Hace ya unos cuantos años, una amiga rumana que vivía en España me comentaba las razones que le obligaron a emigrar a nuestro país. La principal, el sueldo medio en Rumanía era por entonces de 400 euros, pero los precios de todo lo básico eran casi idénticos a los españoles. Bastante tiempo después, me acuerdo mucho de aquella conversación con mi amiga porque voy viendo como poco a poco España lleva el camino de convertirse en una Rumanía en lo que a la economía y nivel de vida se refiere.

Desde la época del gobierno de José María Aznar, los gobiernos de España han tenido una idea con respecto al futuro del país: hacerlo competitivo. Lo que traducido al lenguaje de los mortales significa conseguir, al precio que sea, una mano de obra barata que sea suficientemente atractiva para que las empresas nos consideren dignas de su localización. De la fiscalidad y puertas giratorias no se hablaba, claro. Ese, además de ponérselo fácil a los grandes empresarios de nuestro país, que han demostrado que sólo son imaginativos cuando se trata de buscar formas de cercenar el sueldo del currito, fue el fin último del ensayo de reforma laboral -fallida tras una huelga general- que intentó Aznar en 2002 y ha sido el objetivo de todos los tijeretazos que se han dado después impunemente a los derechos laborales con el beneplácito de los sindicatos.

España se ha convertido en un país donde es increíblemente barato trabajar. Las reformas antes mencionadas, la parsimonia de los sindicatos y el miedo y la inactividad de los trabajadores que, asustados y “paralizados” -por decir algo-, por los efectos de la crisis han tragado con casi cualquier rebaja en la nómina que se les ponía por delante “con tal de no quedarse sin empleo”, han hecho de España una suerte de “Ryanair” laboral donde el kilo de profesional cualificado se vende a precio de saldo. No digamos ya, el de aquellos que no pueden ofrecer un trabajo especializado o los que se quedaron en el vacío más absoluto con la caída de la burbuja inmobiliaria.

Aquí, “desde la distancia”, son muchos los que se han instalado buscando mejores condiciones laborales. Sabiéndose valorados en su campo y hartos de que su futuro profesional estuviese cada vez más cuajado de “rebajas, recortes y sueldos no acordes a su responsabilidad” no han dudado en hacer las maletas y venirse al fuego que más calienta. Da pena ver cómo ahora los puestos que ellos dejaron se ofrecen en las páginas de empleo por 10.000, 15.000 o incluso 20.000 euros menos anuales que los ellos ganaban y que aquí, en UK, que es lo que yo conozco, otras empresas del sector no escatiman en pagar… Al contrario.

El otro día hablaba con una amiga “recruiter” instalada en Londres desde hace varios años. Me decía que a la hora de reclutar para empresas de UK, ella se dedica a expertos en tecnología de la información, los idiomas más valorados son el alemán y el francés. Después de ellos, el español, el italiano y el portugués. A mi me sorprendió que el español no se valorase en la misma medida que, por ejemplo, el francés, a lo que me respondió que “los lugares donde se habla español, incluida España, son mercados “low cost”, buenos para tener mano de obra barata pero donde hay que bregarse mucho para tener verdaderos beneficios”.

Eso somos, sin ambages, un mercado de mano de obra barata. Nuestros dirigentes políticos pueden estar contentos, han conseguido el objetivo: somos competitivos en el sentido más canalla de la palabra. Podemos hacer lo mismo que el resto, a un precio increíblemente más bajo. No os engañéis cuando intenten vendernos la moto de que “las empresas punteras europeas miran a España por la calidad de sus profesionales”, lo hacen porque somos más baratos y damos menos guerra que el resto y, como extra, no tenemos desfase horario.

Y para muestra un botón. No es un secreto que en el mercado de las nuevas tecnologías muchas compañías punteras habían desplazado gran parte de su negocio a lugares como la India, donde los programadores tienen un gran nivel. Estas empresas sólo contrataban a un jefe de proyecto para la gestión, mientras externalizaban el resto del trabajo a mercados como el indio. Esta tendencia está empezando a cambiar y en los círculos directivos ya se comenta la deslocalización desde la India hacia España porque a día de hoy, en términos absolutos, la mano de obra es más barata.

Sinceramente, a mi no me importaría vivir en un país “low cost” siempre y cuando los servicios y productos básicos también lo fueran. Pero vista la tendencia, me temo que en no mucho tiempo viviremos con salarios de “Tercer Mundo” y costes y necesidades de “Primero”.

 

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María E. Vicente

Casi un año viviendo en Londres que ha dado para mucho... sobre todo para darme cuenta de lo diferentes que son algunas cosas fuera de España. "Desde la distancia" se aprecian otros matices y esos son los que pretendo contar desde este espacio.

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