«Es muy importante volver a la casilla de salida», comenta relajado el artista Carlos Prieto sentado en un banco del Passeig d’es Born. Palma le parece «otra ciudad diferente», aunque al mismo tiempo «las sensaciones y las gentes son las mismas». El pintor puso hace unos días punto y aparte a tres años viviendo en la capital del arte, la ciudad de Miguel Ángel o Rafael, en los que «he madurado muchísimo como persona y como artista» y reza: «Roma me ha hecho un hombre». Su regreso a casa es, de hecho, más especial que ninguno otro por la situación que ha vivido el último año en el que reconoce haberse «sentido muy solo». Volver con su familia fue uno de los motivos de peso, aunque una vez en la Isla ya ya busca estudio y mueve contactos con galerías porque la vida sigue y alguien debe pintarla.

El artista, no obstante, confiesa que «no cambiaría nada» de estos tres años porque, «a pesar de que ha sido duro, también ha supuesto un aprendizaje brutal». En la memoria atesora las dos Italias que ha conocido, «la de antes del lockdown y la de después». Así fue testigo de la Roma «llena de turistas y bullicio» a la imagen desoladora de «la Fontana di Trevi vacía, solo con los Carabinieri». Un contraste que describe como «un pájaro ardiendo. Algo bello, pero trágico».

Esa «belleza en soledad» de Roma es una consecuencia del mal que asola a todo el planeta y que «hace que en cualquier lugar que estés este año vaya a ser como mucho gris», sobre todo para los artistas que, según Prieto, «viven de gente, exposiciones y bullicio». La falta de todo ello, junto con otras cuestiones, fueron «señales que me indicaban que debía estar en Mallorca».

Soledad

La «soledad» vivida en Italia fue, sin duda, una de ellas. Prieto confiesa que «ha pasado más de un año sin que nadie me pudiera dar un abrazo» y relata que, «aunque pasen cosas buenas en el trabajo», como el gran hito de conocer y llevar un cuadro al Papa Francisco, «experiencia que me ha cambiado la vida», o la experiencia en los viñedos de la Toscana pintando en Montalcino. Todo esto, dice, es poco si te falta «el cariño de tu gente», que te hace sentir enfermo de soledad y te vuelve apático». Aunque, con el tiempo «aprendes a estar solo». Por esa razón, Prieto resume su vivencia italiana así: «Me fui para buscarme a mí mismo y encontré en Roma un renacimiento en mí que me ha hecho un hombre y me ha devuelto la fe».

Todo ello, sumado a la situación excepcional que vive el mundo, eran indicadores de que «se cerraba una etapa» y de que «quería empezar de cero en todos los sentidos» y «volver a los orígenes». La idea, no obstante, no es volver a pintar como antes, «algo imposible con mi cabeza de ahora», sino «regresar a una pintura más clásica y desdibujada». Por ello ya busca «un estudio por el centro» y se siente «muy ilusionado de volver a estar en Mallorca, en mi Isla, y de haber salido ileso de esta».

En la memoria, y en el futuro, queda Roma, «una ciudad que por fuera está barnizada en oro blanco, pero que es tan dura que te escupe» y a la que confiesa «querer volver algún día», pero antes debe «reposicionarme y salir de la zona de confort», o dicho de otra manera, «resetear todo el aprendizaje» que ha acumulado en estos tres años latinos y sanar tanto de la soledad como del mayor enemigo de un artista, «la comodidad» con su obra.

Resurgir

Ahora, a la espera de que salgan sus próximos proyectos, Prieto se dedica a lo más importante, recuperar el tiempo perdido con su familia. D’amore si vive es su lema porque «solo el amor puede salvarnos la vida», según proclama, y eso no es solo una frase hecha, sino un modo de vida que hay que cultivar al igual que se debe practicar el trazo con el lienzo para pintar.

Una de las obras de Prieto desde su estudio en Trastevere.



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