Foto: Antoine Gillet (CC).

Tengo tres Biblias en casa. La de toda la vida, la del rey Jaime y la Biblia de los Gedeones. La Biblia de los Gedeones es bastante rara, tiene las tapas como de hule acolchado color cobre y parece más usada que vieja. Me la llevé del cajón de la mesita de noche de un motel de San Francisco, igual que le pasó al «Rocky Raccoon» de la canción de los Beatles buscando a su chica por las montañas de Dakota. Me la llevé porque en el interior pone muy clarito que puedes hacerlo (pero no puedes venderla, evidentemente), y porque alguna vez había escuchado eso de «Take the Bible, not the towels». Algo así como «Llévate la Biblia, no las toallas». De hecho, el señor Woody Murray, portavoz de la editorial de la Biblia de los Gedeones, anima a los clientes a que se la lleven si quieren, y casi que la intención parece ser esa, con tal de que se lea.

Los Gedeones empezaron hace muchos años, en 1898, cuando dos viajantes de comercio, el señor Nicholson y el señor Hill, llegaron al pequeño pueblo de Boscobel, Wisconsin, a pasar la noche. No se conocían de nada pero como quedaba solo una habitación libre no les quedó más remedio que compartirla. Después de la cena se pusieron a charlar, esto era antes de la tele, y ya a las tantas se les ocurrió crear una asociación evangélica para comerciales y hombres de negocios como ellos. Pronto se les unió el señor Knight y llegaron a la conclusión de que la mejor manera de distribuir la Biblia era hacerlo en los hoteles y moteles de todo el país. Empezaron por Montana y en los siguientes ciento veinte años no han hecho más que expandirse, van por los 1700 millones de Biblias que puedes leer en hoteles, en hospitales, prisiones, en todas partes (salvo en los hoteles Marriott, que fundaron mormones, y donde en lugar de la Biblia te encuentras el Libro de los Mormones, claro). Biblias de costa a costa, eso te encuentras en Estados Unidos, aunque aquí según tu confesión la interpretes más o menos al pie de la letra. Incluso en pleno sigo XXI ser baptista, metodista, presbiteriano o pentecostalista define más de lo que podría parecer.

A grandes rasgos las diferencias entre estos grupos cristianos vendrían a ser estas: los metodistas y presbiterianos son los más liberales, en el sentido de que no toman la Biblia al pie de la letra, son casi todos blancos y cada vez menos numerosos, y son urbanos, con estudios. Los baptistas son bastante más fundamentalistas en cuanto a la interpretación de la Biblia. Al contrario que los metodistas y presbiterianos, creen que una vez que has sido bautizado ya irás al cielo hagas lo que hagas (por eso no puedes ser bautizado hasta que no tienes uso de razón), y creen firmemente en la evangelización y propagación de la palabra de Dios. Son estos baptistas los que más nos suenan, los hemos visto en True Detective y en True Blood, esas ceremonias de inmersión en ríos cenagosos, bautismos de quinceañeras con los ojos rojos, de noche, al olor de las magnolias.

Foto: James Willamor (CC).

Los baptistas son más del Bible Belt, una región algo difusa que viene a ocupar el sur de Estados Unidos salvo Florida y la costa oeste, con fuerte presencia en Oklahoma y Kentucky (donde se encuentra el Museo Creacionista, un museo sobre la historia de la humanidad con bonitos dioramas didácticos donde los humanos aparecen junto con los dinosaurios). El sur bíblico, el sur republicano, el sur sudista hasta la médula. Fue aquí, en el sur, en Kentucky, en el corazón de los Apalaches, donde nació el «Tent Revival», en julio de 1900, a orillas del río Gasper. Entonces se unieron un puñado de evangelistas para rezar porque no tenían otro lugar donde hacerlo. Al año siguiente se reunieron la friolera de veinticinco mil personas entre presbiterianos, baptistas, metodistas, todos juntos, y a partir de ahí se abrió la veda. El Tent Revival (que, no resulta sorprendente, está ahora mismo resurgiendo en algunos estados del sur) no era otra cosa que la congregación de un gran número de feligreses en enormes tiendas de campaña que se levantaban a la intemperie en zonas rurales o remotas donde, entonces,  no había iglesias construidas. Las tiendas de campaña tenían pinta de carpas de circo porque había mucho de eso ahí dentro, donde se unía la oración con el entretenimiento, la fe con el espectáculo, la Biblia con el ocio (aunque también era un circuito de alfabetización y educación que funcionó a las mil maravillas, todo hay que decirlo).

Unos pocos años más tarde, en 1906, William J. Seymour, un pastor afroamericano, tuerto, hijo de esclavos, se plantó en Los Ángeles para llevar la palabra de Dios. Venía de Houston, donde se había labrado un nombre como pastor, pero Los Ángeles se le resistía. Así que en marzo de ese año hizo una promesa y tras cinco semanas seguidas de oración y tres días de ayuno, el día 9 de abril se subió a un púlpito en medio de la calle y empezó a hablar en «una lengua extraña». Había recibido el don de lenguas del que habla el Pentecostés. En ese momento muchas otras de las personas que se encontraban allí en la esquina empezaron a hablar en lenguas extrañas también. Esto ocurría en la calle North Bonnie Brae, (muy cerca del actual Echo Park), donde poco a poco se fue reuniendo una multitud que estuvo «hablando en lenguas» durante tres días y tres noches, hasta que los cimientos de la casa se vinieron abajo y se mudaron a Azusa Street, a un antiguo establo donde muy pronto se reunieron hasta mil quinientas personas. Hombres, mujeres, niños, latinos, blancos. Corrían, saltaban, se arrojaban al suelo, se desmayaban, gritaban durante días y noches seguidos, hablaban en lenguas. Así se tiraron tres años enteros, tres años de fiebre religiosa y fervor delirante. Acababa de nacer el pentecostalismo. El pentecostalismo, más allá del exceso, viene a decir que la experiencia con Dios es directa, y que cuando el Espíritu Santo te embarga puedes hacer cosas extraordinarias como hablar en lenguas extrañas y sanar enfermos.

Foto: Paul Nicholson (CC).

Los pastores pentecostalistas lo que tenían (y tienen) es un pico de oro, muchos de ellos eran unos embaucadores, unos asaltaviejas y cantamañanas que empezaron a proliferar sobre todo por la costa oeste, donde no era raro encontrar un Elmer Gantry en cada pueblo. Pero fue entre los años cuarenta y los cincuenta cuando se produjo el verdadero boom, una auténtica cruzada de «pastores sanadores» o healing revivals de entre los que merecería rescatar a Oral Roberts. Oral Roberts, un descendiente de indios cherokees, un buen día de 1947 se compró un Buick y a la mañana siguiente se le apareció Dios y le dijo que se fuera a sanar enfermos. Y eso hizo. Al principio emprendió su misión en carpas donde reunía hasta tres mil personas de una tacada y su taquilla  fue tal que al poco tiempo acabó visitando los cinco continentes. Fundó una revista y una universidad en Tulsa, Oklahoma. Como no tenía bastante, fue el primer televangelista, en 1954. Después fundó su propia cadena de televisión. Y después el City of Faith Medical Center, en 1977, un establecimiento en el que sanaba a los enfermos mediante la medicina y la oración. Toda esta actividad frenética empezó a torcerse un poquito cuando en enero de 1987 dijo en la tele que, a no ser que recibiera una donación de ocho millones de dólares, Dios se lo llevaría a su seno en dos meses. Llegó marzo y seguía ahí, predicando en su programa de televisión, con su tupé teñido y almidonado, a pesar de no haber recaudado más que la mitad. Entonces amenazó vagamente con suicidarse si no conseguía esa cantidad y a las pocas semanas alcanzó los nueve millones de dólares (por cierto, que la redacción de las cartas para recaudar fondos corrió a cargo de un tal Gene Ewing, quien sigue vivito y coleando y tiene el récord de conseguir hasta seis millones de dólares… en un mes). Hacia los ochenta empezó a tener líos con Hacienda, como la práctica totalidad de los televangelistas.

Si alguien recuerda Going Clear, el documental sobre los entresijos de la Cienciología, entenderá por qué la mayoría de estos ladrones de guante blanco consiguen evadir dinero al fisco y aquí no pasa nada (y es que en Estados Unidos cualquier iglesia y actividad religiosa tiene exención fiscal). De entre los pentecostalistas de la tele que más ruido han hecho tenemos a Jimmy Swaggart, que lleva nada menos que cuarenta años predicando por la televisión a nivel local e internacional, con audiencias de hasta quinientos millones de personas y campmeetings a lo bestia. En los ochenta se embarcó en una cruzada personal muy loca contra el heavy metal, hasta el punto de que Steve Harris, el de Iron Maiden, lo demandó por vía judicial. La demanda judicial levantó otros temas escabrosos de rebote, como el encuentro de Swaggart con una prostituta, y otros tejemanejes que acabaron saliendo a la luz. Harris ganó el juicio en el 88 y, como al final resultó que no era Lucifer sino un señor, acabó dedicando a Swaggart una canción, «Holy Smoke».

Foto: Steve Rhodes (CC).

Otro pentecostalista muy popular y que aún pita hasta en las redes es Creflo Dollar (es su nombre real, sí), un tipo que se ha inventado la jugada perfecta para que sus feligreses (trescientos mil) y él mismo engañen a Hacienda mientras engordan la billetera y viajan en jet privado. Creflo Dollar fue uno de los seis investigados por el Senado en el 2007 en la que ha sido quizás la mayor operación contra los televangelistas de la historia americana. Sorprendentemente, la investigación, que puso en marcha el senador republicano Chuck Grassley, acabó como el rosario de la aurora, sin el menor éxito, y probablemente no consiguió más que justificar lo injustificable. De hecho, ha sido desde entonces cuando han empezado a proliferar aún más si cabe las megachurches o ‘megaiglesias’, edificios enormes como un campo de fútbol que pueden alojar hasta cincuenta mil personas. Las llaman también McChurch o McIglesias porque, además del recinto para el encuentro religioso, cuentan con tiendas y cafeterías, todo encaminado a que consumas, te encuentres bien y pases un buen rato como cuando bajas al McDonald’s. Está todo tan bien calculado que suelen estar situadas en lugares de difícil acceso para asegurarse de que el «cliente» viene en coche (y dispone de cash, en consecuencia).

Como siempre ocurre, la lata no se abre más que desde dentro y quien de verdad acabó tirando de la manta de todo el cotarro y la farsa del pentecostalismo fue Marjoe Gortner, un pastor que lo petaba allá en los sesenta. Marjoe Gortner, un caradura con pinta de Rolling Stone que pasó de ser el pastor más joven del mundo, ordenado a los cuatro años, a salir en Falcon Crest. Ya debían de gustarle las cámaras desde muy pequeño porque a la edad de apenas cinco años casó a una pareja en Hollywood y se marcaba unos sermones de padre y muy señor mío en teatros de toda América. Corrían los años cincuenta y su madre le cosía bolsillos secretos en los pantalones de terciopelo y las camisas de seda para esconder los billetes. Unos billetes que alcanzaron alrededor de los tres millones de dólares y de los que Marjoe nunca vio un centavo porque sus padres se lo levantaron todo y lo dejaron solito, y ¿adónde se fue? A San Francisco. Con dieciséis años.

Era guapetón, era un pelirrojo con una cara a lo Kennedy, era el Verano del Amor. Se hizo hippy, acabó viviendo en la calle. Como no tenía ni dónde caerse muerto y necesitaba dinero recurrió a lo único que sabía, a darle al pico. Así que volvió a subirse a los escenarios del circuito evangélico. Se fijó en Mick Jagger como modelo, la estrella más bombástica del momento. Empezó a vestirse como Jagger, a moverse como Jagger, lentejuelas, mallas, camisa abierta y una masa de rizos afroangelicales. Pasaba seis meses predicando y con lo que sacaba se volvía a California, a tirarse a la bartola y tocar en su banda de rock. Todo iba muy bien, demasiado bien, hasta que un día se cansó de todo ese circo. Le había entrado cargo de conciencia. Se buscó un director de cine (dos, en realidad, Howard Smith y Sarah Kernochan) y unas cuantas cámaras para que le acompañaran en la trastienda de la que sería su última gira por Estados Unidos. La peli que resultó, Marjoe, pasó por Cannes y ganó el Óscar al mejor documental en 1972. En una escena Gortner aparece contando un montón de billetes sobre la cama del hotel, en otra hace una demo de cómo «hablar en lenguas», de cómo se camela al personal, de cómo prepara cada espectáculo. Después de esto dejó los escenarios, por supuesto. Se casó con la chica de American Graffiti, sacó un disco, muy malo, intentó entrar en Hollywood. Actuó en Terremoto, salió en alguna peli de serie B. El documental tuvo muy poca difusión en Estados Unidos, de hecho, la única copia se perdió en los setenta hasta que el negativo se recuperó en el 2002 y salió en DVD y luego en Netflix. De Marjoe poco se sabe ya. Si algo le salvó de verdad fue ser uno de los elegidos por Christopher Hitchens en Dios no es bueno, y eso sí que es que Dios te elija. Una vez, en una entrevista, Marjoe dijo algo muy claro, negro sobre blanco, el dedo en la llaga: «Los pentecostalistas como yo predicamos para gente muy pobre. Si no te ven llegar en un Cadillac, no creen que has sido elegido por el Señor».

En una de las últimas encuestas efectuadas sobre creencias religiosas, cuatro de cada diez americanos (unos cien millones de personas) se consideran born again, es decir, ‘renacidos en la fe’. Esta encuesta es del 2010. Amén a eso.

Foto: micadew (CC).



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