Hay días en que la náusea se instala dentro de una y es imposible sacársela. Esa náusea que describía Sartre en su novela homónima… ese sentimiento del ser humano al constatar que su vida está vacía, que el progreso y el bienestar son sólo una mera ilusión ante el vacío existencialista. Mi náusea constata un vacío social infinito, porque hay momentos en que no puedo explicarme tanta sinrazón llevada a cabo entre aquellos que deberían ser ejemplo. Pero, sobre todo, porque no encuentro respuestas ni soluciones que no pasen por una acción salvaje y violenta.

El asesinato el lunes de Isabel Carrasco ha abierto una brecha todavía más honda entre los ciudadanos y la clase política. Los últimos no se explican cómo puede haber ocurrido y se empeñan, sobre todo los instalados en la caverna y sus medios afines, en echar la culpa a los primeros; por hacer público su hartazgo, por no haber condenado desde el principio un crimen repugnante en todas sus partes -la de la víctima, las culpables y el móvil-, por no sentir pena ni empatía por la muerta y por expresarlo, tal cual, a través de las redes sociales. La casta política sigue instalada en su mundo de fantasía creado a base del sudor de nuestra frente y casi de nuestra sangre. Como los zares rusos que todavía se extrañaban de que el pueblo se quejase… si tenían inmundicias para comer. (Apunte: vean cómo acabaron los zares…).

Sólo un ejemplo más de esa brecha enorme se ha vivido ayer en Toledo, cuando los representantes del PP en el Ayuntamiento salían en masa del pleno municipal para no escuchar de boca de una madre con una hija enferma de cáncer cómo en el hospital de la ciudad cada día se sufren más los recortes, cada día hay menos medios y cada día los pequeños enfermos padecen un poco más por la avaricia de sus gobernantes. Fue tanto el desdén de los políticos que todavía se “defendieron” alegando que esos padres y familiares habían ido allí a “insultar”. Sobran los calificativos. Más mundo de color, fantasía, dinero, sobresueldos, casas lujosas, comidas pagadas a golpe de presupuestos para unos y más dolor, negrura, desesperanza y odio instalado en el corazón, para otros.

Toda esta náusea, esta inmundicia, este rencor que ya están plenamente instalados en nuestra sociedad y que son claramente perceptibles “desde la distancia” tiene una explicación racional si analizamos parámetros como la percepción de la corrupción. La organización Transparency International, que vela para concienciar y poner en evidencia las consecuencias que la falta de democracia tienen sobre los ciudadanos y lucha contra la corrupción, publica cada año un “Mapa de la corrupción”. Este mapa se realiza teniendo en cuenta la percepción de la corrupción que se tiene sobre un territorio y cómo funcionan sus servicios públicos, en el sentido de cómo se administra el dinero del contribuyente. España ocupa el lugar 40 de 177 países analizados. Si Rajoy leyese estas líneas diría “muy bien, estamos trabajando en el buen camino” amparado por los resultados de los números absolutos.

Viendo la tabla y gráficos completos dan ganas de echarse a llorar. En la imagen puede apreciarse cómo España aparece de un color naranja tirando a rojo… y digamos que el rojo detona resultados muy malos. En los 20 primeros puestos Dinamarca, Suecia, Noruega, Suiza, Luxemburgo, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Irlanda y Francia. Un poco más abajo, pero por encima de nosotros Austria, Estonia, Chipre, Portugal, Polonia… ¿Adivinan? Volvemos a ser los últimos de la clase entre los países de nuestro entorno. Sólo ganamos a Lituania, Hungría, Turquía, Grecia, República Checa e Italia.

Es raro que noticias como la del asesinato de Carrasco o la degradación del Hospital de Toledo salgan de nuestro entorno y se hagan “internacionales”. Pero informes como el de Transparency International, aunque no sea primera página, sí va calando en la percepción que se tiene de nosotros desde fuera. La mala prensa, esa que el Gobierno se empeña tanto en evitar, al final tiene que aflorar porque como decía alguien “la mierda siempre acaba flotando”, y perdonen por lo escatológico de la expresión. Mientras, sigo pensando cómo poner coto a tanta náusea, a tanta indigestión de poca vergüenza y “señoritismo” con la esperanza de que la arcada se instale en la boca de nuestros políticos librándonos a nosotros del mal trago.

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María E. Vicente

Casi un año viviendo en Londres que ha dado para mucho... sobre todo para darme cuenta de lo diferentes que son algunas cosas fuera de España. "Desde la distancia" se aprecian otros matices y esos son los que pretendo contar desde este espacio.

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