Las elecciones legislativas en Estados Unidos han dado un resultado que es mejor de lo que parece a nivel nacional para los demócratas, pero con algunas preocupantes en muchos estados que hacen que su victoria esta noche se quede un poco a medias.

Empecemos por el congreso: los demócratas han ganado el control de la cámara de representantes de forma abrumadora, sacándole ocho o nueve puntos a los republicanos. Es un margen mayor que el que sacaron los republicanos el 2010. Al mismo tiempo, se han pegado un morrazo considerable en el senado, donde han perdido como mínimo tres escaños. Este resultado está dentro de los esperado; los demócratas tenían un mapa electoral espantoso este año en la cámara alta, con un montón de legisladores en estados donde Trump ganó el 2016 defendiendo su escaño, aunque algunas derrotas (Florida, Indiana) han sorprendido a muchos.

La tentación para los analistas es siempre anticipar un desastre o una victoria abrumadora, así que no deja de ser un resultado un poco anodino. Los demócratas seguramente ganarán 32-36 escaños en la cámara baja, muy cerca de la predicción mediana de los expertos. Los tres escaños perdidos en el senado están un poco por encima de las previsiones (la predicción mediana era uno), pero no se alejan demasiado de la norma. Es difícil emocionarse demasiado cuando los resultados cumplen con las expectativas, pero eso es lo que ha sucedido.

Esto no quiere decir, sin embargo, que no estemos ante una victoria electoral increíblemente significativa. Para empezar, vale la pena recalcar que la economía americana va extraordinariamente bien. El crecimiento económico de los últimos años de Obama ha seguido ininterrumpido durante el mandato de Trump (la creación de empleo se ha frenado ligeramente, pero la tendencia no ha variado); la tasa de paro está por debajo del 4%. Aunque el déficit público se ha disparado (gracias a un recorte fiscal francamente irresponsable y un generoso aumento del gasto público) y este crecimiento es ligeramente artificial, estas son cifras para ganar elecciones, no perderlas por ocho o nueve puntos.  Pero eso es lo que ha sucedido.

Trump es increíblemente impopular. Es habitual que los presidentes pierdan escaños en las midterms, pero no llevarse revolcones de esta magnitud. Si la derrota no ha sido mayor ha sido por el agresivo gerrymandering de la cámara baja que favorecía a los republicanos (distritos hechos a medida para favorecerles) y la concentración de los votantes demócratas en zonas urbanas, pero perder por ocho puntos es una derrota atroz. Los demócratas pueden estar contentos, especialmente porque el control de la cámara baja les permite bloquear toda la agenda legislativa del presidente has el 2020. De forma aún más significativa, los demócratas podrán lanzar investigaciones sin cesar ante cada pifia o salida de tono del presidente y su administración, abriendo la puerta a una oposición mucho más efectiva.

Aún así, mirando a nivel estatal, los demócratas han cosechado múltiples fracasos. He hablado en otras ocasiones sobre lo importante que son las elecciones a gobernador; los estados controlan mucho dinero, y tienen un papel mayor en educación, sanidad o servicios públicos que cualquier agencia federal. Su importancia es mayor en los estados que cuentan para las presidenciales, léase Ohio y Florida – las elecciones se gestionan a nivel estatal, así que ganar en esos estados era prioritario. Los demócratas han pifiado en ambos, y se las van a arreglar para perder en Connecticut (que no cuenta para nada en las presidenciales, pero es donde vivo). Aunque recuperarán dos de los estados claves de la victoria de Trump el 2016 (Wisconsin y Michigan, donde Scott Walker parece que finalmente morderá el polvo), el partido sigue mostrando una debilidad preocupante en muchos lugares.

Lo más curioso de los resultados finales, de todos modos, es la comparación entre los lugares donde los demócratas han sacado buenos resultados y los lugares que recibieron atención en prensa. Durante las últimas semanas, la prensa se ha centrado en sitios como Texas, Florida o Georgia, donde los demócratas presentaban candidatos telegénicos (Beto, Gillium, Abrams). Se la han pegado en los tres estados. Nadie había prestado puñetera atención a sitios como Iowa, Oklahoma o Colorado, donde el partido ha sacado resultados muy por encima de las expectativas. Las estrellas mediáticas han sacado malos resultados, probablemente porque su fama ha movilizado a los republicanos en sus distritos, mientras que los moderados han ganado en sitios donde nadie lo esperaba.

Esto no quiere decir, sin embargo, que el partido se haya moderado. Al contrario; el programa demócrata de estas elecciones es, en muchos aspectos, mucho más progresista que el de Clinton el 2016. Hablaremos más sobre ello durante las próximas semanas, pero es significativo.

Sobre el electorado, hay pocas novedades. El partido republicano es cada vez más un partido rural de hombres blancos (y mujeres blancas sin educación superior); el demócrata es cada vez más todo el resto. Esto no basta para ganar elecciones en el senado, y como hemos visto en Florida, no garantiza victorias en lugares donde los blancos son minoría.

Hablaremos más sobre estos resultados y lo que significan respecto a políticas públicas para todo el país en los próximos días. Hay algunos resultados fascinantes; en Missouri, por ejemplo, ha aprobado en referéndum un aumento considerable del salario mínimo (hasta $12/hora) con un 61% del voto el mismo día que han echado a una senadora demócrata 52-45. En un estado conservador que repudia a los demócratas, los votantes dicen sí de forma rotunda a una medida progresista.

Por ahora, podemos decir que el país ha cambiado de rumbo. Veremos si sigue así hasta el 2020.



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