Que en la tercera semana del año 2021 todavía existan personas que nieguen la existencia del coronavirus es algo que no deja de sorprenderme. Hasta qué punto la ciencia no ha llegado a demostrar, que no convencer, a ciertos personajes. Cada cual es libre de opinar; faltaría más, ahora bien, negar la realidad no creo que sea el camino apropiado.

Desde que la Ilustración empezó a dejar de lado las formas de pensar en base a creencias o supersticiones y comenzó a dotar de sentido a la opinión pública mediante el uso de la razón, la humanidad ha sufrido grandes avances. El debate en torno a una opinión es totalmente lícito, pero cuando entra en juego la conspiración sin acreditar pruebas científicamente demostrables, deja de haber lugar a ese foro.

Me llama la atención que ciertos rostros acreditadamente públicos sigan mandando mensajes contrarios a lo que el mundo científico está cansando de explicar. Solamente hace falta pasarse por un hospital, ahora que tristemente vuelven a estar a rebosar, o haber perdido a algún familiar en este tiempo para que la teoría del absurdo pierda peso.

Ante la duda, la solución está en acudir a fuentes fiables y veraces, y no dejarnos engalanar por lo que nos apetece oír

Los seres humanos funcionamos como meros vendedores de relatos. Somos capaces de moldear nuestra forma de contar un hecho con tal de conseguir que el receptor nos lo compre. Es algo tan antiguo como la humanidad. Tratamos de colocar un producto de la mejor manera que nuestro cerebro puede. Es normal buscar influir o persuadir. Ahora bien, cuando ese discurso puede llegar a provocar el mal ajeno, deja de ser algo lícito y se convierte en peligroso.

Se saltan las reglas del juego por así decirlo. Aún recuerdo hace unos meses cuando cierto presidente saliente de una potencia mundial alertó de que las inyecciones de lejía ayudaban a luchar contra la Covid-19 y hubo gente que incluso se pinchó este desinfectante. La desesperación hace mella y el miedo es demasiado libre.

Ante la duda sobre un hecho, la solución está en acudir a fuentes fiables y veraces, y no dejarnos engalanar por lo que nos apetece oír. La ciencia o la historia son dos de las materias que suelen tener una explicación para casi todo lo que sucede en este mundo. Por lo menos se arriman a lo más cercano a la realidad. Aparcad a los trileros del lenguaje.



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