Desde hace algunos años asistimos, como casi siempre pasivos, a una campaña contra diversos personajes españoles que representan la presencia y legado de nuestro país en América de Norte. Esta campaña se ha intensificado en los últimos tiempos.

Por supuesto nada sucede por casualidad ni obedece a una sola causa. Todo parte supuestamente del movimiento indigenista, que hábilmente manipulado, ha dirigido sus ataques principalmente contra personajes españoles en lugar de apuntar a los actores de otras nacionalidades, los verdaderos culpables.

Hasta aquí operaría la estrategia del trilero que trata de desviar la atención: miras al vaso que no está la bolita mientras ésta ya oculta bajo otro o en la mano del farsante. En realidad, si hoy puede hablarse de indigenismo es porque quedan numerosos indígenas y esta simple constatación debiera servir para negar la recurrente acusación del genocidio hispano, pues donde hay indígenas y en buen número -por no hablar de los mestizos- sólo es en la zona de influencia española.

Por el contrario, al norte del río Grande, incluida la muy civilizada Canadá, o quedan pocos o ninguno. Si hubo (micro) genocidios en el sur fue después de que España se fuera (e.g. México o la campaña de la Patagonia en Argentina), hasta el punto de que Rigoberta Menchú, todavía a finales del siglo XX, tuvo que venir a pedir protección a la Audiencia Nacional de España contra su propio gobierno. Pero de todo esto curiosamente no se habla.

Por el contrario, para alimentar la estrategia de desviar la atención hace falta seguir sembrando el odio contra todo lo que suene a español, sean galgos o podencos. Basta leer el riguroso estudio escrito por el profesor californiano Philip Wayne Powell, titulado precisamente The Tree of Hate (El árbol del odio), en 1971, donde se describe con honestidad y auto-crítica la estrategia orquestada por diversos gobiernos norteamericanos a lo largo de la historia para exacerbar diversos prejuicios frente al mundo hispano, empezando por la escuela.

Y ello a pesar de que los Estados Unidos nos deban su independencia de los ingleses, impensable sin la aportación financiera de Carlos III y de las familias adineradas cubanas (las vueltas que da la Historia), así como de las campañas militares de Bernardo de Gálvez. Pero de esto tampoco de habla.

El Imperio español fue el que menos esclavos negros utilizó, muchos menos que Inglaterra, Francia, Holanda o Portugal

¿Por qué entonces atacar estatuas de Colón, de Fray Junípero Serra, Juan de Oñate o incluso de Cervantes? Quizás el Almirante pudiera tener algunas sombras, nunca capaces de oscurecer el indudable mérito de su fabulosa hazaña, pero de Junípero Serra o Cervantes no se conoce tacha.

Al contrario, el franciscano mallorquín, y por ello español, no mató un solo indio sino que salvó a numerosos de tal trance y del hambre. Llevó a aquellas tierras las técnicas de la agricultura, de la artesanía o de la fabricación de tejidos, y existen numerosos documentos que muestran que era muy querido y apreciado por todos ellos.

Construyó misiones (muchas de las cuales son hoy ciudades, como San Diego), iglesias, hospitales, escuelas y caminos que unían todas ellas, que nada tienen que envidiar a las famosas calzadas romanas. Además, redactó el documento Representación 1773 conocida como la Carta de Derechos de los indios, que se unía a lo establecido por las Leyes de Burgos y Leyes de Indias.

De Cervantes mejor no decir nada pues resulta evidente la muestra de ignorancia que supone su afrenta como no sea que, de forma indirecta y un tanto aviesa, se trata de acusarle de haber formado parte de la batalla de Lepanto, donde estaba en juego la pervivencia de la civilización europea.

A este respecto, sorprende también el silencio que observan los separatistas, promotores de los països catalans, cuando atacan a uno de los suyos (incluso cabe incluir a Cervantes al que el Institut de Nova Historia considera catalán). Se ve que no toca defender a los que no comulgan con ruedas de su molino. Aviso a navegantes.

Mucho menos sentido tiene este ataque en el marco del movimiento Black Lives Matter, pues el Imperio español fue el que menos esclavos negros utilizó, muchos menos que Inglaterra (el mayor comerciante de esclavos de la historia), Francia, Holanda o Portugal. Y cuando lo hizo, fundamentalmente en Cuba, debemos preguntarnos qué papel jugó en ese fenómeno el monopolio comercial que mantenía de facto la burguesía catalana con la isla, varios de cuyos miembros son antepasados de los actuales líderes separatistas.

Necesitamos un plan de acción y una estrategia firme tanto a nivel diplomático, como cultural, académico y político

Sorprende todavía aún más si esa denuncia viene de Estados Unidos pues fue España (a través del gobernador de Florida Manuel de Montiano) quien construyó el Fuerte Mosé al norte de la ciudad de San Agustín en 1738 que funcionó como el primer asentamiento de negros libres pues los esclavos que allí llegaban quedaban automáticamente manumitidos. Por no hablar de Juan Latino primer catedrático negro de la historia, en pleno siglo XVI, o de los matrimonios mixtos legalizados a los pocos años de haber llegado Colón a América. Así de racistas hemos sido.

Por todo ello, ante tamaña e injusta afrenta, que raya en lo surrealista, necesitamos un plan de acción y una estrategia firme tanto a nivel diplomático, como cultural, académico, político y mediático. Se diría que en España sólo se reacciona con firmeza si se trata de criticar a Trump o de dividir a los españoles, pero al parecer a pocos nos importa si está en juego nada menos que la reputación de nuestra nación y su legado.

Tal vez los salvajes (estos sí) que destruyen estatuas en Estados Unidos hayan aprendido su arte de los españoles que cada día se dedican a derrumbar nuestras propias estatuas, sin más premisa histórica que la doble vara de medir o el intento de avivar el rencor de unos contra otros. Han visto en España una presa fácil, un país débil que no se defiende de los insultos ni de los ataques cuando los formulan extranjeros, pero que se desgarra en acciones de ira y rabia si se trata de atacar a otro español.

Ya lo dijo el evangelista san Lucas (11:17): “Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado; y una casa dividida contra sí misma, cae”. Unas palabras que debieron resonar en la cabeza de Amadeo de Saboya cuando en su carta de despedida dijo cosas parecidas, por cierto mucho antes de que naciera Franco. O en la de Estanislao Figueras (catatán y presidente de la I República) cuando abandonó la reunión del Consejo de Ministros exclamando: “Señores, estoy hasta los cojones de todos nosotros”.

Se ve que, como ya alertara Hegel, somos incapaces de aprender de la Historia y seguimos obsesionados en alentar la creencia de que nuestro mayor enemigo es otro español.

Tal vez no estaría de más recuperar una memoria histórica inclusiva que permitiera defender lo que nos une, la dignidad y el honor de nuestro glorioso pasado común que forjaron grandes personajes, hombres y mujeres. Pues un pueblo que no defiende el honor de sus ancestros es un pueblo sin dignidad. Al final, tal vez tengamos las tempestades que hemos sembrado con los vientos de la discordia.

*** Alberto Gil Ibáñez es escritor y ensayista, autor del libro ‘La Leyenda negra: Historia del odio a España’.



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