No hay un sólo día en que no asistamos a una nueva barbarie en Gaza. Desde hace unos meses vivimos entre indignados, incrédulos e impotentes a la matanza colectiva, al exterminio, al que el Estado de Israel está sometiendo a los ciudadanos de Palestina. Cada día son muchas las ganas de escribir sobre este asunto, aunque siempre con la sensación de que ya está todo dicho. Pero no, siempre hay una nueva visión, una nueva información, una nueva columna de alguien que, desde medios “no oficiales”, nos trae la dura realidad del pueblo palestino a casa.

Todos asistimos “desde la distancia” a esta masacre que no tiene visos de terminar. Parece que Israel tiene claro que mientras quede un solo palestino en “sus fueros” -qué ironía- seguirá legitimizado para hacer una guerra desigual e injusta, aunque ellos lo llamen defensa. Hoy mismo Netanyahu tenía el cuajo de decir que “no hay guerra más justificada que esta”. Sólo leer el titular le deja a una mal cuerpo.

¿Defensa de quién? Gracias a esos medios “no oficiales” podemos constatar las fuerzas de cada bando; la realidad de cada bando. Todos hemos visto ya por las redes sociales el mapa de la expansión sin límite de los “asentamientos de Israel”. Todos hemos visto el hacinamiento al que queda sometido el pueblo palestino “en tiempos de paz”, los controles que deben pasar para moverse por cada parte de su ciudad, el cerramiento arbitrario de las puertas de esos controles, las familias que han quedado separadas por los muros… Piedras contra armas de última generación. Supremacía divina contra desesperación.

Cada vez que vemos una imagen de la masacre nos preguntamos ¿qué podemos hacer? La sensación de impotencia es máxima y llegados a este punto parece que sólo queda encogerse de hombros y constatar aquello de “no tiene solución”, “es una pena, pero…”. Es cierto, nuestra posición es casi inefectiva, pero no podemos dar la espalda a tanto sufrimiento, ni mirar para otro lado, ni hacer como que no va con nosotros. Los gobiernos de occidente, desde el de Estados Unidos -liderado por un Premio Nobel de la Paz que todavía no se ha mojado al respecto, si no fuese porque sabemos el peso que tiene el capital judío en la economía yanki, hablaríamos de otra ironía- hasta el de la Unión Europea, pasando por la Organización de Naciones Unidas, son todos cómplices de la barbarie.

Ya han sido mucha voces las que se han alzado contra lo que está ocurriendo en Gaza, ahora y casi desde el año 48. Voces legítimas, voces de ambos bandos que saben de lo que están hablando. Quizá las más esclarecedoras sean las de israelíes, que no se sienten representados por un Gobierno del odio y se han cansado de que la propaganda sionista les tenga anestesiados como pueblo, como nación. También los que han conocido, antes o ahora, el escenario en carnes propias y han vivido la opresión que se siente en casi cada rincón de Palestina, aunque mucho más en la franja de Gaza.

¿Qué podemos hacer? Todos habremos firmado una cuantas peticiones en las que exigimos a algunas corporaciones y bancos internacionales que dejen de financiar esta guerra desigual insuflando capital a Israel; todos dejaremos de comprar productos cuyo código de barras empiece por 729, como boicot económico a Israel. Si la razón no puede vencer, que lo haga la economía. Todos seguiremos compartiendo esas historias desde esos medios “alternativos” que nos cuentan cosas verídicas, desde la experiencia; si los medios “tradicionales” sólo sirven para nublar nuestra vista, nos informaremos en otros lados y lo haremos viral, para que nadie diga después que no sabía nada. Todos podemos salir a la calle y exigir la paz, en el lugar que sea, porque todos somos ciudadanos del mundo.

El sábado, aquí en Londres, hubo una concentración en apoyo al pueblo Palestino y con la exigencia de que su genocidio -otra vez la ironía, las víctimas convertidas en verdugos- pare de una vez. Una vez disueltos se podía ver a grupos y personas dispersos portando sus banderas palestinas y sus pancartas pidiendo paz por todo Hyde Park. En todas las partes del mundo se suceden acciones como esta, y en algunas, podemos ver a hombres como Ernest Rosenthal, 94 años y superviviente del Holocausto. Él, mejor que nadie, puede decir “no en mi nombre”.

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María E. Vicente

Casi un año viviendo en Londres que ha dado para mucho... sobre todo para darme cuenta de lo diferentes que son algunas cosas fuera de España. "Desde la distancia" se aprecian otros matices y esos son los que pretendo contar desde este espacio.

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