Les reconozco que yo esta semana iba a hablar del Atlético de Madrid, ese equipo al que quiero, odio, sufro y este año, por fin, disfruto, aunque sea “desde la distancia”; pero justo cuando iba a empezar a escribir se me han cruzado dos historias por el camino que me han hecho cambiar de idea. Una ha sido la de una indignada Soraya Sáenz en Santamaría negando categóricamente en los pasillos del Congreso que hubiese cobrado en “B” de su partido. “En mi puta vida”, se encendía la Vicepresidenta, negando la mayor ante los periodistas. La otra, es la historia de un paciente, al borde de la muerte por un segundo infarto, que podía haber evitado si hubiese tomado la medicación; una medicación que no puede permitirse y que por eso ha dejado de pagar. La historia la cuenta su cardiólogo y, aunque es difícil de contrastar, todos sabemos que casos así están pasando con cada vez más frecuencia.

No sé si la señora Sáenz de Santamaría ha cobrado un sobre en negro “en su puta vida”, pero tengo muy claro que “en toda su puta vida” debería permitir casos como el cuenta el cardiólogo. Le va en el cargo. Un cargo que le pagamos todos con nuestros impuestos, y muy bien, por cierto. Y en este punto, no puedo dejar de expresar mi más profundo pesimismo por que las cosas cambien. Lo siento.

Ayer me comentaba una colega de profesión que estaba en cierto modo ilusionada porque se veía movimiento, aires de cambio, sobre todo en las redes. Verdad. Pero todo este sistema nos trasciende tanto y está tan opacamente montado por los que mueven el cotarro que me resulta casi imposible pensar que algo pueda cambiar… simplemente porque de una forma u otra nos impedirán hacerlo. Sin contar, además, que durante demasiado tiempo nos hemos hecho la cama nosotros solitos pensando que trabajábamos cada día construyendo un futuro… cada vez más individualista y egoísta.

Si me pongo a pensar, el momento en el que fui consciente de que casi todo estaba perdido socialmente fue hace casi cuatro años, durante la huelga del Metro de Madrid. Sufrí esa huelga como todos los que vivían en la ciudad y les aseguro que no encontré casi ninguna voz que se aliase con los trabajadores del suburbano. Al contrario. En los autobuses llenos sólo había quejas por lo “insolidario” del paro y porque “siempre tenemos que pagar los mismos las protestas de los demás”. Una protesta que surgió porque la Comunidad de Madrid, pretendía saltarse a la torera el convenio colectivo firmado con los trabajadores sólo un año antes, si no me equivoco.

Todos esos que hace cuatro años se quejaban amargamente, seguramente ahora estén protestando porque no tienen trabajo, porque les cobran más por las medicinas, porque les han bajado el sueldo, o porque están metidos en un ERE sólo porque su empresa ha decidido que tiene que ganar más dinero. Y lo peor, habrá otros que seguirán diciendo que “de lo malo, tengo trabajo”, “por lo menos me quedan dos años de paro” o “porque mis padres me ayudan que si no…”. Y volverán a quejarse de cualquier otra protesta laboral que les afecte mínima o máximamente y tacharán a los huelguistas de insolidarios.

Cada día vemos cómo siendo y habiendo sido un lobo para nosotros mismos, los de arriba, los que se hacen de oro con el sudor de nuestra frente, se aprovechan de nuestra insolidaridad más básica y nuestro individualismo quebrador. Puede que la solución esté en ir dando pequeños pasos. Por ejemplo, empezar a no comprar en domingo “en nuestra puta vida”. Se habla mucho en las redes del poder que tenemos como ciudadanos y, sobre todo, como consumidores. Quizá esté ahí el “quid” de la cuestión. Y seguir siendo individualistas e egoístas pero en otra dirección, pensando, “hoy le toca a este, mañana puedo ser yo”. Ya que seguramente no podamos resolver una parte de la ecuación, resolvamos la que está en nuestras manos con pequeños -o grandes- cambios que hagan nuestra vida un poco menos “puta”. Con perdón.

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María E. Vicente

Casi un año viviendo en Londres que ha dado para mucho... sobre todo para darme cuenta de lo diferentes que son algunas cosas fuera de España. "Desde la distancia" se aprecian otros matices y esos son los que pretendo contar desde este espacio.

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