La esclavitud sexual es todavía hoy una práctica muy extendida alrededor de todo el mundo. El proceso es simple: las mafias captan chicas jóvenes, normalmente menores con deudas, y les prometen una nueva vida en Europa. Pero la realidad es muy distinta: trafican con ellas, convirtiéndolas en mera mercancía con la que comercializan en la industria del sexo. Básicamente, las trasladan al continente con la intención de prostituirlas. Aquellos que están luchando por acabar con esta situación no solo se enfrentan al gigante de la mafia. También lo hacen contra algo intangible presente en las cabezas de las víctimas, lo que hace que aun sea más difícil de erradicar: la brujería.

El país más afectado por esta praxis es Nigeria, sobre todo la región de Benin. Esta zona tiene una fuerte presencia cristiana, pero no es la única creencia en el territorio. La brujería es otro de los pilares de sus tradiciones. Para los nigerianos, el tema no es una tontería. Los traficantes explotan sus creencias espirituales, juegan con ello para tenerlas más controladas.

La forma más habitual de dominio suele ser un ritual vudú a través del cual el mafioso y la víctima quedan unidos. Este rito consiste en cortarles las uñas, vello púbico e incluso piezas de ropa y pueden hasta combinarlas con sangre. De esta forma, mezclan todo dando lugar a una especie de pócima que les exigen beber. Es la manera más fácil de controlar a las jóvenes, haciéndoles creer que están bajo un conjuro que las perseguirá a ellas y a su familia a menos que salden su deuda con el traficante. Se meten en su cabeza y una vez el hechizo está conjurado, les obligan a realizar cualquier cosa que el brujo les ordene. No se atreven a romper este ritual. Piensan que pondrían en riesgo a su familia, aparte de a ellas mismas.

Para vivir una vida normal, las víctimas deben hacer frente a numerosos obstáculos. Por ejemplo, aunque logren volver a su hogar, son rechazadas por su propia familia y tratadas como parias, ya que consideran que sigue maldita, tal y como explica una investigación periodística de The Economist. Asimismo, apenas suelen tener oportunidad de aprender el idioma del país en el que se encuentran. No pueden relacionarse con nadie sin antes obtener el permiso del traficante, lo que les limita infinitamente a la hora de integrarse en el lugar en el que están.

La recuperación de las afectadas es muy delicada. Casi nunca acuden a ayuda profesional de forma directa, como psicólogos o psiquiatras, por el temor a interferir en el ritual vudú y no poder librarse de la maldición. Suelen hacerlo a través de alguna ONG o la policía. Y aun así es muy complicado que alcancen una estabilidad psicológica.

Contragolpe

El rey de la región de Benin, Ewuare II, llevó a cabo un contraataque contra la explotación sexual en marzo de 2018. Anunció que había lanzado una maldición a todos los relacionados con el tráfico de personas y había liberado del embrujo a las víctimas atrapadas bajo rituales vudú.

La mayoría de personas que pelean por acabar con la trata y la esclavitud sexual coincidieron en agradecer el gesto y calificarlo como un buen primer paso, pero mantienen que todavía queda una larga batalla.

“Lo primero es la recuperación de la persona para que se sienta mejor y viva de nuevo. Eso es extremadamente importante. Luego veremos si confían en dar evidencia para poder perseguir y enjuiciar a la persona responsable de esto “, afirmaba Kevin Hyland, el primer comisionado independiente contra la esclavitud del Reino Unido.

La trata de personas en UE

La Comisión Europea informó que se registraron 15.846 víctimas de la trata de personas en Europa en 2016. La explotación sexual sigue siendo la forma más extendida: el 67% de las víctimas registradas. Entre los cinco primeros países no pertenecientes a la UE según la nacionalidad de las víctimas registradas se encuentran Nigeria, China, Albania, Vietnam y Marruecos.

En el informe manifiestan que los Estados miembros no han sabido abordar el tema de la trata y la explotación sexual de forma eficaz y que, por lo tanto, deben “intensificar los esfuerzos“.

La UNESCO denuncia que “los traficantes africanos se enfrentan a un riesgo de arresto muy bajo. Se apoyan en el vacío legal, la no implantación de leyes antiesclavitud inexistentes y la corrupción de los sistemas judiciales. Estos lapsus libran a los perpetradores de sufrir ningún castigo”.



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