No es Bill Gates, ni Steve Jobs, ni mucho menos Mark Zuckerberg o Elon Musk. Ellos se llevan todos los focos. Aun así, Masayoshi Son, CEO y fundador de Softbank, es uno de los grandes emprendedores tecnológicos de la historia y sin él no se entienden el éxito de Uber, Slack o Alibaba. Ganó, con solo 21 años, su primer millón de dólares vendiendo su startup a Sharp.

Es verdad que Son no se ha divertido mucho en los últimos dos años. Todo empezó a descarrilar seriamente con el duro golpe que supuso el desplome de las valoraciones de WeWork, que se exhibía como el futuro del coworking, en la recta final del verano de 2019.

Aunque los rumores sobre su inverosímil modelo de negocio llevaban meses circulando, fue en septiembre cuando se canceló su salida a Bolsa y le dejó un boquete de más de 4.500 millones de dólares a su principal accionista, Softbank, que cerró su ejercicio fiscal en marzo con unas pérdidas de casi 13.000 millones. Aquellos fueron los primeros números rojos en 15 años.

Perdió 4.500 millones de dólares con WeWork

El estallido de la crisis pandémica fue la siguiente vuelta de tuerca para Son. Cada vez eran más los que cuestionaban su legendario olfato y algunos de sus inversores de referencia (por ejemplo, los saudíes y los jeques de Abu Dhabi) frenaron sus inversiones. Querían saber si éste era su final. La acciones de Softbank se desplomaron a la mitad de su valor en marzo y no recuperaron y superaron las cifras de febrero hasta julio.

Son respondió apostando (y perdiendo ) con algunos derivados financieros de alto riesgo, anunciando un fondo para emprendedores ‘de color’ de 100 millones de dólares en medio de las protestas por la brutalidad policial contra George Floyd, revolucionando su consejo de administración para apuntalar su independencia y, sobre todo, vendiendo miles de millones en activos para mantenerse a flote.

Todo ello ha hecho que recupere los beneficios y la confianza del mercado: los títulos de Softbank no habían valido tanto desde hace más de dos décadas. Entre los activos que ha vendido se encuentran la empresa de telecomunicaciones Sprint y una porción importante de Alibaba.

Alibaba: una inversión espectacular

Jack Ma, el fundador del gigante chino y amigo de Son, abandonó su sillón del consejo de Softbank en junio, y muchos vieron el final de una era. El japonés compró un 34% de Alibaba por 20 millones de dólares en el el año 2000. Solo 14 años después sus títulos ya valían 50.000 millones. ¿Pero de qué era estamos hablando y qué nos dice del relativamente desconocido emprendedor japonés?

Para empezar, como apunta astutamente un analista de TechCrunch, Jack Ma, que también es miembro del Partido Comunista chino y muy próximo al presidente Xi Jinping, se ha convertido en la imagen del éxito y el nuevo poder de su país justo en un momento en el que la opinión de los americanos y de su Gobierno ha virado, radicalmente, en contra de Pekín. Según Pew Research, la población que ve negativamente al gigante asiático ha pasado del 47% en 2017 al 66% en 2020.

En los últimos tres años, Donald Trump le ha declarado la guerra comercial porque la considera una amenaza para los empleos y la prosperidad de las clase media, y Biden no se ha comprometido a retirar sus medidas. Además, el ascenso de las grandes tecnológicas chinas asusta a los estadounidenses, que también desconfían de la forma en la que la segunda potencia mundial ha gestionado la pandemia. Finalmente, Washington ha empezado a tomar represalias contra empresas chinas digitales y de telecomunicaciones como ZTE, TikTok y Huawei.

Masayoshi Son no solo ha sobrevivido a estas tensiones geopolíticas para salvar su negocio. Cuando se supo, en 2018, del asesinato y las terribles torturas que sufrió el periodista Jamal Khashoggi en el consulado saudí de Estambul, el emprendedor tuvo que dar explicaciones.

Arabia Saudí era el mayor inversor de uno de los principales vehículos financieros de Son, el Vision Fund, en el que había ‘volcado’ hasta 45.000 millones de dólares.

De todos modos, las relaciones entre Riad y Softbank siguieron siendo muy estrechas. El mismo mes que dio explicaciones, noviembre de 2018, cerró un negocio fotovoltaico en tierras saudíes por más de 1.000 millones de dólares. En 2020, Yasir O. Al-Rumayyan, el representante saudí en Softbank, abandonó su consejo de administración fundamentalmente porque, como sucedía con otros consejeros, su proximidad con Son era tal que algunos inversores podían dudar de su independencia como supervisor.

Gracias a su éxito en China y al apoyo de los saudíes, en los últimos 20 años, el CEO y fundador de Softbank se ha coronado como un legendario cazador y creador de unicornios. Alibaba era una pequeña empresa en 2000 y se ha convertido en un imperio. Se puede decir algo parecido de otras apuestas de Son como Uber, Slack o la gigantesca plataforma de comercio electrónico india Flipkart, que vendió hace pocos años a Walmart.

Sin embargo, como muestran el ejemplo de WeWork —y de la inmobiliaria Compass—, también hubo unicornios que le salieron rana… y las crisis reputacionales de Uber han puesto en serio peligro la compañía y limitado su crecimiento. Previamente, no se puede olvidar que Masayoshi Son vivió un doloroso descenso a los infiernos durante el estallido de la burbuja tecnológica.

La burbuja puntocom le estalló en la cara

Concretamente, perdió 75.000 millones de dólares y la valoración de cada título de Softbank pasó de superar los 10.000 yenes en el año 2000 a hundirse hasta los 150 yenes en 2002. Antes de la debacle, había llegado a ser el octavo hombre más rico del mundo. Entonces también fueron muchos los que lo dieron por acabado.

Pocos meses antes de crac, el emprendedor aseguraba, ante la incredulidad de analistas y periodistas especializados, que la revolución de internet sería todavía más abrumadora que la del ordenador personal.

Aquello sonaba bastante asombroso viniendo de alguien que se había hecho rico, sobre todo, gracias al rugido del PC a partir de los ochenta y que, hasta mediados de los noventa, había concentrado sus inversiones en la distribución y comercialización de software para ordenadores personales, la organización de ferias de informática (Comdex, en Las Vegas, es un buen ejemplo) y la publicación de revistas vinculadas con los PC.

Con menos de 40 años ya había ganado 1.500 millones de dólares

En 1995, la fortuna de Son, que no había cumplido los 40 años, ya superaba los 1.500 millones de dólares. Un año después, adquirió una participación mayoritaria en Yahoo! y empezó a ligar su carrera al ‘boom’ de internet.

Y aquello lo había conseguido, en parte, haciendo de puente entre las empresas japonesas y las estadounidenses. A principios de los noventa, con poco más de treinta años, convenció a los grandes directivos de Toshiba, NEC, Fujitsu y Canon para que se uniesen con Novell en Japón y desatasen una revolución de la interconectividad de los ordenadores personales.

Y eso fue después de haber fracasado con una alianza entre Business Land, Toshiba, Canon, Sony y Fujitsu. Es decir, lo recibían los hombres más poderosos de Japón y lo valoraban lo suficiente como para perdonarle fracasos millonarios. Y, además, se los perdonaban en una cultura donde la juventud estaba severamente penalizada y se menospreciaba a las personas de origen coreano.

Masayoshi Son había nacido en 1957 en un pequeño pueblo de la isla de Kyushu, en el sur de Japón, pero sus abuelos provenían de Corea y sus padres no tuvieron durante un tiempo ni siquiera papeles. Más adelante, se cambiaron el apellido para evitar la discriminación: no me llaméis Son; llamadme Yasumoto.

A los 16 años, el joven Masayoshi contaba con medios suficientes para mudarse a los Estados Unidos y se matriculó en una escuela de California. Comenzó a usar su auténtico apellido. Poco después, ya como estudiante de Económicas en la Universidad de Berkeley, inventó con la ayuda de sus profesores un traductor electrónico que vendió al gigante japonés Sharp por más de un millón y medio de dólares.

En los ochenta, y justo en el momento en el que Japón parecía que se iba a ‘comer’ a Estados Unidos y que los gigantes tecnológicos del futuro tendrían apellido nipón, Son volvió a ganar otro millón de dólares importando máquinas de videojuegos usadas de Japón, a crédito, e instalándolas en dormitorios y restaurantes.

Y aquello, ahora lo sabemos, solo era el principio.



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