A comienzos del mes de octubre, el presidente de la República de Francia, Emmanuel Macron, anunció en un discurso su plan contra el llamado «separatismo islámico». Una tendencia que busca crear un orden paralelo en el país según el Gobierno actual del país galo. Afirmó también que «el islam es una religión que está experimentando una crisis en todo el mundo». La airada reacción de cientos de miles de musulmanes no se hizo esperar. Insultos y amenazas de manifestantes a Macron y a Francia se escucharon en Marruecos, Túnez, Iraq, Pakistán, Turquía, etc. Las palabras de Macron provocaron también reacciones enfurecidas de algunos líderes e instituciones del mundo musulmán. Al-Azhar, máxima autoridad suní de Egipto, calificó las palabras de Macron de «una llamada al racismo». Ali Qaradaghy, Secretario General de la Unión Internacional de los Ulemas Musulmanes respondió a Macron diciendo: «vosotros estáis en crisis. Una crisis moral, humana y política. El islam no es responsable de algunos liderazgos falsos, de cartón que fabrican las crisis bajo vuestra tutela». El portavoz de la Presidencia turca, Ibrahim Kalin dijo que las declaraciones de Macron sobre el islam eran «provocativas». Erdogan fue aún más lejos en un discurso emitido por el canal catarí Aljazeera, cuando consideró al presidente francés como «insolente, maleducado que ha sobrepasado sus límites». En un discurso más reciente, el líder turco cuestionó la «salud mental» de Macron. Pero la comunicación más grave vino del ex primer ministro de malasia Mohamed Mahathir cuando escribió en su cuenta de Twitter que «los musulmanes tienen derecho a enfadarse y matar a millones de franceses en venganza de las masacres del pasado».

Sabemos que en Francia, como en el resto de Europa y EEUU, existe hoy en día una derecha reaccionaria que rechaza y odia a los emigrantes, especialmente los procedentes de los países de mayoría musulmana. Su discurso suele estar lleno de rencor y animadversión contra unos ciudadanos vistos únicamente desde una perspectiva religiosa. Con frecuencia las autoridades políticas y los medios de información occidentales hablan de los 20 millones de musulmanes en Europa con un tono plagado de suspicacia y desconfianza. Son musulmanes a su pesar, aunque muchos de ellos no lo sean. Es una visión categórica del «homo islamicus» que no deja margen para cientos de miles de «musulmanes» no practicantes, laicos, ateos o simplemente musulmanes culturalmente. Todos ellos son vistos en general como violentos, personas que no se integran en las sociedades de acogida y con unos valores extraños. Y para colmo y conforme a esta visión, son miembros de una comunidad musulmana que deben seguir fielmente. Nadie se ha preguntado si el papel de esta comunidad o comunidades es verdadero, como pretenden sus dirigentes, o es una gran falsedad que esconde muchos intereses detrás.

No deja de ser llamativa la identificación de un grupo social por su fe. Los seguidores del islam son casi las únicas personas señaladas fuera de sus países por su creencia. Constantemente se habla del islam en Europa, los musulmanes en EEUU, la comunidad musulmana en tal o cual lugar. Esto no pasa con los cristianos, los judíos, los budistas o los seguidores de otras religiones. A los europeos en Japón por ejemplo no se les llama «cristianos». Son franceses, alemanes, españoles o polacos. Lo mismo ocurre con los budistas chinos o los sijs indios, que son identificados en Occidente por el nombre de su país. Es una mala señal, incluso antidemocrática, esta fijación enfermiza en la fe de las personas. Los líderes religiosos del islam colaboran en fomentar y reforzar este uso partidario para dar mayor visibilidad y protagonismo a su papel.

En Francia viven más de cinco millones de ciudadanos procedentes de Oriente próximo y del Norte de África mal llamados «musulmanes». Cuentan con más de 2500 mezquitas en todo el país. Buena parte de ellos viven desde hace varias generaciones integrados en la sociedad francesa y los creyentes practican su fe de forma pacífica. Pero entre ellos hay grupos violentos que odian y rechazan a aquellos que no piensan como ellos.

Francia particularmente ha sufrido en los últimos años actos salvajes cometidos por estos bárbaros. El crimen de Charlie Hebdo perpetrado el 7 de enero de 2015 causó 12 muertos y 11 heridos por haber publicado unas viñetas del Profeta del islam. El mismo semanario sufrió un segundo ataque el 25 de septiembre del 2020 provocando dos heridos por arma blanca cuando los acusados por el atentado anterior estaban siendo juzgados. El más reciente ataque ha sido la decapitación del profesor de historia Samuel Paty por un islamista el 16 de octubre de 2020, por haber mostrado en clase las famosas viñetas de Mahoma. Son crímenes en toda regla que no deben dejar ningún margen para la justificación.

La islamofobia es un hecho que recorre buena parte del mundo y es producto en ocasiones de un odio gratuito. Pero debemos ser conscientes de que este concepto se ha convertido en un arma para acallar cualquier crítica, aunque sea justa, contra el islam como dogma y los radicalismos surgidos de esta fe. En nuestros tiempos todas las religiones son objeto de crítica y algunas de sus prácticas son consideradas anacrónicas y reprobables. Pero parece ser que los dirigentes musulmanes quieren que su fe esté al margen de cualquier tipo de reproche. Hay musulmanes en muchas partes que quieren vivir su fe a su antojo sin respetar normas o leyes. Musulmanes que dan rienda suelta a sus actitudes antidemocráticas alimentando comportamientos violentos e impulsivos. Pero en Europa y EEUU no siempre las autoridades han querido parar este tipo de conductas por intereses electorales. Los partidos políticos se muestran tolerantes hacia estos grupos para garantizar cientos de miles de votos de «musulmanes» que incrementan su posibilidad de ganar las elecciones.

Desde la década de los setenta y a la sombra de la guerra fría apareció lo que se conoce como el «despertar islámico», que no es más que un proyecto angloamericano que pretendía golpear a las fuerzas de izquierdas, especialmente aquellas aliadas con la ex Unión Soviética. La mayoría de los gobiernos de los países árabes y musulmanes, empujados por el éxito de la Revolución Islámica de Irán en 1979, abrazaron las fuerzas del islam político, y particularmente los Hermanos Musulmanes. El dinero del Golfo empezó a llegar a raudales a diferentes partes del mundo para financiar el islamismo acompañado de fetuas para la yihad y propaganda envenenada contra aquellos que no comparten los ideales del islamismo, sean musulmanes o «infieles». La acusación por apostasía se convirtió en un arma arrojadiza en contra de los adversarios y los asesinatos y los atentados llegaron a formar parte de la vida cotidiana de ciudades como Bagdad, El Cairo, Casablanca, Bali, Londres o París.

El islam político supo donde quiera que estuviera aprovechar las estructuras culturales, sociales y económicas para formar ejércitos de falsos predicadores religiosos pagados por Arabia Saudí, Irán, Qatar y Kuwait concretamente creando asociaciones con la excusa de llevar a cabo tareas benéficas y humanitarias que resultaron venenosas e inhumanas.

Volviendo a las palabras de Macron que afirman que el islam está en crisis,  nos preguntamos si realmente esta religión vive en un conflicto.

Cualquier observador objetivo sabe que esta fe pasa por una profunda y destructora crisis. Los que lo niegan esconden sus cabezas en la arena, evitan buscar sus causas y profundizan su gravedad. Los musulmanes en la actualidad están divididos en dos partes: moderados y extremistas. Cada una de ellas rechaza a la otra y la considera errada y desviada. Pero ambas beben de las mismas fuentes y acuden a las mismas bases. El islam moderado no ha sido capaz hasta ahora de separarse o rechazar los textos fundacionales del islam que invitan y animan al uso de la violencia y el asesinato como medio para conseguir determinados fines.

¿Qué islam es esta ideología que considera a la mujer una «vergüenza» y la priva de sus derechos más elementales, como la educación, la herencia y la igualdad? ¿Qué islam es este que considera a los no musulmanes ciudadanos de segunda y de tercera?

El islam es una religión que vive una profunda crisis y no se ve en el horizonte ninguna posibilidad de cambio o solución. Además, poco importa decir si es el islam o los musulmanes, porque el resultado es el mismo. Existe una necesidad urgente de cambio en los musulmanes, pero también en su herencia. ¿Cómo no va a estar en crisis cuando los musulmanes viven guerras religiosas y sectarias permanentes desde la muerte de Mahoma hasta la actualidad? ¿Cómo no va a estar en crisis cuando los países musulmanes se sitúan al final de la lista de las naciones desarrolladas y ocupan los primeros puestos entre los países más atrasados, más ignorantes y más pobres? ¿Cómo esta fe no está en crisis cuando seis de los diez países fracasados del mundo son musulmanes? Nos referimos a Siria, Iraq, Líbano, Yemen, Libia y Somalia. ¿Cómo podemos negar la crisis cuando los países musulmanes son los que más emigrantes exportan al resto del mundo? ¿Cómo se puede justificar que en la mayoría de los países musulmanes enseñen a sus hijos que el islam es la única religión que se salva en el más allá y que los seguidores de todas las demás creencias serán arrojados al fuego?

Los que dicen que son musulmanes y viven en Occidente deberían respetar los valores de los países de acogida. El radicalismo islámico solo provoca un radicalismo contrario. Los países de mayoría musulmana censuran las libertades de los extranjeros que los visitan por el miedo del «contagio» que pueda afectar a sus valores, su moral y sus tradiciones tribales. En cambio, piden a Francia y a Occidente que les abran las puertas ante el imperio de las asociaciones y organizaciones proselitistas sin ningún tipo de vigilancia. Estas asociaciones deben distinguir entre el derecho de culto y la libertad de organizarse políticamente con fines espurios que reciben apoyo económico de fuentes sospechosas para la creación de sociedades cerradas que viven al margen de la sociedad de acogida y con un sentimiento de venganza. Occidente, pese a ser «infiel» y «condenado», ha abierto miles y miles de mezquitas y centros culturales para el islam para ayudar a los seguidores de esta fe a superar los sentimientos de soledad y lejanía. Pero muchos de estos lugares de culto han caído en manos de fanáticos que invitan al aislamiento y a la separación de la sociedad que les ha tendido la mano para ayudarles. Muchas de estas mezquitas se han convertido en polos atractivos para algunos jóvenes extremistas para incorporarse a las filas de los grupos terroristas que asesinan y atropellan con sus camiones a decenas de ciudadanos inocentes.

Por último, la pregunta que nos queda es: ¿serán los musulmanes capaces de abandonar la idea de un islam universal que debe invadir todos los continentes? ¿Serán capaces de construir una identidad nacional en la que la religión sea un factor más? Un factor de pertenencia no de destrucción.

Waleed Saleh

Profesor de Estudios Árabes e Islámicos, Universidad Autónoma de Madrid. Es miembro del Grupo de Pensamiento Laico, integrado además por Nazanín Armanian, Francisco Delgado Ruiz, Enrique J. Díez Gutiérrez, Pedro López López, Rosa Regás Pagés y Javier Sádaba Garay.

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