¿Qué sucede cuando las cosas que tenemos que hacer en un día y el tiempo que nos llevaría realizarlas suman mucho más de 24 horas?

Nuestra mente multiplica exponencialmente su actividad, manda a 1.000 por hora tareas para hacer, nos tiene ocupada la cabeza en temas y temas pendientes de resolver, nos enreda y no sabemos por dónde empezar. No encontramos un momento al día para priorizar las actividades y definir cuáles son imprescindibles y cuáles pueden esperar un día, una semana o un mes -distinguir lo importante de lo superfluo-. Tareas como llevar a los/as peques a extraescolares, ir al gimnasio, hacer la compra, limpiar el baño, ir a la peluquería, comprar los zapatos, quedar con alguien, darnos un masaje… ¿cómo se cuadran tantas actividades cada día? Y, por si fuera poco, comienza a doler la cabeza, falta el aire y no podemos respirar bien, estamos como acelerados/as … las piernas pesan y falta la energía.

Todas estas actividades se vuelven una carga, nunca hay hueco para nada, tenemos la sensación de no llegar a cumplir nuestras expectativas, nos sentimos bloqueados/as ante una demanda tan grande, esto nos lleva a mantener cierto estado de ansiedad continua a lo largo del tiempo. Después el cuerpo está extenuado, no encuentra fuerzas para continuar, está con una sensación de bajón constante.

¿Qué es lo que nos sucede?

Hablamos de estrés, que es la respuesta adaptativa del organismo ante los distintos estímulos estresores. El organismo se encuentra en una situación de activación normal y, en un momento concreto, recibe un estímulo del exterior que provoca una reacción de defensa con el fin de protegernos. Nuestro cuerpo y mente reaccionan para adaptarse a ese peligro exterior y entramos en una primera fase dónde se produce una respuesta rápida en el cerebro a través de la amígdala, segregando hormonas de adrenalina y cortisol. De esta manera, el cuerpo y la mente se modifican preparándose para una acción de huida del estímulo (tensión muscular, incremento de la respiración, la tensión arterial, el ritmo cardiovascular, etc.), nos encontramos en la fase de alarma que nos permite evitar y/o salir de esa situación dañina para nuestro organismo. Esta respuesta natural y adecuada se puede mantener poco tiempo, por eso, es importante que desaparezca el estímulo estresor y volvamos a un estado de activación medio.

Ahora bien, cuando ese estímulo no es puntual, sino que se da de forma continuada o cuando no es uno solo sino que se convierten en varios y nos dejamos llevar por el ritmo acelerado de la sociedad actual, la mente nos embauca empeñándose en que tenemos que estar activos y alerta frente a todas esas situaciones y estímulos estresores y nos entretiene con preocupaciones. En esta situación, pasamos a una segunda fase, llamada de adaptación, donde el organismo no tiene energía suficiente para mantener una activación tan elevada y mantenida en el tiempo, es como si nuestro cuerpo estuviera en todo momento alerta por algo que podría suceder y podría poner en peligro nuestra vida. Así, nuestro cuerpo está trabajando de forma extra cuando no existe tal necesidad, cuando no hay un riesgo real, ni hay un estímulo externo que lo justifique.

La mente nos tiene entretenidos/as con miedos del pasado y/o preocupaciones por el futuro, nos obliga a mantener esa carga tensional y realimenta esa sensación de no poder con todo. En esta segunda fase obligamos al cerebro a funcionar con respuestas rápidas, automatizadas, poniendo en funcionamiento la amígdala y sin procesar la información de lo que está pasando, sin encontrar formas alternativas para resolver las situaciones y volver a un estado de activación medio. En este estado cualquier competencia o habilidad se ve disminuida, baja el rendimiento psicomotor y también se ve afectada la capacidad de memoria.

Entonces, entramos en la tercera fase, llamada fase de agotamiento, en la que el organismo finalmente reduce toda actividad, es vencido por el estrés continuado en el tiempo, el sistema inmunológico se resiente, tenemos la percepción de no poder con lo que la vida nos depara, de no ser capaces de gestionar las emociones, los pensamientos y de no poder actuar adecuadamente frente a diversas situaciones, cotidianas o no. Podemos llegar a tener síntomas a nivel físico, mental y emocional asociados a ciertos estados de depresión.

¿Cómo salir de este círculo vicioso?

Cuando las causas del estrés son internas, como por ejemplo expectativas demasiado exigentes, pensamiento rígido al cambio, excesivo perfeccionismo, miedos o fobias, inadecuada gestión de las emociones, etc…, es importante poner los medios para aprender a cambiar esta estructura limitante de la personalidad y poder avanzar en un beneficio personal y de mejora de la salud; además, necesitamos recuperar el contacto con nuestras sensaciones corporales y emociones reales.

Podemos salir de este bucle, de este estado de ansiedad continuado: en nuestro cerebro existe un mecanismo que permite que la información que proviene de estos estímulos estresores se procese en la corteza prefrontal, una vía lenta de reacción de nuestro organismo, que nos permite explicar lo que sucede en nuestro cuerpo, parar y tomar conciencia de que la amenaza no es real, el estímulo no es peligroso y debemos tranquilizarnos. De esta manera, disminuye nuestra activación, comprendemos que no es adaptativo seguir con ese nivel de estrés, aprendemos a contactar con las sensaciones corporales, a respirar adecuadamente, cambiamos los mensajes que nos transmitimos y pasamos a vivir el momento presente con intensidad.

En otras palabras, somos capaces de dar voz a las emociones en el momento en que las sentimos. Llegamos a aprender estrategias para afrontar las actividades de la vida diaria con una actitud positiva al tomarnos nuestro tiempo para priorizarlas, poner atención plena al realizar aquellas que hemos determinado y no nos sentimos culpables por dejar de hacer otras que, conscientemente, hemos decidido dejar para otro momento.

Ponernos en manos de un/a buen profesional que nos apoye en este proceso de toma de conciencia es el primer paso para responsabilizarnos de nosotros/as mismos/as y cambiar la actitud ante las situaciones que se nos presentan en la vida diaria para, poco a poco, encontrar el autoapoyo e incrementar nuestra autoestima según vamos sintiendo que nos adaptamos de forma más adecuada a las circunstancias que se nos presentan en el día a día.

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Esperanza Donaire Donaire

Esperanza Donaire Donaire

Trabaja en Sinergia Psicología. Psicóloga General Sanitaria, terapeuta Gestalt y docente. Psicoterapia en intervención individual con adultos y adolescentes, trabajo con familias y/o grupos encaminado al abordaje de las dificultades de comunicación y relación interpersonal, conflictos interpersonales y mediación.
Esperanza Donaire Donaire

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