El hallazgo en el fondo del mar del ARA San Juan ha venido a coincidir con el estreno en los próximas días en nuestras salas de Kursk. Dos de las peores tragedias marítimas de las últimas décadas, ambas una enorme repercusión mediática. ¿Por qué? Si el hundimiento de un barco no deja margen para la especulación más allá de que el capitán cayera sobre una lancha —probablemente la excusa más épica de la historia de la humanidad, nuestros respetos— en cambio, con estos extraños artefactos que han hecho del naufragio su razón de ser, todo es incertidumbre. El ocultamiento está en su naturaleza ¿Y si, a pesar de haber perdido todo contacto, sus tripulantes siguen vivos? Esa posibilidad por pequeña que sea dispara nuestra atención hacia un mundo que ya de por si resulta fascinante para la cultura popular. Si aceptamos La escena del jardín de Roundhay como la primera película y el Peral como el primer submarino podemos decir que el cine y los submarinos nacieron en el mismo año, protagonizando desde entonces una fructífera relación que ha dado para este subgénero más de ciento cincuenta producciones.

En la primera de la que se se conserva el metraje, estrenada en 1915, veíamos al hermano de Charlie Chaplin aferrándose al periscopio de un submarino que se hundía, una escena que mucho tiempo después se volvió a rodar con Indiana Jones de protagonista cuando buscaba el arca. Aunque lo que funcionaba como recurso cómico tal vez en una película de aventuras supusiera llevar demasiado lejos la suspensión de la incredulidad del espectador, así que quedó eliminada en la sala de montaje. Lástima. Un cliché que en todo caso hemos visto más veces desde entonces y es que el cine de submarinos tiene sus propios códigos fácilmente reconocibles.

Tal vez parte de su éxito se deba a la facilidad con la que encaja en nuestros esquemas psicológicos más elementales. En el exterior acechan mil peligros, aunque no podamos verlos (recordemos que la tasa de mortalidad de los submarinos U-Boot era de un setenta por ciento, la más alta de todos los ejércitos alemanes) pero frente a él se opone la seguridad del propio grupo. Nuestra tribu. Un entorno de compañerismo en el que términos como «deslealtad» o «traición» no existen porque no hay posibilidad de sobrevivir o sacar ventaja al margen de los demás tripulantes. Sobre esa confianza mutua destaca la que se otorga al capitán, que es como un padre para todos ellos, y finalmente están esas características escenas de tensión en las que a los protagonistas, inermes, solo les queda cruzar los dedos con la mirada perdida o rezar a la espera de lo que les depare el destino. ¡Cómo no simpatizar con ellos! Pero mejor recordemos algunos ejemplos, voten su favorito o añadan alguno más en la sección de comentarios.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Torpedo

Imagen de United Artists.

El problema del título que se le puso en nuestro país es que ya no es posible leerlo sin el tono de voz de Chiquito de la Calzada, así que mejor recuperar el original Run Silent, Run Deep, que además alude a uno de los elementos narrativos esenciales de este tipo de películas: el silencio, que debe mantenerse para evitar exponerse al enemigo en una espera angustiosa rota por ese pitido tan reconocible del sonar y, en ocasiones, por el estruendo de las cargas de profundidad. Como es habitual también de acuerdo a las exigencias dramáticas del guion se requieren también ciertas rencillas entre la tripulación, generalmente choques en la jerarquía de mando en un contexto en el que cualquier orden mal dada o desobedecida puede ser el final. Es lo que vemos en esta cinta de 1958, que aunaba a dos grandes figuras como Clark Gable y Burt Lancaster en una embarcación muy apretada para dos egos tan grandes. Por ello el primero reclamó para su papel que la cesión del mando al segundo en un momento cumbre de la trama fuera justificada por una enfermedad, una que el doctor a bordo explica que «tiene un nombre muy largo y complicado, mejor no la digo». Por qué no le dieron el Óscar a ese guionista…

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Duelo en el Atlántico

Imagen de 20th Century Fox.

A Robert Mitchum no esperamos verle en un papel de héroe inmaculado como este, eso sí, el antagonista al menos no es un villano de humanidad irreconocible. Como es tan habitual en el cine bélico de los primeros tiempos de la Guerra Fría, cuando los alemanes habían pasado a ser aliados, no resultaba apropiado demonizarlos en la pantalla. De manera que este duelo entre el capitán de un destructor americano y el de un U-Boot adquiere tintes caballerescos, como una partida entre dos ajedrecistas, siendo el segundo además un patriota alemán, sí, aunque de forma un tanto inverosímil también claramente antinazi, mientras que el primero le tiene en tan buena estima que acaba salvándole la vida. En cualquier caso es una cinta que no carece de interés para cualquier aficionado al género.

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U-571

Imagen de Universal Pictures.

La Batalla del Atlántico fue uno de los momentos cumbres de la guerra submarina tal como ya contamos en su día en este artículo. En ella la balanza terminó inclinándose del lado de los Aliados, en buena medida gracias a su superioridad tecnológica y su mayor capacidad industrial, aunque también jugó su papel la captura de una máquina Enigma que permitió descifrar los mensajes que enviaba el alto mando a los «Lobos grises». Esta cinta se inspira vagamente en aquellos hechos, atribuyendo a los norteamericanos un logro inglés.

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Destino Tokio

Imagen de Warner Bros. Pictures,

Rodada en plena guerra, Destino Tokio tiene un nítido acento propagandístico que resalta la faceta de camaradería existente entre los submarinistas, por encima del origen, clase social o forma de pensar que tuvieran en su vida civil, de hecho llegó a ser utilizada por la armada. Es de todas las películas ambientadas en un submarino sin duda la que más se detiene en retratar las relaciones personales entre los protagonistas, lo que le ha permitido envejecer bastante bien. A Cary Grant le debió gustar el papel porque unos años después volvió a ejercer de capitán de submarino en Operación Pacífico.

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Estación Polar Cebra

Imagen de MGM.

Ir a la moda es la forma más rápida de pasar de moda, eso es lo que a uno se le viene a la mente al ver películas como La amenaza Andrómeda o esta misma. Pretendían dejar boquiabierto al espectador mostrándole un mundo sofisticado de grandes computadoras con lucecitas y adelantos científicos exagerados y hoy en día… Bueno, al menos en ambos casos el resultado es simpático: un futurismo vintage que podría etiquetarse como atompunk. La premisa en este caso parte de un satélite con información crucial que se estrella en el Polo Norte y la necesidad de recuperarlo antes de que caiga en manos de los rusos. La cinta, por cierto, aprovecha el recurso de mostrar el puente de mando de los submarinos con su característica luz roja cuando opera de noche, de manera que quien maneje el periscopio pueda adaptar mejor su vista a la oscuridad del exterior.

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La caza del Octubre Rojo

Imagen de Paramount Pictures.

Uno de los aspectos más sugerentes del cine de submarinos está en la manera en que juega entre dos planos distintos. Uno de gran intensidad dramática, con la tripulación tragando saliva y sudando mientras espera un desenlace fatal, y por otro la propia batalla entre submarinos y barcos, que se asemeja a una lucha entre monstruos gigantes. Incluso llegan a expulsar aceite como maniobra de despiste a la manera de la tinta los calamares, tal como veíamos en la mencionada Torpedo, así como recurren a toda clase de artimañas como las que idea el capitán de este submarino ruso que busca desertar.

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20.000 leguas de viaje submarino

Imagen de Walt Disney Productions.

Solo la ciencia ficción es capaz de igualar la fascinación por la tecnología que muestra el cine de este subgénero, así que no es de extrañar que en más de una ocasión hayan ido de la mano. Los submarinos se convierten así en un personaje más, en realidad el protagonista, puesto a prueba ante toda clase de adversidades en un mundo como el subacuático que más bien parece tratarse de otro planeta. Elementos todos ellos que supo aprovechar Julio Verne para esta historia sobre el Nautilus —pues como estrella principal tenía nombre propio, naturalmente— en una época en la que aún no habían sido inventados estos engendros mecánicos.

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Viaje alucinante

Imagen de 20th Century Fox.

Doce años después de haber dirigido la anterior, Richard Fleischer retomó la idea de los submarinos que exploran mundos extraños, en este caso el cuerpo humano una vez ha sido miniaturizado (algo que veríamos de nuevo más adelante en El chip prodigioso) junto a sus cuatro tripulantes, uno de ellos Raquel Welch. Ser tan exuberante no la salvó de ser atacada por anticuerpos al salir de la nave y en la escena inmediatamente posterior, en la que sus compañeros debían quitárselos del cuerpo, parece ser que a los actores del reparto les causó apuro propasarse… por lo que hubo de repetirse la toma esta vez ya con más desinhibición por orden de Fleischer, como podemos ver aquí.

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The Abyss

Imagen de 20th Century Fox.

Las escenas submarinas siempre son complicadas, así que en más de un caso en las cintas de los años cuarenta y cincuenta se nota que estamos viendo maquetas no mucho más grandes ni elaboradas que el patito de goma que nos acompaña al bañarnos. James Cameron se quiso tomar tan en serio el realismo de cada secuencia que logró hacer que el reparto terminara odiando profundamente esta película. Pero mereció la pena.

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K-19: The Widowmaker

Imagen de Paramount Pictures.

Hemos hablado de la camaradería y la lealtad mutua que proliferan en este entorno, pero a veces también podemos encontrarnos en los submarinos con personas tóxicas: aquellas que contienen altísimos niveles de radiación en el cuerpo como fueron los submarinistas del K-19. Un accidente en el motor nuclear que impulsaba este aparato soviético estuvo a punto de resultar catastrófico, si tenemos en cuenta que se produjo además frente a las costas estadounidenses en 1961, la posibilidad de que hubiera desatado una guerra nuclear es real. Afortunadamente los tripulantes fueron capaces de arreglar el desaguisado aunque ello costara la vida a algunos de ellos y eso es lo que esta cinta cuenta con alguna que otra licencia.

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Marea roja

Imagen de Jerry Bruckheimer Films.

Dos años después de que Tony Scott rodase el guion de Tarantino True Romance, este último aceptó añadir algunos cambios en los diálogos de esta otra película. ¿Será por eso que el submarino se llama igual que la protagonista de aquella historia? Lo eligieran a propósito o no, el USS Alabama realmente existe. Es un submarino estratégico, es decir, su misión no es atacar barcos sino lanzar misiles, en este caso nucleares. Para ello cuenta con un protocolo que impida a cualquier capitán chiflado iniciar la tercera guerra mundial y por ello el ejército estadounidense se negó a colaborar en una cinta que consideró alarmista, pero ya se sabe que las máquinas se estropean, las personas se equivocan y los protocolos están para saltárselos.

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La hora final

Imagen de Stanley Kramer Productions.

Toda auténtica gran estrella del Hollywood clásico se distingue no por tener su nombre en el Paseo de la Fama, lo cual es una vulgaridad dicho sea de paso, sino por haber encarnado en algún momento a un capitán de submarino. A todos los que hemos visto hasta ahora habría que añadir a Charlton Heston, Glenn Ford o Ronald Reagan. En este caso tenemos a Gregory Peck en un escenario posapocalíptico en el que los submarinos, además de provocarlo, pueden convertirse en el último refugio de una humanidad arrasada.

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The Life Aquatic

Imagen de Touchstone Pictures.

Aquí concluimos, apuntando que tal vez no haya en todo el cine de submarinos nada más desconcertante que la película española La grieta con el cameo de Pocholo, pero esta otra le sigue de cerca. Desde luego Wes Anderson no es plato de todos los gustos aunque no se le puede negar un empeño por ser original y crear cierto mundo propio, como en este peculiar homenaje a Cousteau, con los protagonistas a bordo de un submarino amarillo de claras reminiscencias pop.

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La caza del Octubre Rojo (1990). Imagen: Paramount Pictures.



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