Historias de amor y desamor, del paso del tiempo y la pérdida de la inocencia, entre atisbos de luminosidad, se filtran en Antonio Arias y Fernando Alfaro contra el pueblo, el espectáculo que podrá verse mañana martes en la sala Es Gremi de Palma, y que une a dos figuras cardinales en la genealogía del rock independiente estatal. Guitarreros y melancólicos, poéticos y certeros, el granadino y el manchego vuelven al ruedo cargados de historias, con el carisma y la fe indesmayable que les caracterizan, pero con las ganas de un chaval. Hablamos con Antonio Arias, líder de Lagartija Nick y autor de canciones que a veces suenan mágicas y otras amargas, pero que siempre dejan huella.

¿Cómo nace el espectáculo Antonio Arias y Fernando Alfaro contra el pueblo?

—Es la crónica de una unión anunciada, tenía ganas de aprender y sumergirme en el universo de Alfaro y Surfin’ Bichos. Enseguida vimos que la dimensión de nuestra unión iba mucho más allá de nuestras canciones.

Tras crear este espectáculo tan íntimo, ¿qué ha descubierto y qué le ha sorprendido de su compañero?

—Lo telúrico que es, es muy terrenal. Fernando es uno de esos artistas que poseen la voz de la Tierra, tiene ese rollo arcano que me gusta.

Si el pop son tres minutos de magia, ¿por qué derroteros discurre vuestro show?

—Llevamos el espectáculo como si fuera una conversación entre bastidores tras un concierto, es un diálogo presentando canciones.

¿Le sorprendió que durante el confinamiento algunos dieran por sentado que un artista debía hacer cosas productivas?

—Bueno, tal vez fuese porque se nos considera observadores de nuestro entorno. A muchos nos vino bien para terminar aquellas canciones que estaban a medias, y para darnos cuenta de lo mucho que nos falta para entender este mundo.

En una entrevista tu compañero reconocía que con lo que se ha gastado en drogas podría haberse comprado el Taj Mahal. ¿Tu inversión dio para tanto?

—(Risas) Da, da… aunque yo era más de litrona y porrillo.

Antes te comprabas un disco y venerabas las canciones como evangelios escritos en piedra, ahora escuchas un tema y a la semana siguiente te has olvidado de el. ¿Influye esta nueva inercia a la hora de componer?

—Sí, evidentemente es un hándicap. Hoy para que la gente escuche un álbum entero tienes que darle 12 motivos muy fuertes.

Rimbaud escribió ‘mi única juventud fue la locura’, dígame: ¿Fue tan retadora su juventud?

—Sí, es el tiempo de los asesinos, que decía Rimbaud. En la vida hay un momento en el que necesitas al psicópata, y en mi juventud lo necesitaba. Tenía menos experiencia pero le echaba más huevos.

¿Cuál es la mayor lección que le ha enseñado la vida?

—En una entrevista a Pepe Marchena le preguntaron ‘¿qué es lo que más le ha ayudado en la vida?’, a lo que contestó ‘yo soy quien me he dado los mejores consejos’. Pues en mi caso es al revés, yo soy el que me he dado los peores consejos en la vida.

¿Por qué se habla tan poco de precariedad laboral y otras desgracias cotidianas y tanto de amor y desamor en el pop?

—En el pop se tiende a idealizar el amor y el pasado.

¿Alguna vez se arrepintió de abandonar 091?, tenía un componente de malditismo poético que los hacia irresistibles…

—Sí, tienen ese toque. Los ‘cero’ fueron mi universidad, lo aprendí todo de ellos, pero tenía en mente otros retos, si me hubiese quedado no podría haber crecido como artista.

¿Le ha pasado algo más sorprendente que toparse con Joe Strummer de los The Clash en un bareto de Granada en los 80?

—Yo no estaba esa noche en el pub, pero al día siguiente me dijeron que Joe iba a venir a vernos ensayar, yo pensaba que me estaban vacilando. Cuando me lo encontré aluciné. Con él reí, lloré y viví emociones muy fuertes y reales.

¿Es difícil no dejarse arrastrar por las modas?

—La música es una decisión diaria. Como decía Picasso me gusta meterme en cosas que no sé. Me gusta enfrentarme a esos retos.

¿Se siente cómodo cuando le llaman artista de culto?

—No me importa, J [cantante de Los Planetas] siempre me dice ‘eres un artista de culto y yo popular’.



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