“(…) la ciudad representa para el hombre la tentativa más coherente y, en general, la más satisfactoria de recrear el mundo en que vive de acuerdo a su propio deseo. Pero si la ciudad es el mundo que el hombre ha creado, también constituye el mundo donde está condenado a vivir en lo sucesivo. Así pues, indirectamente y sin tener plena conciencia de la naturaleza de su obra, al crear la ciudad, el hombre se recrea a sí mismo.”  (Robert Park)

Cristóbal López y Xaquín Pastoriza | Por mucha nostalgia  ruralita que aflore en el discurso  urbanita lo cierto es que las ciudades son el hábitat escogido por la mayor parte de la humanidad. Por eso necesitamos ciudades diseñadas para que sus conciudadanos puedan satisfacer sus necesidades y desarrollar sus sueños, pero ciudades diseñadas de abajo a arriba por las bulliciosas y diversas comunidades que en ella habitan. Ciudades donde las calles sean un espacio de convivencia y no un mero  intersticio de tránsito  hermético a su entorno. 

La planificación imperativa y  miope que todo lo zonifica entregó la ciudad al coche  entronizándolo como dueño y señor de las calles. Pero no  personifiquemos en el coche todos los males, la  anomia social, consecuencia del individualismo imperante, menoscaba en mayor medida la capacidad de la calle para  construir comunidad entorno a ella. 

El individualismo indiferente a su entorno, casa-coche-casa, incapaz de desbordar su estatus de transeúnte, vive atemorizado de pisar la calle como un viandante más del  vecindario. Un temor alimentado por la sensación de inseguridad en los espacios comunes abiertos que que nos  inocula el sistema y paradójicamente por la nesesidad del propio individuo de atesorar su menguante intimidad para protegerse de la asimilación absoluta que ese mismo sistema necesita para prolongarse. 

Contra esta corriente tan destructiva de los valores comunitarios la vecindad debe  reconstruir lazos comunitarios para presionar a los poder públicos en la línea de otro modelo de ciudad, con un urbanismo participativo que esté al servicio de las comunes y no de determinados intereses económicos

En este empuja contra la anomia social no podemos seguir transaccionando el presente con el pasado. Tenemos que encarar el futuro abriendo la calle a las niñas y niños, mostrándoles desde el respeto a la diversidad a implicarse con el entorno para crecer en una comunidad fuerte, capaz de hacer frente a los retos próximos. Consumar el efecto  trinquete es esencial, una tarea que bien pagada una vida dedicada a ella.

No es óbice, pero ayudaría dejar de  construir ciudades difusas a golpe de  paralelógrafo y  tiralíneas, ciudades  segmentadas en zonas  monofuncionales que obligan a mayores  desplazamientos de sus habitantes para poder desarrollar su vida cotidiana, ciudades  con un uso del suelo cada vez más especializado que se expanden sin presión demográfica. Necesitamos ciudades con barriadas multifuncionales en las que el pequeño comercio diseminado por ella provea en la cercanía espacial y en la  cercanía humana a sus habitantes. Ciudades hechas a pie con más viandantes y menos transeúntes.

La subordinación de nuestro modelo de ciudad a las necesidades de un sistema económico inhumano se paga con muerte prematura. Nuestra  sumisión deja nuestras costas una estela de vidas truncadas por envenenamiento por la contaminación, por accidentes y atropellos o sencillamente  arremolinadas  psíquicamente por la  vorágine  mercantilista. 

Desterrar los malos humos de nuestras calles y  pacificar así el tráfico es un  primer paso imprescindible para recuperar los espacios públicos, pero  estos espacios reconquistados no serán comunitarios si no vivimos a  extramuros de nuestras  guaridas y asumimos las calles como una propiedad colectiva de la que todas debemos cuidar para poder disfrutar de ellas. Y cuidar no se reduce a patrullar las calles para garantizar su seguridad, cuidar abarca la interacción necesaria para hacer de ellas un espacio bullicioso a la par que amable y acogedor. Un lugar donde la solidaridad cotice al alza. 

La gentrificación y turistificación de las ciudades es otra forma de depredación urbanística que concibe las calles como una mezcla de museo, mercado e instalación hostelera. Frente a esta visión de la calle y el barrio como mercancías, frente a esta acumulación por  desposesión de un vecindario desplazado de los cascos urbanos hace falta reivindicar el tejido social, la calle como espacio de convivencia y  sociabilidad, la cultura de barrio 

Una de las cuestiones más importantes a la hora de reivindicar el derecho a la ciudad es el derecho a la vivienda, pilar fundamental de una existencia digna. Por desgracia, la especulación inmobiliaria hace de ese derecho un negocio en manos de bancos y fondos buitre, privando a amplios sectores de las capas populares, especialmente a la juventud, de la accesibilidad a una vivienda. Por esto, los poderes públicos deben intervenir para regular el precio del alquiler, poner en el mercado las viviendas vacías y construir un amplio parque de vivienda pública que permita llevar a la práctica este derecho. Debería priorizarse la  construcción ecológica y la dotación de zonas verdes y espacios comunitarios. No podemos dejar la vivienda, los barrios, y por extensión nuestras ciudades en manos de los mercados. 

Se trata de poner en marcha procesos de creación colectiva que generen espacios vivos desde los que ir cambiando el modelo social neoliberal, con herramientas como la municipalización, junto con iniciativas de transición ecológica urgentes y con la puesta en marcha de nuevos programas sociales que tiendan a garantizar las condiciones de una vida digna para todas. 

En el envite nos va la pervivencia como especie y la salud de nuestro planeta. Sólo desde la perspectiva comunitaria podemos abordar las medidas ineludibles para que haya un mañana de cielos límpidos y sol miséricorde. La tradición ecosocialista lleva tiempo  preconizándolas: decrecimiento y redistribución de la riqueza. La ciudad como herramienta para la acumulación de capital o la ciudad como hábitat, como espacio para la vida en común. 

Cristóbal López y Xaquín Pastoriza son integrantes de Ecoloxistas en Acción Vigo, área de Transporte



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