Las vacunas están al orden del día. La temporada de vacunación contra la gripe se ha convertido en una costumbre y, en la actualidad, el mundo espera con paciencia noticias favorables sobre la vacuna para combatir la COVID-19. Los discursos pseudocientíficos de aquellos que niegan el valor de las vacunas, en otros tiempos aceptados por muchos, hoy en día están siendo acallados por la sensatez. La situación no invita a frivolidades y en este ambiente favorable hacia las vacunas, una idea surge: ¿nos podemos vacunar también contra el cáncer?

Las vacunas enseñan a nuestro sistema inmunológico a reconocer y eliminar agentes peligrosos. Esto reduce el riesgo de contraer una enfermedad al activar nuestras defensas naturales frente al organismo invasor. Están muy extendidas y dan protección frente a enfermedades como el sarampión, la varicela o la gripe, entre muchas otras, todas ellas enfermedades infecciosas. La Organización Mundial de la Salud reconoce más de 25 tipos de vacunas para prevenir otras tantas enfermedades infecciosas potencialmente mortales. Se estima que la inmunización previene entre dos y tres millones de muertes cada año.

Lo que podría parecer sorprendente es saber que algunas vacunas se utilizan para prevenir el desarrollo del cáncer. Hoy en día, dos de estas vacunas son de uso común: la vacuna contra el virus del papiloma humano se dirige a cepas de este virus causantes de cánceres de cuello de útero o de garganta, entre otros; mientras que la vacuna contra la hepatitis B previene algunos casos de cáncer de hígado. Ambas son vacunas que protegen frente a la aparición del cáncer, es decir, tienen una función profiláctica.

Vacuna frente al cáncer de pulmón

De nuevo, surge otra pregunta: ¿podremos tener algún día una vacuna profiláctica para prevenir el cáncer más mortal conocido, el cáncer de pulmón? Parece poco probable, ya que el cáncer de pulmón no está provocado por un virus o una bacteria. Esta enfermedad, de la que mueren anualmente más de 2 millones de personas en el mundo y más de 20.000 en España, se origina por daños en el material genético causados por agentes no infecciosos, mayoritariamente los carcinógenos del tabaco.

Cada cáncer de pulmón es una entidad con alteraciones genéticas propias. Ninguna de estas alteraciones es común para todos los cánceres de pulmón, por lo tanto, no parece una tarea sencilla desarrollar una vacuna, pero esto no significa que tengamos que renunciar a ella.

Existen también vacunas terapéuticas, diseñadas para que el sistema inmune sea capaz de eliminar los tumores ya presentes en el organismo. La existencia de estas vacunas es casi tan antigua como la de las vacunas profilácticas.

El padre de la inmunoterapia contra el cáncer

A finales del siglo XIX, William Coley observó que las infecciones febriles en algunos de sus pacientes se asociaban con la regresión del cáncer. A partir de estas observaciones dedujo que los pacientes con cáncer podrían ser tratados con terapias que estimulen al sistema inmune frente a los tumores. A Coley se le considera el padre de la inmunoterapia contra el cáncer.

Es posible que nunca podamos prevenir un cáncer de pulmón con una vacuna pero, gracias a la inmunoterapia, sí podría llegar el día en el que una vacuna ayude a combatir un cáncer de pulmónya existente. Se trata de conseguir enseñar al sistema inmunológico cómo reconocer a las células cancerosas como algo extraño que necesita ser eliminado.

En la actualidad, algunos pacientes con cáncer de próstata o de vejiga ya son tratados con vacunas terapéuticas, aunque aún no existe esta posibilidad para pacientes con cáncer de pulmón más allá del contexto de los ensayos clínicos.

Los últimos avances científicos invitan al optimismo

Ya se han llevado a cabo varios intentos para conseguir una vacuna terapéutica contra el cáncer de pulmón. Las vacunas evaluadas hasta el momento no han demostrado un claro beneficio clínico, sin embargo, los últimos avances científicos invitan al optimismo.

El desarrollo de tecnologías de secuenciación masiva está permitiendo el diseño de vacunas adaptadas a cada paciente. Hoy en día es posible generar células inmunes modificadas genéticamente con mejores propiedades antitumorales, las llamadas células CAR-T. Por último, las vacunas se pueden combinar con fármacos como los anticuerpos anti-PD-1/PD-L1 y anti-CTLA-4 que potencian la respuesta antitumoral.

La tecnología está ahí. Ahora hace falta ponerla a funcionar para demostrar su utilidad clínica. Se están llevando a cabo numerosos ensayos clínicos en pacientes con cáncer de pulmón utilizando vacunas basadas en los últimos avances tecnológicos y de conocimiento. Son vacunas desarrolladas de manera individual, específicas para cada paciente. Un claro ejemplo de medicina personalizada.

El desarrollo en el siglo XX de vacunas para enfermedades como el sarampión, la viruela, la polio, las paperas o la rubéola permitió salvar innumerables vidas, y las sigue salvando en la actualidad. ¿Por qué no imaginar que en el siglo XXI se desarrollarán vacunas frente a los principales tipos de cáncer? Para ello, es necesaria una apuesta firme por la investigación biomédica y tener confianza en sus frutos.

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*Rubén Pío es Director del Programa de Tumores Sólidos, CIMA, en la Universidad de Navarra. Esta nota apareció originalmente en The Conversation y se publica aquí bajo una licencia de Creative Commons.



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