La decisión de la fadista invitada, Margarida Soeiro, a venir desde Lisboa a pesar de las perimetraciones y confinamientos portugueses y españoles, su anhelo y su pasión por actuar en Oviedo, me hacían recordar a Agustina de Aragón y no dudo en calificarla de heroína del fado, pues aquí acabó llegando y trayendo el fado. Un fado tradicional, con el estilo tan elegante y definido de la impronta de la gran Maria Teresa de Noronha, fadista muy destacada allá por los años cincuenta y sesenta de mil novecientos y que se considera una de las más importantes figuras en la historia del fado.

Vino Margarida con aquellas maneras que ahora son su jeito (estilo) y con un elenco de fados que fue desde los introspectivos llenos de saudades de arraigo existencial a los que cantan con alegría y desparpajo los temas populares y costumbristas de una siempre mágica Lisboa. Y allí estuvieron sus temas que comenzaron con el “Das horas”, “Da defesa”, “Lenitivo” y siguieron hasta los chispeante “Pechincha”, Lisboeta” “Alfazinha”…. Intentó hacernos entrar con ella a diversas estrofas del “Tudo isto é fado” y tras largos aplausos nos dejó sin cantar un par de “bises”, pero lo comprendimos. No había tiempo porque comenzaba a continuación, sin descanso –¡ah, la normativa sanitaria!– la segunda parte, o mejor el segundo concierto de la tarde-noche.

Me gusta la tonada y la oigo con agrado, pero no soy un conocedor de su sustancia y menos de sus intríngulis; pero en cualquier caso la música que cultiva Anabel Santiago y que nos ofreció el jueves, va más allá de la tonada no solo porque también cantó temas diferentes como la gallega “Adios ríos adios fontes””, con versos de Rosalía de Castro o la copla “Maria la Portuguesa”, para hacer un guiño al fondo hispano-luso del concierto y del ciclo cultural. Desde luego Anabel Santiago llenó el escenario –como llenaría cien escenarios que se le pusieran a la vez–, fue un ciclón con su extraordinaria voz, su simpatía arrolladora, su peculiar baile y la manera expresiva de su canto fuerte, potente, decisivo y a la vez cálido y emotivo. Hacia el final nos llenó de respingos con su “Santa Bárbara Bendita”.

Y cuando al terminar los artistas de los dos espectáculos se juntaron, para saludar y despedirnos, los aplausos no terminaban y la emoción se palpaba en el público. La palabra “maravilla” andaba por allí. Después ya en la calle, volviendo a casa para que no nos cogiera el toque de queda, quizá lo que podríamos sentir en mayor o menor medida en la intimidad de nuestra mascarilla es que la vida tiene vida y vale la pena vivirla, lucharla. Y la música nos ayudo mucho a conseguirlo.

A ver si pronto tememos más fado y más tonada.



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