos ya al cuadro femenino. Vamos, sobre todo, con el décimo juego del segundo set de la final. Naomi Osaka gana 5-4 y tiene el saque. A los veinte años, está a punto de ganar su primer grande —ya ganó Indian Wells en marzo, pero esto sigue siendo otra historia— ante la mejor jugadora de los últimos treinta años y quizá de la historia. Está jugando frente a quince mil espectadores y los quince mil quieren que pierda, jalean a su rival, celebran cada error suyo… El ambiente es irrespirable tras la trifulca de Serena Williams con el árbitro y Osaka quiere echarse a llorar, como hará inmediatamente después en la entrega de premios. Sin embargo, tira de orgullo, se coloca 40-15, pierde su primer match point y conquista el trofeo en el segundo. De Osaka llevamos tiempo diciendo que era una campeona potencial de lo que se le pusiera por delante pero nadie pensaba que el triunfo llegaría tan pronto. Conseguirlo de esta manera la hará, aún si cabe, más peligrosa cara al futuro.

18. «La trifulca de Serena Williams», acabo de escribir. No sé bien cómo definir lo que pasó durante esos locos cinco minutos en la pista central de Flushing Meadows. De hecho, no sé si merece la pena centrarse demasiado en eso porque para entonces Serena ya perdía 6-2, 4-3 y, de hecho, si no fuera perdiendo 6-2, 4-3 no habría perdido los nervios de esa manera. Williams acaba de pasar un año entero fuera de las pistas por su embarazo, posterior parto —un parto complicado, con unos coágulos que pusieron en riesgo su salud— y crianza de su hija. Está a punto de cumplir treinta y siete años, ha ganado veintitrés torneos de Grand Slam —más que Steffi Graf, solo uno menos que Margaret Court— y aun así lucha y lucha para llegar a la final de Wimbledon y ahora la del US Open. Solo que de repente ve que se le van a escapar los dos títulos y no soporta la idea y la mente se le nubla. Si hemos de quedarnos con lo positivo, es increíble que a esa edad y con ese palmarés se puedan tener tantas ganas de ganar. Compárenlo con el «alivio» que sintió Federer cuando perdió ante John Millman en octavos de final…



19. Ahora bien, si somos objetivos, lo que hizo Serena fue muy injusto y muy grosero. Injusto con el juez de silla, al que acusó de imparcial y de machista, e injusto con la rival que le estaba pasando por encima en ese momento. Una rival que no tenía ni dos años cuando ella ganó su primer US Open, en 1999. Los tres warnings que recibió la estadounidense fueron merecidos. Puede que el primero resultara algo estricto, pero su entrenador reconoció que le había dado instrucciones desde la grada y eso está prohibido. Punto. Pudo dejarlo ahí, pero prefirió destrozar su raqueta delante de todo el mundo y eso, en cualquier partido, es otro warning. Por último, consciente de su situación, decidió enzarzarse en una agria batalla verbal con el árbitro en la que el árbitro apenas si participó, más bien se limitó a aguantar, aguantar y aguantar. Serena Williams se pasó tres minutos seguidos gritándole, llamándole de todo, tratándole como basura y exigiéndole, básicamente, que no hiciera su trabajo si eso iba a perjudicarla. Solo cuando pronunció la palabra «ladrón», Carlos Ramos no aguantó más y la aplicó el tercer warning, lo que provocó la pérdida de un juego en un momento clave.

20. El asunto es que Serena lo llevó todo aún más lejos. Acusó a Ramos de machismo —«si fuera un hombre no me habría sancionado por llamarle ladrón»— y acusó al torneo de tener algo en su contra —«siempre que estoy aquí, pasa algo de ese tipo»—. Quizá se refiriera a cuando en 2009 le dijo a una juez de línea que iba a ahogarla con la pelota —descalificación inmediata— o a 2011, cuando insultó a una juez de silla durante minutos sin recibir sanción alguna. En ambos casos, mujeres, como ella. Utilizar el sexismo para defender un comportamiento así es deplorable. Ciertamente, los tenistas tienen mucho que aprender en lo que respecta a la educación y el respeto a los árbitros. Eso no quita para que la barra libre de insultos y desprecios sea el camino correcto. Serena Williams es capaz de insultar a un hombre como es capaz de insultar a una mujer o incluso amenazarla de muerte. Del mismo modo, es normal que un hombre o una mujer, sea quien sea, haga su trabajo y la sancione por ello.

21. Ahora bien, aún hay muchos asuntos que tratar en la igualdad entre hombres y mujeres en el deporte y más concretamente en el tenis. Alize Cornet recibió una sanción por quitarse la camiseta en medio de un partido, algo que los hombres hacen constantemente. Tal fue la protesta que la organización tuvo que retirar la multa. Del mismo modo, la propia Serena había vivido la semana anterior un desagradable incidente cuando desde Roland Garros se le informó de que no podía llevar el conjunto negro con el que protesta por la desigualdad racial y de género. Es difícil imaginar a alguien dicíendole a Novak Djokovic qué debe ponerse y qué no. Cambiemos eso cuanto antes y que el resto vuelva a ser tenis y no circo.

22. Tenis: Simona Halep ganó en Cincinnati, donde pareció intocable, y no duró más de un partido en Nueva York. Eso resume el estado de la WTA ahora mismo y, con todo, me gusta más que la monotonía absurda de la ATP donde nunca sale nadie nuevo y siempre ganan los mismos. El juego a veces es más brillante y a veces lo es menos, pero cada partido puede deparar una sorpresa y eso se agradece. De hecho, y al igual que sucedió en Wimbledon, a la segunda semana la parte baja del cuadro estaba libre de «top tens», ni una había llegado siquiera a octavos de final.

23. La campeona vigente, Sloane Stephens, quedó a un paso de enfrentarse a Serena en semifinales y revivir el famoso enfrentamiento de 2013 en el Australian Open, cuando con diecinueve años Stephens no solo derrotó a la menor de las Williams sino que desencadenó la furia de la campeona, que dejó de hablarle durante años. En su camino, sin embargo, se interpuso la letona Anastasia Sevastova, una jugadora que siempre ha tenido más talento del que su cuerpo le ha dejado demostrar. En cuanto a la finalista de 2017, Madison Keys, al menos llegó a semifinales, aunque cayó ante el ciclón Osaka.

24. De las demás favoritas, poco se puede decir: la campeona de Wimbledon, Angelique Kerber, cedió en tercera ronda ante Cibulkova, y la campeona de Australia, Caroline Wozniacki, perdió en segunda ronda ante Leia Tsurenko, una de las grandes sorpresas del torneo. Elina Svitolina, que parece haber mejorado su juego en las últimas semanas, llegó al menos a octavos esta vez, mientras Caroline García fue eliminada por Carla Súarez-Navarro en tercera ronda. Garbiñe Muguruza solo ganó un partido, siguiendo la línea a la baja de todo el año y de la que saldrá cuando menos lo esperemos.

25. La travesía de Carla por el cuadro duró apenas dos rondas más, hasta los cuartos de final. Es un resultado excelente teniendo en cuenta las dificultades por las que ha atravesado durante todo el año. La derrota ante Madison Keys le dejó un sabor muy amargo en la boca, pero con el tiempo aprenderá a valorar lo conseguido en Nueva York. No creo que sea justo pedirle más a quien se deja la vida en cada partido aunque a veces no le llegue para llevarse la victoria. En cuanto al resto de españolas, solo podemos encontrar a dos entre las cien primeras del ranking: Lara Arruabarrena (72), que cayó 6-0, 6-1 en segunda ronda ante Bárbara Strýcová y Sara Sorribes Torno (86), que solo jugó un partido en Nueva York: 0-6, 0-6 ante Daría Gavrilova.

26. En cuanto al resto de cuadros, hagamos un breve resumen: Mike Bryan y Jack Sock volvieron a ganar el torneo, como ya hicieran en Wimbledon. La lesión de Bob ha dado pie a una nueva pareja de éxito. En el caso de Mike no es ninguna sorpresa porque a sus cuarenta años acumula ya dieciocho grandes, pero lo de Sock sí que llama la atención precisamente porque su despegue en los dobles a una edad temprana (veinticinco años) ha coincidido con la caída en picado de su rendimiento en individuales. Los dobles femeninos fueron para Ashleigh Barty y Coco Vandeweghe. Lo de la australiana es un caso curiosísimo porque, además de ser una interesantísima jugadora en individuales —llegó a octavos de final—, puede presumir de una precocidad inusual en el terreno de los dobles: en 2013, con tan solo diecisiete años, llegó a tres finales de Grand Slam junto a su compatriota Casey Dellacqua… pero perdió las tres, como también perdió la final de Roland Garros del año pasado. Junto a Vandeweghe —semifinalista el año pasado en individuales— ha formado una pareja con excelente química, capaz de levantar dos bolas de partido en la final a uno de los mejores dúos del circuito, el formado por Timea Babos y Kristina Mladenovic.

27. Acabamos esta extensa recapitulación con los más jóvenes: el brasileño Thiago Seyboth Wild dio la sorpresa eliminando en semifinales al poderoso Chun Hsin Tseng, ganador de Roland Garros y Wimbledon y finalista en Australia. En la final tuvo menos problemas ante el italiano Lorenzo Musetti, de dieciséis años y con un precioso revés a una mano. Lo curioso de Seyboth Wild es que es cinco meses mayor que Felix Auger-Aliassime, que participó en el cuadro principal e incluso le arrebató un set a Shapovalov antes de tener que retirarse, algo preocupantemente habitual en el canadiense. En cuanto a las chicas, la ganadora fue la china Wang Xiyu, que, curiosamente venía de ganar los dobles en Wimbledon junto a su compatriota Wang Xinyu —no, no es un juego de palabras—. Su rival en la final fue la francesa Clara Burel, finalista en Australia este mismo año.



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