No fue la gran retórica de Barack Obama ni el provocativo flujo de conciencia de Donald Trump.

Cuando Joe Biden subió al escenario en Wilmington para pronunciar el discurso de la victoria el sábado a la noche, su primer instinto fue identificar a las poco conocidas personalidades de Delaware ubicadas en el estacionamiento frente a él. Algunas de las mejores líneas de su discurso de 15 minutos, como la promesa de no ver los estados como rojos o azules, sino sólo como los Estados Unidos, fueron tomadas de Obama.

Pero si las habilidades de comunicación política de Biden son moderadas, sus ambiciones políticas no lo son. Los objetivos que se fijó en su primera aparición pública desde que estuvo confirmada su victoria en las elecciones del martes incluyen contener una pandemia, erradicar el racismo sistémico y curar a una nación en guerra consigo misma.

“Para todos aquellos que votaron al Presidente Trump, entiendo la decepción de esta noche”, dijo en su única mención al actual presidente por su nombre. “Yo mismo perdí dos veces. Ahora, démonos una oportunidad”.


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KATRINA MANSON Y AIME WILLIAMS

Si sus predecesores demócratas son el prólogo, Biden podría no contar con esa oportunidad. Los dos últimos fueron destrozados por el amargo partidismo de Washington, y él no comparte ni el carisma de Bill Clinton ni el brillo intelectual de Obama.

Pero hay momentos en los que el hombre encaja en un momento. Estados Unidos parece estar listo para ser gobernado por un hombre tranquilo, no muy distinto a cuando sorprendentemente el país apoyó al sastre de Missouri Harry Truman después del alboroto de la presidencia de Franklin Roosevelt, o cuando fue reelecto Calvin “Cal, el silencioso” Coolidge después de la guerra durante la presidencia de Woodrow Wilson y el escándalo con Warren Harding.

A veces son los presidentes tranquilos e institucionales los que logran más cosas. ¿Alguien recuerda el primer discurso inaugural de Lyndon Johnson? Pero al igual que Biden, Johnson llegó a la Casa Blanca después de una vida dominando el Senado. Johnson como presidente aportó uno de los registros legislativos más históricos de la era moderna.

A diferencia de Obama, que con frecuencia mostraba su disgusto por la deshonestidad de la política minorista, o de Trump, que muestra un abierto desprecio por cualquiera que se atreva a desafiarlo, en Washington siempre se conoció a Biden como un hombre que adora las palmaditas en la espalda y las negociaciones que implican trabajar en el Capitolio.

Y el talento que bien puede tener, y que pocos antes han podido demostrar, está en su habilidad de ganarle a los rivales de ambos lados de la división partidista. Lo hace desplegando cierta sensiblería y haciendo que suene genuina.

Tal vez sea su edad y su aspecto de abuelo, o quizás sea el conocimiento de que ha perdido algo más que sólo carreras políticas: una hija y su esposa en un accidente automovilístico, un hijo por cáncer cerebral. Pero el sábado Biden mostró de nuevo su habilidad para contar historias que provocarían desaprobación si las relataran otros políticos, y darles peso y significado.

“Como me decía mi abuelo cuando salía de nuestra casa siendo yo un niño en Scranton, Joey mantén la fe”, dijo el presidente electo al terminar su discurso. “Nuestra abuela, cuando estaba viva, decía: ‘No, propagala. Propagá la fe’.”

Quizás no pueda curar una pandemia, o erradicar el racismo, o terminar con la rabia partidista. Pero si Joe Biden puede avanza en cualquiera de esos tres objetivos, y recuperar un poco de fe en que Estados Unidos puede ser de nuevo un país decente, tal vez sea suficiente.

Traducción: Mariana Oriolo



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