Sin duda muchos ya sabéis la historia, incluso el desenlace… Ministra británica que pide más ayudas por segunda vivienda en Londres -al igual que sucede en España, los parlamentarios británicos que no residen en Londres, tienen derecho a unas “dietas” en concepto de ayuda a la vivienda- de la que, además, se descubre que en ella residen sus padres. Después de un tira y afloja en el propio Partido Laborista: por un lado la Ministra en cuestión, Maria Miller, se defiende vagamente y asegura que devolverá el dinero pedido de más; por otro, miembros del propio partido piden su dimisión para no verse “ensuciados” de cara a las elecciones europeas; finalmente Maria Miller, se ve obligada a dimitir.

Como podéis imaginar, he seguido esta historia, “desde la distancia” con bastante interés. Sobre todo por lo diferente que parecen aquí las cosas si las comparamos con España. Cuando hablo con gente de Londres y les cuento la desazón que me causan la situación económica y la corrupción y falta de escrúpulos que demuestra nuestra clase política, la mayoría me responde, “eh, aquí también tenemos crisis… y nuestros políticos tampoco son un dechado de virtudes”. Cierto, pero creedme, no deja de llenarme de alegría que haya por lo menos un reducto de cierta moralidad… como ha demostrado el Partido Laborista en el caso Miller. O parte de él.

Porque si la señora Miller se ha visto obligada a dimitir -pese a que el Primer Ministro David Cameron la ha apoyado hasta el final-, ha sido por las presiones de su propio partido. Como comentaba públicamente la cabeza del partido, Grant Shapps, “en esto no estamos todos juntos […] la negativa de Miller a dimitir nos afecta de manera muy negativa a todos. Este incidente daña la imagen del partido y pone una presión innecesaria en el Primer Ministro”.

Igualito que en España, donde Mariano Rajoy ha defendido públicamente a Bárcenas casi hasta su entrada en prisión; donde pese al tufo que rodean sus cuentas, la Secretaria General del Partido Popular, María Dolores de Cospedal, sigue echando balones fuera y respaldada por los suyos; donde en Madrid se hace piña en torno a Ignacio González y su ático en Marbella; donde los desmanes de la ministra Ana Mato y la trama Gurtel se meten debajo de la alfombra y aquí no ha pasado nada… ¿Hay que seguir?

En nuestra querida España no hay una sola voz crítica dentro de un partido político, menos si este ostenta algún tipo de gestión al nivel que sea, porque todos están bien atornillados en sus sillas. La “disciplina de voto” es quizá el ejemplo más vergonzoso de ello, y nos desayunamos con ello cada lunes y cada martes. Puede que el escándalo Miller haya tenido este desenlace por la proximidad de las europeas. Pero también parece que los parlamentarios británicos tienen claras dos cosas: que una mala gestión y el engaño al electorado se pagan en las urnas. Y eso es algo que nuestros políticos y parlamentarios saben que, de momento, no sucederá en España.

Los dos grandes partidos seguirán repartiéndose el pastel de manera vergonzosa porque el electorado se debatirá entre el “¿y qué hago, no votar?” o “para qué votar al partido X, si no tendrá ninguna posibilidad” o “para qué voy a votar, si al final seguirán los de siempre” y el mucho peor “a mi me da igual… mientras no toquen lo mío”. Porque hemos perdido, y me incluyo, -quizá porque nunca la tuvimos- la convicción de que nos corresponde a nosotros cambiar el devenir de las cosas. Porque hemos olvidado que nuestra obligación como ciudadanos que viven en democracia es afear esos desmanes… de la manera que sea. Y porque no podemos y no debemos permitir que personas que tienen las manos muy, muy sucias sigan gestionando nuestros bienes… que nos pertenecen a todos.

Sinceramente, no tengo ni idea de cómo cambiar estas cosas, pero sí tengo muy claro que hay sociedades dónde no permiten las barrabasadas que nosotros tragamos día sí y día también sin indigestarnos de comer tanta mierda. Como la inglesa. “Yo definiría así el honor: si has hecho algo mal como ministro, dimites. Y si no dimites, te echan”. Así se expresaba un parlamentario laborista después del escándalo Miller. Quizá sea sólo eso, una cuestión de honor.

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María E. Vicente

Casi un año viviendo en Londres que ha dado para mucho... sobre todo para darme cuenta de lo diferentes que son algunas cosas fuera de España. "Desde la distancia" se aprecian otros matices y esos son los que pretendo contar desde este espacio.

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