Todavía recuerda México con nostalgia el torbellino que impregnó de aire fresco su universo cultural a mediados de siglo XX. Eran tiempos de turbulencias, de guerras y pasiones políticas, de intensidad creativa. Y en consecuencia eran también tiempos de exilio para pensadores y artistas. La entonces joven república mexicana, progresista y tolerante como dictan los cánones de la edad, le abrió las puertas a todos ellos. Hoy, ya instalada en una achacosa madurez, ve como el último de sus hijos adoptivos le dice adiós, cerrando tras de sí una de las etapas más fértiles de la cultura latinoamericana de todos los tiempos, una improbable y heterogénea generación dorada que coincidió en un mismo lugar para clamar al mundo la existencia de América Latina.

Fue en 1961 cuando Gabriel García Márquez decidió hacer de la Ciudad de México su hogar. Necesitaba salir de Nueva York, donde era objeto de serias amenazas por parte de grupos de cubanos exiliados tras la revolución de Fidel Castro y, al parecer, también de la CIA, quienes no compartían el contenido de los reportajes que el periodista publicaba para la agencia de noticias cubana Prensa Latina. Fue su gran amigo, el también escritor colombiano Álvaro Mutis, fallecido en la Ciudad de México en septiembre de 2013, quien le abrió los ojos ante el enorme ambiente cultural que se respiraba en el país.

Una visita circunstancial de una semana se convirtió finalmente en una residencia de más de 50 años, si bien salpicada de idas y venidas entre París, La Habana, Bogotá, Cartagena de Indias y también la Barcelona de los últimos años del franquismo. Tanto cariño le tomó García Márquez a México que su última voluntad fue permanecer por siempre en esta tierra una vez muerto. Sus cenizas permanecerán en la patria de Miguel Hidalgo, una decisión que lamentan a estas horas los millones de colombianos que ven en Gabo a su héroe, al hombre que insufló de orgullo a una nación que hasta entonces apenas se ubicaba a sí misma.

“A México lo hice llegar yo”, solía decir con orgullo Mutis. En aquella época México era “el país soñado al que todos queríamos llegar, el punto de referencia en América Latina al que todos mirábamos desde el sur como el sitio asombroso y bello, un refugio creador, un país cuya gente y cultura son una fuente de inspiración”, recordaba tiempo atrás el célebre poeta y novelista. Por los coloridos barrios de la capital mexicana transitaba en aquellos años el cineasta Luis Buñuel, quien filmó en México 21 de sus 32 películas entre 1946 y 1964. Todavía brillaba la figura y el legado de Frida Kahlo, fallecida en 1954, y el del que fuera su marido, el muralista Diego Rivera, muerto en 1957.

México, paraíso cultural

Vivían en la ciudad prestigiosos artistas como la reconocida pintora surrealista nacida en Girona Remedios Varo o la británica Leonora Carrington, ambas del círculo de André Breton, quien acostumbraba a pasar temporadas en México desde que en 1937 conociera ahí a su admirado León Trotski. Sin olvidar por supuesto al dramaturgo Max Aub, otro célebre exiliado de la dictadura del general Franco que desde su llegada en 1942 se entregó a una frenética actividad cultural. Fue en México donde escribió la mayor parte de sus obras, entre las que destaca la serie de seis volúmenes sobre la Guerra Civil El laberinto mágico. Fue en los tardíos cincuenta y en los sesenta, coincidiendo con la llegada de García Márquez, cuando Aub alumbró todos sus grandes relatos.

Este ambiente de frenesí creativo y de vanguardias artísticas fue el que llevó a García Márquez en volandas hacia su obra cumbre, la novela tantas veces aclamada como el Quijote de las letras americanas: Cien años de soledad. El propio García Márquez recordaba cómo el universo mágico de Macondo nació en 1965 con la crudeza y vitalidad de un parto, mientras viajaba con su familia en coche hacia Acapulco. A la altura de Cuernavaca su automóvil sufrió un percance y tuvo que regresar a casa. Hay varias versiones sobre lo ocurrido, incluido un incidente inspirador cuando una vaca se cruzó en el camino.

Fuese cual fuera el motivo, García Márquez rompió literalmente aguas en ese instante y tuvo que regresar imperiosamente a su estudio de la calle La Palma en el barrio San Ángel. En cuanto llegó se encerró durante 18 meses sin más compañía que papel y cigarrillos. “La tenía tan madura que hubiera podido dictarle allí mismo, en la carretera de Cuernavaca, el primer capítulo, palabra por palabra, a una mecanógrafa”, recordó años más tarde, instalado ya en el olimpo de la literatura gracias a esa primera gran chispa de genio. Lo que sucedió después de la publicación de Cien años de soledad en 1967 forma parte de la historia universal de la literatura, un viaje hacia la eternidad adornado con el premio Nobel recibido en 1982.

Discreción y silencio

El genio colombiano cultivó una íntima amistad con Carlos Fuentes, uno de los puntales de la literatura mexicana del siglo XX, integrante del llamado boom de la literatura latina de los sesenta y setenta y fallecido en 2012. También con Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco. Disfrutó de la compañía del argentino Juan Gelman, uno de los últimos grandes exiliados que abrazó México y que llegó al país tras el golpe de Estado del general Videla en 1976, quien arrancó la vida de sus dos hijos y de su nuera embarazada de una nieta a la que tardó 23 años en conocer. Gelman falleció en la Ciudad de México el 14 de enero de este 2014.

“Cuando el éxito y la publicidad excesiva trataban de perturbar mi vida privada, la discreción y el tacto legendario de los mexicanos me permitieron encontrar el sosiego interior y el tiempo inviolable para proseguir sin descanso mi duro oficio de carpintero”, afirmó García Márquez en los alborotados meses que siguieron a su aceptación del Nobel. Esa misma discreción fue la que le permitió sobrellevar una vejez tranquila, cómodamente instalado en su bonito hogar en los Jardines del Pedregal sin que apenas nadie importunara su sosiego ni sus últimos impulsos creativos.

Cada año el día de su cumpleaños, el 6 de marzo, García Márquez se permitía la indulgencia de salir a su portal a saludar y abrazar a los admiradores y fotógrafos que allí se acercaban a cantarle las mañanitas, la canción tradicional mexicana con la que se festeja las onomásticas. Fiel a esa acto de intimidad con sus lectores, el escritor regaló la última aparición pública de su vida el día de su 87 cumpleaños. Luego de agradecer a todos los presentes, dio risueño media vuelta y regresó a la paz de su hogar.

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J. Arroyo
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J. Arroyo

Director at El Sol Semanario Independiente Digital
Emprendedor, luchador, aprendiz de todo lo que el mundo me enseñe...
"La vida es eso que pasa mientras haces planes de futuro"
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