Periodista de The New Yorker y uno de los mayores expertos mundiales en narrar, tras más de cincuenta años recorriendo el continente, la realidad latinoamericana, Jon Lee Anderson (California, 1957) es maestro en realizar perfiles de figuras complejas como Fidel Castro, Manuel Noriega o Hugo Chávez, además de una biografía ilustrada de El Che. Ellos, junto a muchos personajes anónimos —guerrilleros, indios, exiliados…— son los protagonistas de Los años de la espiral (Sexto Piso), el recopilatorio de más de una treintena de crónicas que reflejan la caótica última década del continente, marcada por el derrumbe de las políticas socialistas, el aumento de la corrupción y la violencia y el estallido de multitud de conflictos sociales, así como por el despertar de la conciencia ecologista, que dejan un escenario incierto y necesitado de grandes cambios en el futuro.

Pregunta. ¿Cuáles han sido los grandes cambios de esta convulsa década en América Latina?

Respuesta. El más obvio es el declive de la llamsMarea Rosa, por más que ha habido un cierto repunte ahora con Luis Arce en Bolivia o López Obrador en México. También el asunto de las migraciones, que desde 2015 con los refugiados sirios se convirtió en uno de los grandes temas del mundo, y allí no fue una excepción. Y después la violencia brutal, en buena medida culpa del narcotráfico, pero también de una preocupante militarización. Es más tácita que explícita, no hay tanques en las calles como en los 70, pero está ahí. En Venezuela y Cuba es algo evidente, pero también lo es ya, con pasos galopantes, en México y Brasil, así como en pequeños países como Honduras, El Salvador y Nicaragua. Y ni hablar de Colombia, que tiene el segundo ejército más grande de América después de Estados Unidos.

P. Usted ha conocido en estos años a los líderes de todos los países de Latinoamérica. ¿Cómo cabe interpretar este drástico cambio político de la Marea Rosa al auge del populismo?

R. Es cierto que hay regímenes que siguen en su sitio, como La Habana y Caracas. Pero miramos a Venezuela y vemos una drástica diferencia entre el apogeo de los años de Chávez y hoy. Hace diez años la presidía un gobierno que acababa de recibir un trillón de dólares del petróleo y tenía un Fidel a su lado ejerciendo de mentor. Con ese dinero se apoyó el auge de la izquierda, que abarcaba a ellos dos y a Ortega, Correa, los Kirchkner, Evo Morales, Lula da Silva, Bachelet, todavía y el viejo Pepe Mujica. Era una cosa impresionante, pero todo se fue al traste. Tras una década, la base de la izquierda ha cambiado a la ultraderecha, lo que se adscribe al preocupante fenómeno mundial que se recrudeció a partir de la irrupción en escena de Trump y su política de demonizar a los migrantes latinoamericanos. Pero no sólo a él. La izquierda está en crisis por errores propios. La revolución socialista no se hace colgando mantas, sino entendiendo y siguiendo pasos con seriedad. Es contradictorio, capitanearon países capitalistas, pero optaron por los monopolios.

“En esta década la base de la izquierda ha cambiado a la ultraderecha, lo que se recrudeció a partir de Trump y su política de demonizar a los migrantes latinoamericanos”

P. En este cambio de paradigma, que es global, ha tenido mucho peso el fenómeno Trump, cuyo gran caballo de batalla ha sido la inmigración. ¿Qué significa hoy Estados Unidos para los latinoamericanos?

R. Además de los exabruptos y las constantes faltas de respeto, de la hostilidad y el vulgarismo como verbo diplomático, la política suicida y de miras cortas de Trump ha hecho que, por primera vez en décadas los latinoamericanos desconfíen o renieguen de esa promesa de prosperidad que siempre fue Estados Unidos. No obstante, todo puede volver a cambiar con la administración Biden. Creo que vamos a ver un periodo de distensión y de alivio pues con él en la Casa Blanca, Estados Unidos volverá a actuar con respeto y a emplear el verbo más como Obama que como Trump. Aun así, no desaparecerán los problemas, como el tema migratorio o el narcotráfico y la seguridad. Los puntos calientes serán Bolsonaro en el tema de la Amazonía, AMLO y su populismo izquierdista que protege al narcotráfico y, desde luego, Venezuela.

P. En este sentido, el hueco dejado por EE.UU. ha sido ocupado de diversas maneras por China. ¿Qué papel jugará el gigante asiático en el futuro del continente?

R. Por ejemplo, tal y como están las aguas de revueltas en Venezuela, han abierto una cabeza de puente. De momento hay miles de chinos en Venezuela, pero ocupados en aspectos económicos, nada más. Si hay una oportunidad no la desaprovechan, pero en el momento en que queden de manifiesto sus tejemanejes se irán. Los chinos todavía no están dispuestos a jugar abiertamente en el juego geoestratégico, más allá de lo puramente económico, donde sí se están estableciendo con sus prácticas habituales. Hay otros puntos en el mapamundi donde eso podría cambiar en los próximos años. Si, por ejemplo, Estados Unidos envalentona mucho a Taiwán o se inmiscuye en Filipinas, China movería ficha en el tablero de ajedrez. Pero con mucho cuidado en América porque hasta que se sientan muy poderosos no entrarán en el patio trasero gringo.

Corrupción y narcotráfico

No son palabras sin fundamento, pues la experiencia de Anderson no se circunscribe al Nuevo Mundo. Ha centrado en él estos últimos años a raíz de los intentos de entente de Obama con Cuba y los acuerdos de paz de Colombia, dejando de lado otros lugares candentes que también ha pisado en la última década como Siria, Libia o Afganistán. Con esa experiencia global, afirma tajante que uno de los grandes problemas de América Latina es la desigualdad, el abismal contraste que se puede encontrar aún hoy en todos los parámetros. “Tomando en cuenta los índices de la ONU, que sirven para algo, supongo, es la región más desigual del mundo y con algunos de los peores índices de Estado de Derecho”, sostiene. “Pero donde sin duda lleva la corona es en las estadísticas de inseguridad pública y homicidios. Es la región más violenta del mundo. Más que África y, fuera de guerras, más que Oriente Próximo”.

“Las protestas de 2019 son estallidos existenciales que demuestran que América Latina es la región donde la democracia ha defraudado más a sus ciudadanos”

Por ello, el periodista cree que “en cada país debería hacerse un debate público de por qué existe tal grado de violencia. Mis amigos latinoamericanos que han pasado años estudiando el fenómeno han llegado a la misma conclusión”, expone. “Es una región donde no se crearon unas instituciones suficientemente fuertes en la era democrática y donde las privatizaciones auspiciadas por el neoliberalismo propiciaron una corrupción despampanante apenas corregida, que sólo se empieza a fiscalizar desde hace cinco o seis años”, a su juicio, una de las grandes lacras del continente. “Si vas por el mundo y preguntas a cualquiera en Mali, Bután o Australia que piensa de América Latina corrupción será de lo primero que dicen. O narcotráfico. Aunque vamos a mejor, 40 años atrás dirían dictadura militar o guerrilla”, ironiza.

P. Como apunta en el prólogo, estos años terminaron con multitud de estallidos populares de protesta que fueron ganando en intensidad y se extendieron como una mancha de aceite por todo el continente, ¿qué los motivó y qué pueden lograr?

R. Creo que estamos todos rascándonos un poco la cabeza para tratar de explicar estas protestas porque no son como muchas del pasado. Parecen ser más estallidos existenciales nacidos de la misma estirpe que las revoluciones de colores de los antiguos países de la URSS o que las primaveras árabes. Y demuestran que América Latina es la región donde la democracia ha defraudado más a sus ciudadanos. Aunque las excusas iniciales sean organizarse en contra de un presidente caprichoso o miserable, como en Perú, o protestar por la subida de la tarifa de transportes en Chile, debajo subyace el descontento de los jóvenes. Ellos, a consecuencia de que nada funciona ya, hay una mediocridad en la clase política y la corrupción se mantiene impune en la mayoría de los casos tienen la sensación de que les han robado el futuro. Y hemos visto que pueden lograr mucho, como en Chile, donde el Estado cedió y han llegado a una constituyente, una remodelación del Estado mismo. Es el ejemplo más prometedor.

P. Muchos de ellos se vieron interrumpidos por el estallido de la pandemia. ¿Cree que cuando todo se normalice volverán las protestas?

R. Sí, seguro. Las demandas no fueron satisfechas y los problemas se habrán agudizado. Si hace un año había en el continente 20 millones de desempleados ahora hay 50. Va a ser muy problemático, pero esperemos que Chile pueda ser un paradigma porque hay países cuyos problemas son tan sistémicos que hará falta algo parecido. Se me vienen a la mente Perú o Colombia. Y también Brasil, que va a la hecatombe con Bolsonaro y el Covid y Venezuela, otro tanto con Maduro.

Huérfanos de intelectuales

P. También incluye en estas páginas a escritores como Sergio Ramírez o Leonardo Padura, ¿cuál es hoy en día, tras la visibilidad internacional que supuso el boom, el papel de los intelectuales en América Latina?

“Hoy en día en Latinoamérica ya no hay grandes intelectuales como los del ‘boom’ que lideren un reclamo social”

R. Es evidente que han perdido peso, sí. Por ejemplo, Padura, a quien considero mi amigo, ha sabido pintar el pasado en Cuba, pero no el presente. Sigue viviendo allí, así que no es capaz de exigir cambios. Y México, un país con una gran tradición y santuario de intelectuales de todo el mundo, sobre todo de izquierda y especialmente tras la Guerra Civil española, se ha ensimismado. Muchos escritores están escribiendo novelas sobre sus vidas íntimas, como hacían los gringos de Nueva York en los 80. Y lo mismo pasa, francamente, en Argentina. Hay algunas excepciones obvias, como la de Juan Villoro o Valeria Luiselli, que ha tocado el tema de la migración, Carlos Dada en El Salvador, Gustavo Gorriti en Perú y el propio Sergio Ramírez, que denuncia el delirio de Ortega en el poder. Pero es cierto que ya no hay grandes intelectuales como los de la época del boom que sean líderes visibles de un reclamo social.

P. Varios de sus textos inciden en que un aspecto positivo de esta década es el despertar la conciencia de la lucha por el medioambiente. ¿Los países han tomado realmente conciencia?

R. Quisiera decir que los países han tomado conciencia, pero no sé yo. Si sondeamos las calles de Córdoba, Asunción o São Paulo, la gente sí es consciente de la importancia, pero no son actores visibles, son incapaces de impedir nada. Los que tienen poder en el mundo, los Merkel, Macron o Biden son quienes se tienen que plantar, como han hecho contra Bolsonaro. Pero sí me da cierto optimismo que los jóvenes sí son conscientes y eso promete que sean realmente actores para el cambio, fabricando, vistiendo y comiendo cosas que no agredan al medioambiente. Es esperanzador para el futuro.

Un nacionalismo exacerbado

P. En este 2021 se cumplen los bicentenarios de las independencias de muchos países. ¿200 años después, cómo se van a vivir estas celebraciones?

R. Es popular hoy, y entra dentro de la psicología social del Black Lives Matter y el #MeToo de reordenar nuestra perspectiva histórica, desdeñar toda la época del Descubrimiento por ser un momento de conquista. Pero tumbar la estatua de Colón es un exceso, actos caprichosos que no van a la sustancia. Cualquier lectura real y seria de los últimos 200 años te dirá que la independencia de los países latinoamericanos trajo muy poca felicidad a sus pueblos. Si en el siglo XIX era toda una proeza deshacerse del amo colonial, en el siglo XX éste fue invitado a recomprar los países, como hizo España en Argentina, donde sus empresas controlan varios sectores estratégicos. Estamos en una época muy distinta y yo soy muy poco adepto a estas autofelicitaciones de las naciones-Estado. Las patrias latinoamericanas, tras la Independencia se desangraron por más de un siglo peleándose entre sí.

“Cualquier lectura real y seria de los últimos 200 años te dirá que la independencia de los países latinoamericanos trajo muy poca felicidad a sus pueblos”

P. En este sentido, han ido fracasando sucesivamente todos los proyectos de crear un panamericanismo como ALBA, UNASUR, CELAC. ¿Es imposible pensar en un futuro el que América Latina sea un continente unido de forma similar a Europa o estamos muy lejos?

R. Estamos muy lejos ahora mismo, sí. Ni siquiera la izquierda de Chávez, con un discurso de patriotismo casi decimonónico, pudo lograrlo. El problema es la falta de pragmatismo, el mismo que demostró Pepe Mujica en Uruguay, muy lejano a la grandilocuencia de estos regímenes. Otro factor que dificulta una gran alianza al estilo de Europa es que en América Latina los nacionalismos todavía están muy exacerbados. Quizá requiera su propia Segunda Guerra Mundial para finalmente desterrar esas visiones. Algunos países sí pueden empezar a hacer cosas conjuntamente, pero tendrían que ser países con ciertas nociones socialdemócratas que pensaran más a nivel institucional y a largo plazo que presidencial. El Cono Sur es la región donde podrían nacer estos cimientos.

P. Cierra el prólogo con una frase de García Márquez: “La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”. ¿Será la supervivencia más fácil en Latinoamérica en la próxima década?

R. Pensé mucho antes de utilizar esta cita de Gabo, porque no quería terminar con una nota apocalíptica. Por más duro que se pinte el futuro, para los seres humanos es importante guardar algo de esperanza. Y no solamente pírrica, vacía. Y ese dicho de Gabo es bastante realista, pero tiene esa nota de humor suyo que un poco nos reconforta. Al mismo tiempo que nos apremia a seguir. Ese espíritu es el más realista para salir adelante. No tengo una respuesta exacta para el futuro, pero cuando viajo a la Amazonía y veo la destrucción, la gente me pregunta si no vuelvo desmoralizado. Y les digo que sí, pero que al mismo tiempo me siento privilegiado y emocionado de ver lo que queda aún. Eso se puede extrapolar a toda América Latina.



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