Resulta paradójico que, siendo este uno de los períodos de la historia de la humanidad en el que más parejas conviven por amor, sea precisamente esta emoción, o mejor dicho, la ausencia de ella, la que provoque la mayoría de las rupturas. Pero, ¿realmente hablamos de amor…? ¿No querremos decir enamoramiento…?

Antiguamente, el matrimonio estaba más relacionado con una especie de sociedad para incrementar o mantener el patrimonio. Fue a partir de la llegada del amor romántico, fomentado por un determinado tipo de literatura y de cine, que hemos comenzado a pensar en esta sensación como un fin en sí misma, fruto de que la pareja supere mil y una vicisitudes, antes de llegar a ese final feliz en el que, por fin, se casan y tienen hijos. Y, ¿después qué? El problema muchas veces está en que nos olvidamos de trabajar conscientemente en la consolidación de la pareja, en formar un equipo sólido para la sacrificada labor de criar a los hijos juntos. Si tras el nacimiento de nuestro primer hijo seguimos albergando expectativas de un amor romántico e idealizado, en lugar de rebajar nuestros niveles de frustración y comenzar a valorar el sacrificio, es muy probable que tras las discusiones no se produzcan puntos de entendimiento y decidamos romper.

La primera vez que entrelazasteis vuestros dedos, ¿eres capaz de recordar la sensación…? ¿Podrías determinar a partir de qué momento comenzaste a tomar su mano de forma automática…?

El roce inédito de sus labios en tus tuyos, ¿puedes rememorar el ansia contenida de ese primer beso…? ¿Cuánto perduró aquel arrebato de la sangre a partir de entonces…?

Las primeras caricias íntimas, vuestro primer encuentro sexual, el primer orgasmo compartido, el amor después del amor… ¿Es posible que tantas sensaciones y emociones hermosas se tiñan de cotidianeidad hasta el punto de ejercitarlas dentro de un contexto utilitarista más que como un fin en sí mismas…? Más de un experto y más de dos –de hecho la mayoría de los consultores en materia sentimental- coinciden en apuntar que la convivencia mata el deseo e incluso el amor. Diferentes estudios científicos se empeñan en demostrar que no son para siempre. Una diputada alemana incluso llegó a proponer que el matrimonio tuviera fecha de caducidad a los 7 años. Y aunque, los españoles nos vamos aproximando paulatinamente a tan fatídica cifra -según los últimos informes del INE (año 2013) nuestros matrimonios duran de media 12,6 años, uno menos que hace un lustro y dos menos que hace una década-, lo cierto es que los somos los europeos a los que más nos dura el amor. Por el contrario, en Chipre parece que la “crisis de los siete años” hace mella y la media de sus matrimonios se establece en esa cifra, la más baja de Europa.

En cualquier caso, lo de la crisis de los siete años no es ningún descubrimiento reciente. La película de Billy Wilder -que en España se tradujo como La tentación vive arriba– tiene como título original The Seven Years Itch (La urticaria del séptimo año). En esa misma línea se encuentran las teorías antropológicas que afirman el amor caduca pasado un tiempo comprendido entre los cuatro y los siete años. Es decir, lo que tarda una cría humana en ser independiente y dejar de necesitar los cuidados de dos adultos para su supervivencia. De modo que, a no ser que se tenga otro hijo, “no es preciso” que la pareja permanezca unida.

Por su parte, la profesora de Antropología de la Universidad de Rutgers (New Jersey) Helen Fisher presentó en 1999 un estudio elaborado a lo largo de 15 años en 62 países en el que demostraba que en todos los lugares, con culturas muy distintas, las relaciones amorosas eran similares. El estudio constató que las mujeres tendían a tener hijos cada cuatro años, por ser precisamente a esa edad, los 4 años, cuando ya no hace falta que sean los dos miembros de la pareja los que cuiden del pequeño.

Y dentro de ese periodo de tiempo estableció una serie de fases que definirían las etapas de amor:

  • la primera, la lujuria, sería producto de la testosterona;
  • la atracción, o el enamoramiento, tendría que ver con los niveles bajos de serotonina y con la dopamina -el neurotransmisor que se relaciona con la sensación de bienestar. Investigaciones llevadas a cabo con ratas de laboratorio, demuestran que si a un roedor le inyectas dopamina, se “enamora” inmediatamente del ratón que tenga delante, sea el que sea. Me pregunto si a los concursantes de Gran Hermano les pondrán dopamina en los cereales…
  • Y en la tercera fase, la de unión estable, entrarían en juego la oxitocina -esencial también a la hora de establecer el vínculo entre la madre y el recién nacido- y la vasopresina.

Soy consciente de que a muchos no les agrada encontrar una explicación lógica a algo que se ha considerado casi mágico a lo largo de la historia. Pero creo que necesitáis conocer los datos del revelador estudio elaborado por la psiquiatra Donatella Marazziti, de la Universidad de Pisa, en el que se analizó a un grupo de personas que estaban recién enamoradas, comparando sus cuadros clínicos con el de otro grupo que sufría trastornos obsesivo-compulsivos. Y estos dos, a su vez, frente a un tercero que no tenía ningún problema mental ni estaba en la primera fase de enamoramiento.

Teniendo en cuenta que al principio los enamorados no paran de pensar en el objeto de su deseo con una actitud ciertamente obsesiva, no era descabellado observar qué pasaba con sus niveles de serotonina. Efectivamente, los recién enamorados los tenían más bajos, como los enfermos mentales, aunque no tuvieran objetivamente ese cuadro patológico. Un año después se repitió el experimento y esos mismos sujetos ya habían recuperado sus niveles habituales de serotonina.

De todos modos, a cualquiera que haya tenido la suerte de haber estado enamorado no le hace falta que vengan los científicos ni los antropólogos a decirle que el enamoramiento trastorna. Cualquiera que haya experimentado ese un estado alteración de la conciencia y de enajenación transitoria que, además de hacer que tengamos una piel estupenda, el sistema autoinmune mucho más alto, que aguantemos sin dormir y sin comer y con un humor excelente días y días, también sabe que durante esa fase, si hay algo que es imposible es pensar con claridad. Y esto es clave: porque tomar la decisión de ser padre durante la fase de enamoramiento es sencillamente un lujo que no te puedes permitir.

La forma de concebir las relaciones de pareja ha variado mucho a lo largo de la historia. Hasta el romanticismo, especialmente con la revolución industrial, la conformación de una pareja no tenía nada que ver con el amor, estaba más relacionado con la amistad y con una especie de sociedad para incrementar o mantener el patrimonio.

“Pero a partir de la llegada del amor romántico hemos pasado a lo contrario, a pensar que el amor puede con todo y a quedarnos con esa imagen de un tipo de literatura y de cine en el que el final llega cuando la pareja enamorada, después de mil vicisitudes, se casa. Pero, ¿después qué? El problema muchas veces está en que nos olvidamos de pensar fríamente en algo tan importante como la pareja y tenemos una expectativas de un amor romántico, idealizado, que no existe, que con el día a día es imposible que se dé”, son palabras de la psicóloga clínica Susana Méndez, autora, junto a la psiquiatra Norma Ferro, del libro Las hipotecas del amor, en el que nos explican que esa locura es, en cierta medida, la que hace que algunas relaciones no duren.

Para Susana Méndez es precisamente ese “día a día” el meollo de la cuestión. En su opinión, “cuando los neurotransmisores dejan de hacer su trabajo y se pasa la pasión, hay que tener claro que el conflicto y las peleas son normales, que son una consecuencia normal de la convivencia. Vivimos en una sociedad que, por una parte, no tolera la frustración ni valora el sacrificio. Muchas veces la pareja no funciona o bien porque los dos miembros tienen un nivel de frustración mínimo y a la primera discusión deciden romper o porque ninguno de los dos quiere ceder en nada y la convivencia obliga a ceder, a negociar”.

El paradigma amoroso que nos han ayudado a configurar la literatura, el cine y ciertas creencias sociales ha generado mucho sufrimiento. Hasta el punto de que hay personas convencidas de que han amado muchísimo porque han sufrido enormemente. El amor no es fruto de encontrar un alma gemela, no se crea a partir de las similitudes. Como dijo Sergio Sinay en una entrevista concecida al diario La Vanguardia, “el amor se crea trabajando las diferencias que existen entre dos personas que se eligen para formar una pareja fecunda y trascendente. Hay que empezar por entender que la construcción amorosa es un trabajo. El enamoramiento es desconocimiento del otro, atracción e ilusión, y no siempre acaba en amor. El amor es conocimiento y aceptación del otro y requiere tiempo y ganas”.

Y aquí es donde vuelvo a invocar los dos pilares que considero fundamentales que trabajes antes de ser padre: el autoconocimiento y la comunicación. Porque, ¿cuántas veces esperamos que sea el otro el que nos haga felices, el que se dé cuenta de nuestros problemas, de lo que llevamos dentro…? El amor no nos convierte en clarividentes, hay que decir las cosas. Para convivir en armonía con otra persona, mucho antes de plantearse si queremos o no tener hijos juntos, hemos de aprender antes a estar solos, a convivir con nosotros mismos, a conocernos bien a fondo. Sólo si sabes con certeza lo que quieres y cómo lo quieres serás capaz de transmitirlo. No podemos delegar en nuestras parejas la responsabilidad de saber lo que ni siquiera nosotros conocemos de nosotros mismos. Todos decimos que respetamos al otro y no es verdad. Decimos que somos responsables hasta que tenemos, por narices, que hacernos cargo de nuestras elecciones y de nuestros actos. Entonces transformamos la responsabilidad en culpa. Vivimos amores irresponsables.

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Ruben Chacon
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Ruben Chacon

Mi objetivo es hacerte reflexionar at Padres Borrosos
Rubén Chacón se dedica desde hace más de 15 años a la comunicación (como periodista y publicista) y la divulgación (como docente y conferenciante). En lo que concierne a su faceta de escritor, además del libro EL SORPRENDEDOR (Temas de Hoy, 2011), es autor de numerosos artículos, relatos y ensayos.

Desde hace un lustro explora las posibilidades pedagógicas y de toma de conciencia de la gamificación (a través de los juegos de mesa principalmente). En este ámbito, es creador, entre otros, de Calentamiento Global, WannaBee y SORPRENDEDORES, su obra más conocida, desarrollada junto a Sergio Fernández, de la que se vendieron más de 5.000 ejemplares sólo en 2012.

Pero si hay algo en lo que Rubén es experto es en paternidad, relaciones de pareja e inteligencia emocional. Más de dos décadas de vuelo junto a Elsa Molina, compañera de su vida, madre de sus dos hijos y socia co-fundadora de PADRES BORROSOS, así lo atestiguan.

PADRES BORROSOS es un proyecto para parejas con hijos (o que están pensando en tenerlos) sin miedo de redefinir sus propios contornos. Bajo el lema: "Cuando los hijos realmente son lo primero, todo lo demás, obligatoriamente ha de ser secundario", Elsa y Rubén proponen alternativas para conciliar la felicidad personal y la de la pareja con el bienestar de la unidad familiar.
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