Ha sido, sin duda, la noticia del día. Esta mañana yo me enteraba a través del whatsapp, pero las redes sociales, a las diez de la mañana hora española, ya llevaban un rato ardiendo. Primero con la noticia de que Mariano Rajoy daría un comunicado; después, con la abdicación del Rey. La primera lectura que se puede hacer de la noticia es que este momento tenía que llegar antes o después. Las últimas encuestas revelaban que Juan Carlos ya no contaba con el respaldo de la ciudadanía: dos tercios pensaban que debería dimitir, según publicaba el diario El Mundo el año pasado.

De la consecuencia lógica pasamos a la estrategia pura y dura. La Casa Real no es ajena, pese a la opacidad en la que siempre se ha movido, al descontento de los españoles. Los problemas por los que atraviesa nuestro país han salpicado, y con razón, a una institución que ha pasado de “intocable” a más que cuestionada, por múltiples aspectos. Si para dos generaciones enteras, la de mis abuelos y la de mis padres, el Rey ha sido el estandarte del proceso democrático reinstaurado en nuestro país; para las dos siguientes, su figura no deja de ser la de una institución anacrónica, impuesta por el anterior dictador, Francisco Franco, y que durante estos 39 años de reinado no ha hecho sino inflar sus cuentas corrientes.

Con el caldo de cultivo de la crisis y la falta de oportunidades están brotando otras ideas, otras maneras de hacer política y otras mentalidades que vienen pisando fuerte desde el núcleo mismo de la población, convencida, cada vez más, que sólo puede confiar en su fuerza para sacarse las castañas del fuego. Ya no lo harán ni los políticos a los que se solía votar ni, mucho menos, una Casa Real que sólo demostró su pulso firme -y vuelve a estar en entredicho- durante el intento golpista de Tejero en el 81.

Siguiendo con la estrategia, y viendo como el miedo a perder el sillón se ha instalado en todos los estamentos políticos españoles, no es descabellado pensar que Juan Carlos ha presentado precisamente ahora su abdicación en un intento de que, con el cambio, realmente no cambie nada. Quizá pensaba el ex Rey que el hecho de “dimitir” le iba a acercar a un pueblo que lleva meses pidiendo la dimisión de presidentes -que apoyan a corruptos-, ministros -corruptos apoyados por presidentes-, alcaldes -más de lo mismo-, concejales, diputados, y un largo etcétera. Pero su dimisión no acarrea el fin de la institución, muy al contrario, hará que esta siga “funcionando” bajo el mando de su hijo, Felipe, -a todas luces Felipe VI-.

El debate está en la calle y no tiene visos de que vaya a desvanecerse, como tantas otras cosas. En sólo unas horas más de tres peticiones piden un referéndum sobre el futuro de la Monarquía. Si tiene que ser, que sea lo que decida el pueblo. A la hora de escribir este post, estas peticiones eran firmadas por más de 40.000 personas, ¡en sólo cuatro horas! Si Felipe fuese un poco listo el primer acto de su “reinado” sería convocar ese referéndum. Sin embargo, todos sabemos que es muy poco probable que lo haga. ¿Y si sale República? Los ciudadanos ya han dado un aviso muy claro de sus intenciones en las elecciones europeas y casi mejor, pensarán en La Zarzuela, convencer a la gente a base de “buenas acciones”, movimientos medidos y una política de comunicación adecuada -bajo la férrea mano de Letizia-.

Ahora, “desde la distancia” veo como los principales diarios ingleses se hacen eco de la noticia en primera página. Las ediciones digitales de The Guardian, The Times y The Independent destacan la labor del Rey durante el proceso de Transición, así cómo que durante las últimas cuatro décadas ha sido uno de los monarcas “mejor valorado” en todo el mundo. Esto no impide que ninguno deje pasar la ocasión para recordar que fue “el elegido por el dictador Francisco Franco” y enumeran el episodio de Botswana como el principio de su fin. Es, sin embargo, el Caso Noos y la trama corrupta ideada por Iñaki Urdangarín -y la Infanta Cristina- lo que se considera en la prensa británica como el hecho que más ha daño ha hecho al recién abdicado Rey.

Se presentan unos días apasionantes en los que los españoles tendremos que demostrar al mundo que queremos ser los dueños de nuestro destino. Son tiempos de demostrar que las instituciones no se legitiman sólo por la Historia -por suerte o por desgracia la nuestra está cuajada de malísimos reyes- y que nada es intocable. Ni siquiera los monarcas.

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María E. Vicente

Casi un año viviendo en Londres que ha dado para mucho... sobre todo para darme cuenta de lo diferentes que son algunas cosas fuera de España. "Desde la distancia" se aprecian otros matices y esos son los que pretendo contar desde este espacio.

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