La CIA estadounidense es una de esas instituciones que tiene todo un tesoro tecnológico en su historial. A medida que pasan los años van desclasificando archivos y parte de esta tecnología. Esto nos permite muchas veces sorprendernos con sus capacidades e ingenio poniendo en contexto las cosas. Un ejemplo de ello es el “insectocoptero” que crearon en la década de los 70, una libélula robot que espiaba y se comunicaba mediante retroreflectores. Toda una obra de ingeniería para la época.


En el propio museo de la CIA en Washington se encuentra esta libélula robot junto multitud de otros dispositivos creados en la época. Dispositivos que van desde palomas con cámaras hasta excrementos de tigre que registraban movimientos de tropas. Si bien la libélula fue conocida desde 2003 cuando apareció por primera vez en público, ha sido recientemente cuando han salido muchísimos detalles a la luz sobre ella gracias un documento de 28 páginas oficial.

50 años atrás el espiar mediante micrófonos ocultos era lo último en tecnología de espionaje. El problema de este método es que hay que estar presente en el lugar para poder capturar el sonido. La CIA encontró un método ingenioso para escuchar remotamente, los retrorreflectores. Esos vidrios permite reflejar la luz láser emitida por una fuente y así detectar cualquier vibración que altere el reflejo. Las vibraciones generadas por el sonido en los vidrios eran fácilmente detectables, por lo que analizándolas uno podía decodificar de qué se estaba hablando alrededor. Nada complejo hasta aquí, pero había que colocar esos retrorreflecotres en el lugar objetivo.

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El ingenio para hacer volar una libélula robot (y por qué una libélula)

Una de las ideas que tuvo la CIA para llevar vidrios retrorreflectores a los lugares objetivo sin ser detectados era utilizando insectos. Insectos robot que pudiesen ser controlados por ellos para acabar justo en el punto adecuado. Tras probar con diferentes ideas como las abejas, finalmente se decantaron por las libélulas gracias a la estabilidad de vuelo que tienen. Las libélulas, por su vuelo, son capaces de flotar en el aire, planear e incluso volar hacia atrás. Esto hace que sea mucho más fácil para el humano imitar su vuelo. Además, es un insecto común en todo el mundo, por lo que podía pasar desapercibido.

Replicar el aleteo de una libélula, que alcanza 1.800 aleteos por minuto, no es algo realmente sencillo. Para lograrlo los científicos utilizaron un oscilador fluídico, este no tiene partes móviles y se impulsa sólo por gas producido por cristales de nitrato de litio. A pesar de ello, no fue suficiente para que llevase una carga útil de 0,2 gramos como se requería (los vidrios retrorreflectores). Lo que hicieron los ingenieros de la CIA fue colocar un propulsor adicional en al parte trasera, esencialmente una propulsión a chorro para un dispositivo de apenas 6 centímetros de largo.

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Ahora que la libélula robot ya podía volar con la carga útil había que encontrar cómo hacerla volar donde se desease. Nada de control remoto por radio, no se podía añadir más peso a la libélula. En su lugar decidieron utilizar los propios retrorreflectores ya incorporados también para controlar el insecto. Un rayo láser infrarrojo y por lo tanto no visible al ojo humano apuntaba a la libélula durante el vuelo. El láser calentaba una tira bimetálica que permitía abrir o cerrar la propulsión del insecto. Además otro láser dirigía a duras penas el insecto hacia su destino.

Por sorprendente que parezca, funcionaba. El insecto robot era capaz de volar unos 200 metros de distancia con una autonomía de unos 60 segundos (a día de hoy hay algunos que ya vuelan sin batería). Más que suficiente para llegar al objetivo y dejar caer su carga util, esos preciados vidrios retrorreflectores. También era una misión suicida, ya que no había forma de hacer a la libélula robot volver.

Ideal en la teoría, no tanto en la práctica

Si bien es cierto que la libélula pudo demostrar su funcionamiento, nunca llegó a utilizarse en misiones reales según la CIA. En la teoría, en el laboratorio, la libélula volaba correctamente. El problema es que en el laboratorio el vuelo era en un túnel de viento estable y con un entorno controlado. La práctica, en el mundo real, implica un entorno en el que cualquier brisa puede desviar y perder el insecto robot. Esto es un importante problema si tenemos en cuenta que se controla con alguien apuntando constantemente con un láser a él.

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Según la CIA nunca llegaron a utilizar la libélula en una misión real. El proyecto entero costó unos 140.000 millones de dólares (por inflación eso es mucho más correspondiente a la actualidad) pero al no acabar utilizándose finalmente se cerró. Nos queda ahora la historia y el hecho de ser otro proyecto que se inspira en la naturaleza para imitarla con tecnología.

Más información | CIA y The Black Vault



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